Angel Francisco Sánchez Machorro
Estudiante de Relaciones Internacionales
En los pasillos de la Lonja en la Universidad Iberoamericana Puebla, los colores de los bordados contrastan con lo oscuro de la piedra volcánica, las figuras de cartonería pintadas a mano y los hilos entrelazados del macramé. Entre puestos llenos de textiles, ajolotes de cartón, joyería tejida y molcajetes recién curados; estudiantes, maestros y colaboradores de la Universidad se detienen a preguntar y admirar la historia detrás de cada pieza. La Feria Manos Abiertas reúne a artesanos de distintos lugares y trayectorias con un objetivo en común: mostrar su trabajo y lograr conectar con un público que no siempre conoce lo que se puede contar detrás de cada artesanía.
Más que un espacio de venta, la feria es un punto en donde se encuentran distintos oficios, historias familiares y distintas maneras de entender la artesanía. Algunas nacen desde las comunidades de la sierra poblana, donde el conocimiento se comparte de generación en generación; otras se construyen en talleres o en colectivos urbanos que han tenido que buscar su lugar en la ciudad.
Entre los puestos nos encontramos con Estela Severiana Agustina, rodeada de capas bordadas, chalecos y diademas hechas con lana. Proviene de Hueyapan, una comunidad reconocida por su trabajo textil. Nos explica que el trabajo no es solo suyo, sino de toda su familia.
“En Hueyapan nos dedicamos todos al bordado de los chales y a hacer la tela en telar. Nuestros abuelitos se dedicaban a eso y de ahí fuimos aprendiendo también nosotros.”

En su mesa hay capas bordadas, pequeños accesorios y chalecos tejidos a mano. Algunas piezas las hace ella; otras las elaboran sus hermanas o su sobrino. El proceso empieza con la tela hecha en telar y continua con técnicas como el punto de cruz o el punto antiguo. Los colores y los patrones no son por casualidad, ellos también tienen su historia.
“El campo es muy colorido y es por eso que hacemos colorido nuestro trabajo.”
A unos metros de distancia, otro puesto nos muestra muñecas, ajolotes y pequeñas figuras hechas con cartonería. El proceso empieza con un diseño en plastilina, después un molde de yeso o barro y finalmente capas de papel pegadas con engrudo que van formando la figura. Después viene la pintura, el ensamblaje y una capa de laca que protege la pieza.
Detrás de este trabajo también hay una historia familiar. El taller está formado principalmente por una madre y sus hijas, que han retomado el proyecto después de haberlo dejado por un tiempo.
“Somos tres: mi mamá, mi hermana y yo. A veces nos apoyan mis sobrinos o mi hermano para transportar las cosas, pero el taller básicamente lo llevamos nosotras.”
A diferencia de otros oficios que se han heredado por generaciones, este ha surgido por el interés por las artesanías y del aprendizaje que ha tomado su tiempo.
“Mi papá siempre tuvo el gusto por las artesanías. De ahí empezó el interés y fuimos aprendiendo.”

Historias que nos muestran otra cara del mundo artesanal. Proyectos familiares que van tomando forma con la práctica, experimentación y la búsqueda de generar ingresos. Es gracias a estas iniciativas que se mantienen y se heredan las tradiciones de un México lleno de color y figuras representativas.
La feria también reúne trayectorias distintas dentro del mismo mundo de la artesanía. En otra mesa, un artesano que desde sus 17 años trabaja con nudos y piedras utilizando la técnica del macramé. Sus manos se mueven entre los hilos, creando patrones, mientras explica que muchas de sus piezas nacen de forma espontánea, guiadas por el ingenio del artesano.
Su experiencia abre una discusión sobre quiénes son considerados artesanos y qué tipo de trabajo recibe reconocimiento.
“Cuando se habla de artesanos siempre voltean a lo tradicional, a lo que viene de comunidades… y está muy bien. Pero los artesanos urbanos tenemos muy pocos espacios.”
A diferencia del trabajo artesanal dentro de las comunidades, muchos artesanos de la ciudad aprenden a través de otros creadores con base al intercambio de conocimientos en espacios públicos. Esa red de artesanos urbanos dice, se ha formado con el tiempo.
“Hay muchísimo talento en la calle, muchísimo talento. No solo artesanos en joyería, hay gente que hace teatro, que hace música, que hace circo…”
En este sentido, ferias como la de la IBERO Puebla representan una oportunidad poco común para que artesanos urbanos puedan mostrar su trabajo en un entorno seguro y distinto, sin las miradas y comentarios con base a la facha.

La diversidad de artesanía también aparece del otro lado de los puestos, donde la piedra volcánica se transforma en metates y molcajetes. Moisés Altamirano explica que su trabajo es una herencia familiar que se ha mantenido por años. Aunque muchas personas consideran estos utensilios como parte del pasado, en su experiencia siguen siendo parte de la cocina mexicana. En su casa, cuenta, el metate se utiliza varias veces por semana y el molcajete es indispensable en la cocina diaria.
Estas historias, cada puesto de la feria nos muestra que la artesanía mexicana no se basa únicamente en lo comercial, forma parte de cada familia del país, desde su producción hasta el uso que se le da. Algunas prácticas nacen de tradiciones comunitarias transmitidas por generaciones; otras surgen dentro de talleres familiares o de creadores urbanos que han aprendido el oficio gracias a la compartencia de saberes.
En ese cruce de historias, iniciativas como la Feria Manos Abiertas dentro de la Universidad Iberoamericana Puebla buscan abrir un espacio de encuentro. Para los artesanos significa una oportunidad de visibilidad y de venta; para los estudiantes, un acercamiento directo con los procesos de nuestras tradiciones y realidades que hay detrás de cada mano que elabora nuestra comunidad.

