Por: Paola E. Haiat
Empezamos a salir en tiempos malos. Yo tenía encima lo de mi hermana y tú la enfermedad de tu tía. Y estábamos tan inmersos en nosotros mismos que se nos olvidó que de vez en cuando necesitábamos un hombro para llorar, así que todo ese tiempo lloramos en nuestras almohadas y a la mañana siguiente lo olvidamos. Se nos olvidó también llamar, decir las cosas importantes, hacernos trizas con miradas humeantes. Pero es que, ¡los pendientes del refrigerador se iban multiplicando y nunca fuimos tan puntuales como los recibos del teléfono, la luz, el internet, el agua y esa suscripción a la revista que nos hacía parecer intelectuales! Y las ganas eran muchas por la mañana, pero para cuando llegaba la noche estábamos desgastados porque el tráfico es estresante, porque el camión nunca es puntual y ojalá pudiéramos de una maldita vez terminar de hablar porque morimos de sueño. Se abre un signo de exclamación. Tenemos la voz tan seca y las ganas tan flojas que no le escribimos nada en medio. Y lo cerramos.
Así que cada noche te vas a la cama con la sensación de que podría quererte más y yo con el mismo remordimiento de no poder quererte menos. Entonces podríamos terminar, habría una cosa menos en la cual pensar y el refrigerador podría al fin tener comida en lugar de post-it. Porque cada mes, al menos, debo mandar ese mensaje de “te amo más que a cualquier cosa” y contestar tus whatsapp aburridos que se van multiplicando en una bandeja que quisiera desayunarme porque hace mucho que no veo algo tan repleto. Nos pongo una coma, necesito pausar esto y pensar en mí.
Y me llegan tus quejas junto con las flores blancas que te digo que me gustan, aunque no, se van secando y vas llenando el buzón de voz mientras me he quedado sin las palabras que sé que podría decirte y con las que serías feliz. Ya no sé hacerte feliz. No quiero mentirte, pero no sé decirte verdades sin que suenen a reproches. Pides y luego exiges, y estás en tu derecho, ya no sé cómo enderezar esto. Ponemos un punto y seguido, incluso cuando no sé si quiero seguir.
Fragmento del texto publicado en nuestra edición 78, disponible en los revisteros de la Universidad.
