
José Daniel Arias Torres
Mi hermano murió hace seis años, cuando yo tenía apenas 10 años de edad. Esa edad para mí fue lúgubre, muchos detalles se le han escapado a mi memoria, no recuerdo a varios de mis amigos ni tampoco a algunos de mis profesores, no es hasta que los veo en fotografías que el recuerdo más o menos vuelve, no recuerdo detalles como dónde festejé ese cumpleaños y en casa de quién pasamos la Navidad, supongo que es normal, a los 10 años sigues siendo un mocoso que solo piensa en el hoy y en la tarea de matemáticas, o al menos eso sería la única preocupación que un niño de esa edad debería de tener en su vida. Para mí los 10 años son la edad última para ser niño, después viene la pubertad, la adolescencia, etcétera, etcétera, y junto con ellas toda la mierda que ya conocemos. No recuerdo muchas cosas de ese mí último año de infancia, será porque yo dejé de ser una niña prematuramente, pero recuerdo muy bien el día en que mi hermano murió.
Era 24 de septiembre, la fecha la sé porque ahora, año con año, mi madre y yo lo recordamos, a pesar de ser una atea la acompaño a rezar el rosario, según ella para que mi hermano encuentre la paz. Estábamos cenando, mi padre en la cabeza, como buen patriarca, imponía silencio con la mirada, no es que no nos quisiera, pero cuando quería daba miedo, difícilmente se podía adivinar que pensaban sus ojos, era un buen padre, nunca nos faltaba la comida, íbamos a la escuela y de cuando en cuando nos dábamos un lujo, íbamos de vacaciones en familia al menos una vez al año y cuando estaba de buen humor nos compraba todo lo que queríamos, era obstinado, pero creo que ese defecto es un poco generacional.
Ya eran las nueve de la noche y mi hermano no llegaba, era tarde, pues salía de la universidad a las tres de la tarde. Normalmente mis padres no eran estrictos en relación a la hora de llegada, ellos bien sabían que a esa edad los amigos y las novias estaban a flor de piel, pero mi padre ya estaba molesto, más que por la hora por el día, apenas era martes y de mi hermano ni sus luces. No se oponía al hecho de que se divirtiera, solo que, a su concepción, de lunes a jueves eran días en los que los jóvenes solo se deberían dedicar a estudiar, la diversión se podía reservar para los viernes y fines de semana. Mi padre es mal hablado, cuando vió su reloj por tercera ocasión dijo entre dientes:
“Voy a cagotearme a ese cabrón cuando llegue”.
No pude hacer otra cosa más que sentir lástima por mi hermano, los regaños de mi padre eran infernales, de pronto mi viejo se deja llevar y ya no sabe ni lo que dice.
Dieron las 10 de la noche y mi hermano seguía sin llegar, ni siquiera se comunicaba con nosotros, su celular estaba fuera de servicio. Mi padre continuaba sentado en la cabeza de la mesa y mi madre ya se veía nerviosa caminando de un lado a otro dentro de la cocina, cuando de pronto tocaron la puerta. Mi madre salió corriendo, se le veía aliviada, pero cuando abrió la puerta se encontró cara a cara con dos sujetos, eran policías o agentes del Ministerio Público, no recuerdo bien, la cosa es que fueron ellos quienes, indoloramente, les comunicaron a mis padres que mi hermano había muerto en un enfrentamiento armado en plena calle.
“Nombre, señora, si así de tranquilos como se ven, estudiosos y todo también andan metidos en cosas, su hijo estaba enredado con el narco”.
Mi madre se desplomó al instante y, seis años después, es la fecha en que no se puede recuperar. Ella siempre alegó en sus declaraciones que mi hermano podría haber sido de todo menos traficante, que él era un buen muchacho y que lo que decían de él no eran nada más que calumnias. A mi hermano lo enterramos en una ceremonia nada ostentosa, a la que acudimos familiares y amigos, a féretro cerrado, pues le habían deshecho el rostro a balazos.
A mi papá le dió por entrarle a la botella durante un tiempo, estuvo a punto de perder su trabajo, pero creo que por mi mamá y por mí la dejó, sin embargo, es evidente que nuestra relación familiar ya no es la misma, en la mesa siempre sobra un lugar.
Mi padre nos tiene prohibido hablar de mi hermano frente a él, al contrario de mi mamá, mi papá si cree que estaba enredado con el narco, el mismo se encargó de guardar todas las fotografías con su rostro de la casa, mi viejo vive amargado y triste.
Pero yo no creo eso, mi hermano no formaba parte de ningún grupo criminal, siempre fue bueno y se preocupaba por sus calificaciones. Es cierto, le gustaba la fiesta, pero ¿a qué joven de esa edad no le gusta? Iba bien en sus estudios y tenía aspiraciones altas, además de que se le daba el dibujo muy bien, yo me quedé con todas sus pinturas, una persona así no puede pertenecer al narco, entonces ¿por qué crees que tú hijo fue un criminal papá?.
“Porque lo fue”.
“No lo era y lo sabes, tú hijo no fue un criminal ¿por qué confías más en lo que te dijeron un par de agentes que sabrá Dios de donde vienen y le das la espalda a tu propio hijo?”.
“Era un criminal, ya vete a dormir quieres”.
“Veme a los ojos y dime que mi hermano era un criminal, solo así dejaré de creer que mi hermano fue una buena persona”.
Mi padre se mantuvo con la mirada agachada en la cabecera de la mesa.
“¡Veme a los ojos papá y dímelo!”.
Mi viejo se quedó así un buen rato, con la quijada apretada y los puños cerrados, lo único que se escuchaba era el reloj de la sala que marcaba los segundos.
Mi papá alzó la mirada con los ojos llorosos y me dijo gritando con tristeza y golpeando con el puño sobre la mesa después de cada frase que soltaba:
“¡¿Qué quieres que te diga?! ¡¿Qué prefiero convencerme de que tu hermano fue un criminal y no un muchacho estudioso?! ¡¿Quieres que te diga que prefiero pensar que tu hermano fue asesinado por una razón y no que me lo arrebataron en la calle sin que ni él se enterara del por qué?¡ ¡¿Quieres que te diga que soporto este dolor solo convenciéndome de que había una razón?! ¿Qué él fue el culpable de lo que le pasó y no solo una víctima que no la hizo ni la debía? Si eso es lo que quiere que te diga te lo digo, tu hermano era un buen muchacho, no merecía lo que le pasó… no lo merecía… no lo merecía… jamás le dije lo mucho que lo quería”.
Mi padre lloró amargamente sobre la mesa y el reloj marcaba los segundos, esos eran la frontera entre la culpabilidad de mi hermano y su inocencia. Mi hermano era inocente y ahora todos los que debían saberlo lo sabían, eso era lo único que importaba.
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