Por: Daniel Rendón Farfán
Estudiante de Diseño Industrial
“You can make more friends in two months by becoming interested in other people than you
can in two years by trying to get other people interested in you.”
Dale Carnegie, Escritor Estadounidense (1888-1955)
La madrugada del 9 de septiembre pasado, México fue testigo de un evento que nos recordaría lo vulnerables que somos como especie, pero lo fuerte que es el amor al prójimo. El lugar en donde más afectados hubo por el sismo que se registró ese día fue Oaxaca, el hermoso lugar en donde nací. Es reconfortante ver a un sin número de mexicanos ocupándose de la situación, creando puentes de servicio y abriendo sus brazos para abrazar a otro. Dedico este texto a aquellos que, como diría el Papa Francisco, son islas de misericordia en el mar de la indiferencia, y a mis hermanos afectados por el sismo ocurrido.
Nunca hubiera creído que mi Servicio Social pudiera definir y marcar mi vida del modo en el que lo hizo. Aún recuerdo cuando tomé la decisión de irme a la Sierra Norte de Puebla, a Xochitlán de Vicente Suárez. Fue una decisión insegura y temerosa, lo único que era seguro en mí, era el deseo de que lo aprendido como persona y como estudiante de diseño industrial pudiera beneficiar al otro a través de la convivencia y el trabajo en equipo.
El Servicio Social marcó mi vida en diferentes sentidos: pude darme cuenta de que hay lugares en donde el verde es tan infinito como el cielo, conocí a personas increíbles que rompieron paradigmas gigantes en mí y sobre todo pude tener momentos increíbles de reflexión y
autoconocimiento.
Mi viaje por la Sierra me permitió descubrir la importancia de mis manos para construir, mis pies para visitar, mi boca para inspirar, mis oídos para disfrutar, mi sonrisa para saludar, mis huaraches para conectar, mis gustos para expresar, mi ignorancia para acercarme, mi corazón para amar y mi persona para servir.
Regreso con más amigos de los que llegué, personas que me enseñaron que las experiencias son tesoros, más grandes que cualquier cosa material, y que compartirlas son el regalo más bello que uno pueda dar. También me enseñaron que las personas extraordinarias convierten sus defectos en cualidades dignas de admirar, que todos venimos de la misma tierra y que esa conexión no debemos perderla, porque perderla es negar nuestro origen. De mis amigos aprendí que la sabiduría verdadera no sólo se encuentra en libros, sino que también en todo aquel que ha amado algo.
En Xochitlán descubrí que el servicio iba más allá de lo que entendía. Es la bondad ilimitada y absoluta, cuyo objetivo es que la persona pueda estar más cerca de su Creador. Lo descubrí cuando, al yo querer servir, fui servido; a través de las personas que me compartieron su lengua, sus costumbres, su comida, su vestimenta, su techo, sus ríos, su cosmovisión, sus críticas, sus oficios, su trabajo, sus bebidas, sus danzas, sus fiestas, su música y su pasión.
Es imposible pensar en Xochitlán sin una sonrisa en el rostro, sin sentir la calidad de su gente y el sabor de sus celebraciones. Seguiré regresando a Xochitlán porque me ha dado mucho y espero regresar un poco de aquello que me dio.
Quisiera hacer un llamado a todos mis compañeros para que se den la oportunidad de realizar su Servicio Social de Inserción, ya que al fin pude comprender lo que significa ser estudiante en una universidad jesuita y doy gracias a La Vida por darme esta maravillosa oportunidad.
