Columba Enríquez
Arte Contemporáneo
Siempre que preguntaba que le había puesto a mi abuelita a su delicioso arroz rojo, me decía con una cálida sonrisa “el arroz sabe bien porque tiene el ingrediente secreto”. Yo ladeaba la cabeza y enchuecaba la boca cuando me respondía eso, no comprendía al cien por ciento lo que quería decir pues jamás se molestó en explicarme qué era ese ingrediente secreto, ¿sería tan secreto como para ocultármelo a mí?,¿o es solamente una cosa que mi abuelita escondía en su mandil de cuadros azules?
Sabía que mis preguntas jamás se responderían por si solas, debía de prestar especial atención a cuando ella preparara el arroz. Sin embargo, no importaba cuantos días yo me quedase en una sillita a un lado de la cocina o cuantas hierbas de olor me aprendiese, jamás podía identificar el momento en que el famoso ingrediente era agregado a la mezcla.
Estaba a punto de rendirme cuando llegó el agridulce momento en que descubrí la naturaleza de aquel arroz rojo. Fue una tarde cuando vi como mi abuelita lloraba mientras preparaba la comida, le habían dado la noticia de que mi abuelo, quien llevaba varios años luchando contra la enfermedad, había muerto. Ese arroz que preparó me supo diferente, incluso podría decir que estaba salado. Quizá fue porque lo asocié con las lágrimas y la tristeza que noté en sus ojos, pero ese día comprendí que el ingrediente secreto había faltado.
Pasaron los días y el arroz y mi abuelita seguía igual, yo no soportaba verla sufrir de esa forma, por lo que decidí darle algo para demostrar que la quería, que no importase que su esposo ya no estuviera con ella, había personas que la amábamos, así que le preparé la única cosa que podía hacer a la edad de 6 años: un cereal con leche para cenar.
Cuando le entregué el platillo acompañando con una tierna carta de “Te quiero mucha tita”, ella sonrió y me dijo “Esto tiene el ingrediente secreto: tú amor”

