Cómo luces cuando se apagan las luces

  Paola E. Haiat Tienes una teoría respecto al reggaetón y crees que es simplemente justo y necesario. Que uno […]

 

Paola E. Haiat

Tienes una teoría respecto al reggaetón y crees que es simplemente justo y necesario.

Que uno lo necesita cuando en medio de un antro, con nueve cubas encima, con el suficiente valor para bajar hasta el piso, ves a una chica muy guapa. Te sientes criminal, cri-minal. La lengua se traba, las ideas se destraban, en el celular ya estás declarando las cosas que te prometiste callar. Le cuentas a un desconocido de cuando te pintaron el cuerno. Muy, muy bien pintado.

En el baño le hablas a cualquiera y no mal miras a nadie. Alguien está reposando su cabeza en un retrete y nada hay de bizarro: todo está permitido. Desde los gemidos hasta los alaridos, cualquier expresión de placer y de dolor, porque de pronto se siente un poco más. Te sientas sobre el retrete, pones tu cabeza en la pared. Cierras los ojos y cantas en voz alta la siguiente canción y tu cabeza sigue el ritmo.

Estás moviendo la cabeza como si bailaras y déjala que vuelva, ella conoce solita conoce el camino. Haces contacto visual. Cantas más fuerte. Ella sonríe. Incluso si no sabes si se ríe de ti, si se ríe contigo. Si sonríe porque piensa que te ves sexy.

Adelante, atrás. Pa’ arriba, pa’ abajo, lento, lento, pa’ arriba, pa’ abajo, lento, lento. La música lo va ocupando todo. Te acercas. Dudas solo un segundo, pero te acercas. Empiezan a bajar. Su cuerpo pegado al tuyo. Le tomas la cintura, acaricias su cadera, esperas a ver si detiene tus manos.

Está hasta la madre”, dicen sus amigas entre risas. Estás tocando el piso con ella y tus manos exploran esa playera ajustada a un cuerpo que quieres tener, que mueres por ver. Nadie sospecha de tus intenciones, te encuentras igual o peor que ella.

Ella voltea su cuerpo cuando suben y vuelven a bajar. Ahora notas su cara, se ve tan atractiva iluminada por estas luces. Su aliento alcohólico te dice lo bien que bailas. Ríes. La pegas más. Piensas que se da cuenta de tus intenciones al sacarla a bailar. No le quieres dar tiempo para dudar. La besas. Te respaldas en el calor, en la música diciéndote “debes lanzarte”. Ya es tarde, esto parece estar permitido. En el sitio ya nadie está lúcido. Y las luces, la música, la mediana oscuridad, rompen los límites.

No te da miedo besar a otra chica en ese lugar, incluso si cuando mañana despiertes asegurarás que es asqueroso lo que “esas lesbianas” hacen.

Las noches están diseñadas para olvidarlas.

 

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El contenido del presente texto es responsabilidad del autor y no representa las opiniones de la Coordinación de Difusión Universitaria.

 

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