La poesía como salvavidas

Natalia García Sandoval Estudiante de Psicología En tiempos donde todo parece urgencia, la poesía ofrece un ritmo distinto: el de […]

Natalia García Sandoval

Estudiante de Psicología

En tiempos donde todo parece urgencia, la poesía ofrece un ritmo distinto: el de la respiración. No corrige la herida, pero la traduce. Cuando la mente se satura y el cuerpo calla, un verso puede ser lo único que aún dice la verdad. La poesía no explica el dolor: lo vuelve imagen, lo vuelve música. Es una forma de resistencia ante el ruido.

Escribir poesía —o leerla— es un modo de no hundirse. En mi caso, fue una cuerda en medio del naufragio, una forma de poner orden en lo inasible. Cuando las palabras comunes se vuelven insuficientes, la poesía llega como una casa mínima donde todo cabe: la tristeza, la memoria, el deseo, la fe en que todavía hay belleza en nombrar.

Jorge Luis Borges entendió esta función con una claridad única. En su obra, la poesía no es ornamento: es filosofía, es espejo, es un intento de reconciliarse con lo imposible. En sus versos, el lenguaje se vuelve un modo de pensar lo eterno.

El reloj de arena

“No marca las horas. Las deshace,
y en su breve círculo infinito,
la arena, como el tiempo, se derrama
y se pierde en sí misma.”

En este poema, Borges transforma un objeto cotidiano —un reloj— en símbolo del paso del tiempo y de la vulnerabilidad humana. La imagen de la arena cayendo, incesante e inútilmente, refleja la conciencia de lo efímero. El reloj no mideborra: deshace las horas del mismo modo en que el tiempo deshace la vida.

La poesía, en ese gesto, funciona como un espejo invertido del tiempo. Mientras la arena cae y se pierde, el poema la detiene, la vuelve palabra. Borges sugiere que no podemos escapar del fin, pero sí nombrarlo. Y al hacerlo, resistimos su peso. En ese sentido, “El reloj de arena” no es un poema sobre la muerte, sino sobre la lucidez: la aceptación serena de que todo se acaba, y la decisión de mirar cómo se acaba sin apartar la vista.

Cuando el mundo se siente incontrolable, esta mirada poética se vuelve refugio. Borges parece recordarnos que vivir es ver caer la arena y, aun así, seguir escribiendo sobre ella.

Los enigmas

“Yo que tantos hombres he sido, no he sido nunca
aquel en cuyo amor desfallecía Matilde Urbach.”

“Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos.”

“Los enigmas” es un poema sobre la identidad y la multiplicidad del ser. Borges se observa desde el desconcierto: se sabe muchos y ninguno. Cada verso desarma la idea del “yo” como algo fijo. El poeta confiesa no ser aquel que amó, no ser el que otros creyeron; se reconoce hecho de fragmentos, de reflejos dispersos, de recuerdos que se contradicen.

La poesía, aquí, es la única forma posible de habitar esa incertidumbre. Borges no intenta resolver el misterio de quién es, sino vivir dentro de él. El poema se convierte así en un refugio intelectual y emocional: un espacio donde la duda no destruye, sino que sostiene.

El verso “somos nuestra memoria” resume esa visión: el ser humano como un archivo incompleto, cambiante. Y si estamos hechos de memoria, la poesía es su eco más fiel, la forma en que recordamos incluso lo que no sabemos haber vivido.

Conclusión

En ambos poemas, Borges convierte lo inevitable —el paso del tiempo, la pérdida, la identidad fragmentada— en una forma de consuelo. Escribir se vuelve un modo de entender, de hacer respirable lo incomprensible.

La poesía, como el reloj de arena, cae dentro de nosotros y nos mide desde dentro. Y como los enigmas, nos enfrenta a lo que no podemos definir. En ambos casos, nos salva no porque prometa respuestas, sino porque nos enseña a habitar la pregunta con dignidad.

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