
Por Mary Tere Salvador Reyes
El tango resuena en el cabaret “Siracusa” y las luces se pierden entre el humo de cigarro. Las mujeres de la calle se pintan los labios para después pasearse entre las mesas buscando quién les invite una copa o que las lleve La maison du rouge y sus cinco pisos de hotel barato frente al Parque Ánimas, a tres calles del club.
Así es siempre la vida en este lado de la ciudad, la gente se sumerge en la miseria, la zozobra y la decadencia. Todos los días, alguien se pierde en el fango que cubre los barrios pobres, con cada amanecer la carencia arranca una vida. Pero, en el cabaret, la crueldad del exterior parece inofensiva, todo el dolor se desvanece con licor bañado de la voz de Gardel. Las heridas se cierran al bailar esas canciones argentinas, y al escuchar aquellas ocasionales melodías francesas uno es más afortunado.
¡Qué vida la mía! Ni el tango ni alcohol me levantan el alma. Y es que, al mirar mi realidad, sólo veo la inmundicia impregnada en mis semejantes, veo la perdición a la que estamos condenados quienes nacimos en medio de la pobreza, ahí entre el desprecio y la ignorancia. No soy más que un parásito del mundo, soy escoria, soy parte de la enfermedad letal que hiere a la sociedad, un cúmulo de peste que no hace más que infectar a todo aquel que tenga la intención de acercarse a mí. Triste existencia la que me ha tocado ¡ay, destino! ¿¡qué mal te he hecho para que me castigues con tan crudo andar!?
No hago sino claudicar ante la enorme tristeza que me golpea furiosa con cada amanecer. Cada día que pasa caigo aún más profundo, el pecho me hierve de agonía. Aunque busque la luz, las tinieblas inquebrantables me encadenan arrastrándome a su oscuro palacio de dolor. A eso estamos condenados los pobres, a luchar con la pena aun sabiendo que perder es nuestro inevitable final, no somos como los ricos, ellos con sus lujosos Cadillac, sus habanos y sus mansiones, no conocen lo que es llorar, aunque alguna vez derramaran lágrimas, estas se secarían porque en su mundo nadie mendiga nada, aquí, en lugares como el “Siracusa”, todos los clientes somos unos pobres diablos porque a la miseria le gusta la compañía.
A esto no se le puede llamar vida, incluso la muerte es más alegre. Qué seductora es la idea de abandonar lo terrenal, qué bello debe ser el viaje mortuorio. Nada te perturba más cuando has muerto, allá no hay delito ni hambre. Uno termina liberándose de la prisión infame de la escasez. El único problema con la muerte es que hay que esperarla. Muchas veces, ella no se da prisa, casi como si no supiera que en el cabaret más de uno la esperamos ansiosos. Este anhelo de abandono del cuerpo es súbito, aparece de pronto, cuando uno está ahí en la puerta del “Siracusa” mirando de frente al hambre, así como a la suciedad, respirando aquel olor putrefacto que despiden los barrios pobres. La realidad apuñala despiadada a quien se cruce con ella susurrando que nacimos para permanecer en el anonimato de la pobreza.
No entiendo por qué me ha tocado esta desventura. Me declaro inocente del fracaso de mis padres y a su vez, de los padres de ellos. No he hecho nada que merezca el castigo despiadado de la desdicha que corre por mis venas. Yo no soy culpable de las desgracias que me desterraron al infierno por el que camino, aunque tampoco sé cómo se llega al paraíso. Por eso he decido liberarme del encierro mundano. Dejaré atrás todo mi dolor y mi tristeza, ya nada tendrá el poder de perforarme el corazón. Ahora seré quien tenga el poder de un dios, seré dueño de mi existencia por una sola noche, poseeré el ser mismo.
El Siracusa parece más tranquilo que nunca, el Parque Ánimas cobija a menos pordioseros y de La maison du rouge las putas y sus amantes salen más sonrientes que cualquier otra noche. El cielo oscuro desafía con su belleza a quien se atreva a mirarlo, hoy la noche es la más hermosa de todas, no habrá otra más encantadora jamás, aunque la hubiera nadie viviría para verla. Después de escuchar un último tango salgo del cabaret, cruzo las tres calles hasta el parque para entrar al hotel. Pido un cuarto, en el piso más alto posible para que nada perturbe mi descanso. Me entregan la llave de una habitación en el quinto piso. La recámara luce vieja y descuidada, pero, qué más da, al fin de cuentas, uno está más que acostumbrado a sitios así.
El cuarto tiene un balcón desde donde se aprecia la calle y las luces de la ciudad, es muy bonito, estar ahí brinda una sensación de paz, poder sentir el aire en la piel y poder ver la ciudad desde tan alto es simplemente bello. Por eso, me dejo llevar, permito que mi cuerpo se deslice a través de los brazos seductores de la otra vida. Ya no veo nada, sólo escucho el murmullo de la gente y una sirena lejana que poco a poco desaparece, esta vez gané la guerra. Vencí. Al fin puedo descansar sin que la desgracia me alcance, después de tanto finalmente la muerte me envuelve en un beso.
