
Paola E. Haiat
Roberto mira en secreto a Pedro. Lo observa todos los días desde un rincón de la escuela y cuando él voltea desvía la mirada. Se persigna por sus malos pensamientos, pero estos continúan. En las noches se imagina cómo es el cuerpo de Pedro, tan menudo y delgado. Se imagina la piel aperlada y la toca en medio de su fantasía con la delicadeza que merece. Nadie aprecia a Pedro como él, está seguro. Nadie lo puede mirar con tanto detenimiento como para saber que tiene un lunar muy muy pequeño que se oculta cuando sonríe. Pedro siempre está sonriendo. Todos los recreos juega futbol y es el mejor del equipo. Tiene unas piernas pequeñas pero fuertes y rápidas, nadie es competencia para él. Es el mejor de la clase, también. El director lo llama con frecuencia a la oficina para felicitarlo e insiste en regalarle dulces porque es muy brillante.
El otro día Pedro le dijo a la maestra que Roberto lo incomoda. Ella se puso muy seria y le dijo que son tonterías suyas, que Roberto está muy ocupado en sus asuntos como para prestarle atención. Le pidió que no volviera a tocar el tema. Le dijo, a modo de regaño, que esas son cosas que ningún niño debe insinuar. Pedro le hizo caso, porque la maestra es inteligente y no haría ni diría nada para herirlo. Pero eso no evitó que sintiera una clase de escalofrío cuando encontró a Roberto en cuanto salió del salón. Pensó que lo había escuchado y empezó a sentirse culpable. Por la reacción de la maestra Pedro pensaba que había hecho algo muy, muy malo.
Así que intentó no repetírselo ni a él mismo. Siguió jugando futbol y corriendo con sus amigos. Comprando chatarra con el dinero que tomaba en secreto de la cartera de su mamá. Estudiando para sus exámenes y escuchando los regaños de su mamá cada que descubría que seguía dejando la tapa del baño arriba. Aceptando, además, los dulces del director, esos que cada vez llegaban con más frecuencia.
Después de la última nota alta que recibió Pedro actúa muy extraño. No sale a jugar futbol con sus compañeros. Todos han empezado a notar el lunar en su mejilla porque Pedro ya no sonríe. La maestra le preguntó qué le sucede y él sólo meneó la cabeza, negándose a hablar.
Pedro nunca volvió a sacar buenas calificaciones para no tener que ir de nuevo a la oficina de Roberto, el director.
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