
Por Octavio Roberto Mendoza Peyrot
Los tiempos se han vuelto distintos,
ya no veo las mismas calles que recorría.
Mi panorama se ha vuelto cuatro cuartos
los cuales merodeo en ordenes no consecutivos.
Se han vuelto dos personas
y una pantalla mi cotidianidad.
Los pizarrones blancos se han vuelto
pantallas negras con desconocidos físicos.
Despertar, ver el reloj, pared blanca,
pasillo, computadora, ventana.
El orden no cambia mucho,
todos los días se han vuelto monótonos,
discordando con la vida misma que conocía.
Pasando de una casa motel a una prisión emocional
donde el estrés laboral y académico abrazan la misma mesa
donde solía ingerir mis cenas de media noche.
Las ventanas de sol se convirtieron en el anhelo más lejano
pues ahora yacen a cuatro metros de la pantalla,
una distancia que dejé de recorrer.
Aprisionando la cabeza dentro de las paredes
de donde mis ojos se limitan a ver y se repite.
Despertar, ver el reloj, pared blanca,
pasillo, computadora, ventana.
Otro día ha pasado y no lo he notado,
toca el descanso laboral, sin embargo el escolar sigue latente.
¿Será acaso que mi cuerpo y mente lo aguanten?
Ojalá me conociera para responder.
Y si pasa otra semana sin notar el paso de las estaciones,
más los relatos que la lluvia me cuenta
anunciando que ya viene su temporada.
Estos viejos sentimientos aprisionados
deciden desempolvarse y merodear lo poco que queda
de mi cordura, a un paso tan rápido que suelen repetirse.
Despertar, ver el reloj, pared blanca,
pasillo, computadora, ventana.
Y pasa otra vida.
* Texto elaborado en el contexto de la Jornada de Reflexión Universitaria del ARU, dentro de la clase Ser Persona, impartida por el Mtro. Samuel Barroeta Valderrama
