Crónicas de un estudiante en el transporte público

Angel Francisco Sánchez Machorro Estudiante de Relaciones Internacionales Como siempre, madrugando, esperando llegar temprano a nuestro destino. Parece contradictorio que, […]

Angel Francisco Sánchez Machorro

Estudiante de Relaciones Internacionales

Como siempre, madrugando, esperando llegar temprano a nuestro destino.

Parece contradictorio que, mientras más temprano llegues a la parada, menos espacio haya en la ruta.

Las manos van entrelazadas, como si las vidas de los pasajeros hicieran lo mismo por un instante.

Enemigos mortales de los conductores que te ignoran aun cuando les haces la parada, o de aquellos que se molestan cuando les das unos centavos menos, pero que no parecen preocuparse por devolver el cambio completo. 

Fiel testigo de una y mil historias, aquellas de las que no vas a recordar su rostro, pero sí su voz.

Espectador de lo más surrealista de esta ciudad, oyente de mil artistas urbanos y también objeto de burla de uno que otro payaso. Solo espero no terminar en algún video de TikTok con el audio de “La carencia”.

Más de una vez he visto a gente colgada de la puerta. Las unidades no son suficientes; nuestros brazos, piernas y espaldas lo saben bien, sobre todo cuando toca caer de una ruta en movimiento porque el chofer decidió meter a media ciudad en su unidad.

Una vez vi a un señor caer. Lo único que logró hacer fue levantarse y salir corriendo mientras gritaba:

—¡ESPERENMEEE!

Una escena digna de una película de Charlie Chaplin.

Al final, somos fantasmas de esta ciudad. Sin presencia permanente, prisioneros de las mismas rutas de todos los días.

Nos hemos callado la violencia, las bolseadas, las manoseadas y que las autoridades pasen desapercibido mucho de lo que vivimos día a día en este calvario. Y aunque hoy vemos a policías subirse al transporte como parte de operativos de proximidad y prevención del delito, sigue siendo desalentador descubrir cómo el miedo nos ha enseñado a volvernos invisibles.

Cuando algo ocurre, nuestras miradas se clavan en el piso, el silencio se apodera de nuestras almas y todos nos volvemos cómplices de algo que no podemos seguir ignorando: entregarlo todo porque eso, a veces, nos mantiene a salvo, aunque sea por unos segundos más.

Miro por la ventana y envidio a aquellos que van en sus automóviles. Ellos no son parte de los condenados que debemos ir en esta travesía cotidiana. Una travesía que tiene sus momentos, días en que el cielo se cae y el olor a perro mojado inunda nuestras narices; otros en los que el calor sofocante de la ciudad convierte en un sauna a las unidades sin ventilación.

Y por si esto no bastara, la respuesta del gobierno llega con un proyecto digno de postales para turistas, pero no de una solución para quienes vivimos colgados de una ruta todos los días.

Solo puedo soñar con que, así como cada mañana esperamos impacientes la llegada del camión, algún día también lleguen proyectos pensados para nosotros.

Pienso en esto mientras voy colgado del transporte, con Cerati cantándome al oído:

“Y esta inconstancia no es algo heroico

Es más bien algo enfermo

No quiero soñar las mismas cosas

Ni contemplarlas sabiamente

Quiero que me trates suavemente”

Veo rostros cansados y sucios por el smog de esta ciudad; caras que cargan con el peso de jornadas interminables. Se contrastan con los peinados y uniformes impecables de los niños que van a la primaria, tomados de la mano de algún familiar. Hay algo en ellos que todavía irradia bondad e ingenuidad, una luz pequeña que parece existir en medio del humo y desgaste que termina cubriéndolo todo.

Intento encontrar mis mejores días en este camino. Son momentos en los que veo a las personas ser felices los que me motivan y me quitan un poco el peso de la maleta que cargo. Veo a los chicos de secundaria subirse y lo único que pienso es:

—“Por favor, cállense un rato.”

Sin recordar que algún día yo era uno de ellos. Que también, hubo un día en donde llené los asientos con historias, chistes absurdos y conversaciones interminables.

—Ahora extraño a mis amigos. —Tal vez por eso, aunque a veces su ruido me abrume, hay algo en ellos que me devuelve la esperanza. Por ellos, a diferencia de mí, todavía no aprenden a callarse.

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