
Jorge Eduardo Arellano Rodríguez
Estudiante de Diseño de Interacción y Animación
Llegó una notificación de Facebook a mi teléfono, recordándome una publicación de hace un año, una foto roja con un moño negro en la que se lee: “Compañerxs universitarixs, lxs estudiantes de la Ibero en solidaridad con la BUAP y la UPAEP…”. Sí, ha pasado un año de aquella marcha, ya pasó un año de los gritos y los abrazos, un año de una demostración de fuerza, en la Puerta del Sol como el año que fue… ahh, no, esperen, me confundí de celebración anual.
Los sentires de ese momento los recuerdo como si una pandemia mundial no nos hubiera arrebatado el mundo como creíamos conocerlo: el dolor en los pies, el sol en el rostro, el llanto, los abrazos. Ese día pensábamos que todo sería diferente, nos fuimos a nuestras casas pensando que todo mejoraría, el cambio ya viene, pensamos.
Días después, tras el asesinato de Nadia Rodríguez, compañera de Ibero León, en la madrugada del 8M, la impotencia y el dolor regresaron, se desmoronó la esperanza y otro pensar invadió mi mente: “¿Realmente cambiamos algo?”.
La familia de Nadia aún reclama justicia al permanecer impune su feminicidio, todo parece seguir el curso dictado por un sistema asesino e instituciones cómplices. Hace pocos meses Samara Arroyo compañera de la Ibero Puebla fue asesinada en Veracruz, “¿realmente cambiamos algo?” me vuelvo a preguntar.
Siguen matando compañeras y compañeros, la violencia hacia poblaciones vulnerables, como las personas trans recrudeció en este periodo, el racismo crece, la COVID acrecenta las desigualdades, muchos dirán que las cosas están empeorando. Entonces, esos y esas estudiantes que gritábamos en el centro de Puebla, ¿dónde estamos? ¿dónde quedó esa rabia? ¿a dónde se fue toda la esperanza?, y otra vez regresa el pensamiento: “¿realmente cambiamos algo?”
Tengo una respuesta a tanta interrogante, pero no es sólo mía, es de mi amiga y compañera en esas protestas, Paloma, “si algo me pasa, sé que gritarán mi nombre, sé que mi familia no se quedará sola”. Ahí es donde está el cambio, en sabernos compas.
Somos estudiantes y como cuerpo estudiantil tenemos diversidad, englobamos en ese término una infinidad de luchas que se cruzan y hermanan, somos parte de una generación que hace muchas cosas menos quedarse callada, que reclama y cuestiona, que busca alternativas y soluciones. Quizá no todos sean así, habrá muchos que no vean más allá de su propia satisfacción, pero con que una sola persona decida levantarse y gritar “¡Basta!”, estas y toda otra marcha habrá surtido efecto.
En esas movilizaciones surgieron amistades, no dudo que quizá algún amor, salieron organizaciones como la Red de Mujeres Articuladas Universitarias que fueron pieza clave para lograr la aprobación de la Ley Agnes y pronto estoy seguro lograrán la interrupción legal del embarazo en Puebla, (¡morras, gracias!).
En las calles se crearon redes de apoyo, se reforzaron las que ya teníamos, nos dimos una oportunidad de vernos en lo ajeno, de encontrarnos en la empatía y en la solidaridad, ¿todo esto y aún habrá quienes digan que no se logró nada?
Seguramente, y es totalmente válido, hubo muchas críticas a la organización de la marcha, a ciertas acciones posteriores, a cómo se manejó en los medios. Yo mismo acabo de señalar la creciente violencia a ciertas poblaciones, y si bien pintar tan bonito momentos de la vida es mi especialidad, siempre hay que dejar aire para nombrar los roces que existen en nuestras “luchas”.
Somos personas, no somos un grupo homogéneo de robots programados para amar, podemos diferir, debemos cuestionarnos, habrá dudas, habrá choques, es parte de la vida.
Para mí es imposible no ver con amor y color de rosa lo que pasó, pero en mi interior encuentro espacio para una reflexión crítica y es lo que espero todos y todas hayamos hecho, no tratemos de ignorar o borrar el amor que sentimos solo por vernos más “serios o profundos”, sólo dejemos un lugarcito para tener los pies en la tierra, y poder, como dice Mecano “hacer un balance de lo bueno y malo”, ya sé que así no va la letra, pero no quedaba gramáticamente.
Entonces ¿qué sigue? Creamos esas redes, nos abrazamos y nos sabemos acompañados y acompañadas ¿Qué sigue? Creo que no me toca a mí dictar un camino, sé que todas y cada una de las personas a las que la mega-marcha les tocó tan profundo como lo hizo conmigo están accionando desde sus trincheras.
Hay quienes hacemos arte, quienes están en las calles, quienes hacen investigaciones, quienes se paran orgullosxs de quienes son, habrá quienes hacen voluntariado, quienes con todo el amor que tienen se dedican a enseñar, quienes le ponen un hasta aquí a los “chistesitos” de sus compañeros, quienes su accionar está en el compartir con su familia. TODA acción es válida y valiosa, mientras más hagamos, más nos acercaremos a esos cambios.
Ya pasó un año de tener el privilegio de caminar y gritar con ustedes, tanto ha cambiado pero muchas cosas se han mantenido y una es sin duda la ternura y la rabia que nos acompañaron ese día. No olvidemos la fuerza que teníamos en la marcha, siempre busquemos ser como esa compañera que me compartió un hot cake a la mitad de la calle o quien me abrazó cuando lloré de la emoción, seamos como las mujeres que iban frente cada contingente, como quienes regalaban agua en bolsitas, busquemos que este momento no se quede como un foto bonita, llevémoslo a nuevas narrativas.
Nunca olvidemos quienes fuimos los estudiantes que marchamos por la vida de nuestros compañeros y compañeras, transformemos nuestras resistencias, evolucionemos y sigamos luchando que el camino aún es largo. Les abrazo y tranquilxs, me desinfecte antes.
Texto publicado en el número 89 de Contratiempo
