Natalia García Sandoval
Estudiante de Psicología
No toco para demostrar nada. Escribo y escucho para habitar el mundo con más libertad. Mis letras nacen torpes y desnudas, para luego aprender a respirar en violines, pianos y guitarras; para hacer justicia.
Para mí, la música no es una medalla ni un escenario; es una forma de construir mi existencia, día con día. Todo comienza en un cuaderno —o, aunque no me guste admitirlo, a veces en las notas de mi celular— con versos torpes y desordenados que tienen el poder suficiente para hacerme la temida pregunta… esto que hago, ¿realmente vale la pena?
El proceso de creación poética es difícil: no es un golpe de inspiración romántica ni una proyección de todo lo que has leído antes. Es sentarse frente a uno mismo, reunir el valor suficiente y sumergirse en lo más incómodo de los propios adentros. Muchas veces, lo que se halla en la profundidad te deja insatisfecho, deseando más…
No es un proceso mágico, al contrario: muchas veces roza lo torturador. Requiere paciencia, silencio, la obstinación de seguir escribiendo, aunque nada suene bien.
Sin embargo, tras nadar arduamente, llega la deseada victoria. Las palabras finalmente encuentran aire en el regazo de un violín. Un piano las acoge con suavidad, una guitarra les enseña a caminar, y de pronto, lo que era torpe y desconocido se vuelve habitable.
No es un triunfo rimbombante ni una demostración de talento; es un instante silencioso en el que todo encaja lo suficiente para que pueda acompañar a mis propias emociones.
En ese instante descubro algo que no se aprende en ningún libro: la música no solo ordena y transforma las palabras, sino también la manera en que escucho al mundo. Cada sonido que reciben mis oídos se va acomodando lentamente. Un susurro que se escapa de entre las paredes, el silbido de algún transeúnte apresurado, un silencio que se estira más de lo que imagino; todo me habla, me indica en dónde detenerme, donde insistir. Es solo escuchar; es dejar que los ritmos del mundo entren en mí, que choquen, que se crucen, que a veces se acomoden sin esfuerzo. Es aprender a habitar cada pequeño detalle, a sentir su peso y su pulso, y descubrir cómo incluso lo más mínimo puede tener un sonido propio, secreto, capaz de enseñarme a estar aquí y ahora.
Al final, escribir canciones y darles forma no es un logro grandioso ni un acto de magia. Es un ejercicio de paciencia y de presencia, de escuchar con cuidado y atender incluso lo más pequeño. Cada verso que sobrevive, cada palabra que logra sostenerse, es una pequeña victoria frente al vacío y la incertidumbre.
La música me recuerda que crear no es siempre confortable, que cada esfuerzo tiene su peso y que la belleza surge de la insistencia silenciosa, no de un momento de inspiración repentina. Y aunque nadie más vea este trabajo detrás de escena, cada línea que logro terminar me enseña algo que ninguna otra actividad podría: cómo ser constante, cómo acompañarme y cómo enfrentar lo que siento, aun cuando es incómodo o doloroso.
Al final, esa es la música: un acto humilde, íntimo, necesario. Porque detenerse a escuchar en un mundo apresurado es, por sí mismo, un acto de justicia.




