La filósofa de tocador

  Paola E. Haiat   Una vez, cuando era una niña, me preguntaron en un salón de clases qué me […]

 

Paola E. Haiat

 

Una vez, cuando era una niña, me preguntaron en un salón de clases qué me gustaría ser de grande. Mi respuesta inmediata fue “maestra” porque pensaba que era de las pocas opciones que había y no parecía tan mala idea. Un día, sin embargo, me aventuré y dije “astronauta” porque ¿a quién no le gustaría estar rodeada de estrellas todo el tiempo? Mis amigos se burlaron de mí, me gritaron:

“Citlali, no inventes, tampoco te la vueles”. Y me callé.

Nunca se me habría ocurrido contestar esto. Jamás habría pensado que, después de las tronadas de manos que se metían mis padres por pagar los útiles, después de que mi mamá se embarazó tan joven y el dinero era tan escaso y, aun así, no me obligaron a trabajar como a tantos otros de mis compañeros cuyos nombres he olvidado ya, terminaría aquí.

Porque soy burra, alegué siempre. Porque no sé hacer gran cosa y las mates nunca me entraron. Soñaba lejos, pero actuaba poco. Hablaba mucho, pero me movía poco. Aunque ahora me muevo a un ritmo apresurado, aunque al cliente lo que pida. Y si pide que sea rápido, rápido habrá de ser. Si me piden que sea con más fuerza, así lo habremos de acordar.

A veces, entre risas que se convierten en lágrimas, digo que soy filósofa. Me toco la piel y hago tantas preguntas como cuando tenía tres años. ¿Qué significo? ¿Quién soy? ¿En qué trozo de carne entran y qué soy cuando ellos han salido ya y no quieren siquiera dirigirme la palabra? ¿Soy un humano o me he rebajado hasta no tener una identidad? Porque los escucho decir “tráeme a esa” y nunca me preguntan cuál es mi nombre. Soy un ser sin rostro y sin historia. Soy puro cuerpo. Una carne.

A veces bailo, pero casi siempre me buscan para otra cosa. Mi mamá siempre dijo que tuve pechos muy pronto y que mi cuerpo era bonito. Las blusas ajustaban en los lugares correctos y me gustaba que los hombres se me quedaran viendo, los de mi edad y los más grandes. Tal vez por eso merezco esto. Cuando mi papá me golpeó por primera vez, después de que se enteró que me había acostado con Daniel, me dijo que las mujeres como yo nunca traen nada bueno, que las mujeres buenas cierran las piernas.

“Mira, papá, cómo las abro”, fue lo que pensé cuando, en revancha, seguí buscando hombres que me complacieran. Llena de coraje, me fui de mi casa. Y las cosas van muy rápido una vez que lo has intentado. Ningún camino tiene marcado la palabra “correcto”. Y muy chamaca una no sabe qué hacer, ni de dónde sacar un centavo, ni si merecía siquiera algo bueno. Yo ya no era una mujer buena.

Porque, cuando tenía 11 años, nunca se me ocurrió decir prostituta cuando me preguntaron qué quería ser cuando fuera grande.

Yo nunca quise ser esto.

 

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El contenido del presente texto es responsabilidad del autor y no representa las opiniones de la Coordinación de Difusión Universitaria.

 

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