El Pingo de Tierra Caliente

  José Daniel Arias Torres   Pingo, nadie sabe realmente por qué le decían así, algunos dicen que su abuela, […]

 

José Daniel Arias Torres

 

Pingo, nadie sabe realmente por qué le decían así, algunos dicen que su abuela, ya con demencia senil, cada vez que lo veía se ponía a gritar como loca “¡Pingo, pingo!”. Otros aseguran que más bien así se le apodó entre su círculo de amigos cuando estuvo en los United, lo único que yo sé es que cuando me contaron su historia él ya venía con ese apodo y nadie lograba recordar cuál era su nombre real, su apodo devoró a su nombre de nacimiento.

El Pingo nació en Tierra Caliente, un pueblo situado entre la pobreza y el olvido; por supuesto que el nombre del pueblo no era Tierra Caliente, pero así se le conocía popularmente por los pueblerinos y, al igual que con el Pingo, ya nadie recordaba cual era el verdadero nombre de ese pueblo que estaba abandonado hasta por Dios, de forma literal, pues la única iglesia que tenían estaba abandonada y  saqueada, no había un cura asignado para el pueblo y la única visita divina con la que contaban era con la del padre que acudía cada tres meses para echarles un distraída bendición a los recién nacidos y a los muertos, que para el caso era lo mismo, y luego se iba ¿a dónde? nadie lo sabía, decía que según a continuar con sus acciones clericales como buen cristiano, pero eso no lo hacía sin antes cobrarle al pueblo una suma considerable que dejaba a la tesorería aún más vacía.

De la misma forma en que no había dios en ese pueblo, tampoco había Estado, que era lo más similar a lo divino. Claro, se llevaban a cabo elecciones, más bien reelecciones, el mismo sujeto había permanecido en el poder por más de quince años, lo curioso es que nadie nunca lo había visto, se decía que residía en la capital viviendo como un rey, otros decían que ya había muerto, lo cierto es que un muerto o exiliado los gobernaba. Tierra Caliente estaba tan desolada que ni los políticos o las moscas se paraban en ella que, nuevamente, para el caso es lo mismo. Había elecciones, claro está, pero estas nunca llegaban a Tierra Caliente, lo único que pasaba era que los periódicos y el mismo Instituto Electoral lo anunciaba como si así fuera.

De la población en general ni hablar, menos de quinientas personas repartidas en todo el pueblo, aunque los datos son de dudosa credibilidad, pues eran quinientos hasta 1980, después de ese año no hay registro alguno, ahora, a ojo de buen cubero, entre fantasmas y vivos, yo creo que hay menos de cuatrocientos, prácticamente sin jóvenes, todos migran, ya sea a la capital o para el norte, de mojados como se les dice, se van prometiendo enviar dinero y volver, la mayoría de las veces no pasa ni una cosa ni la otra; los padres, viejos y secos, igual que Tierra Caliente, yacen sentados frente a una austera mesa con pan y un poco de agua sucia, aguardando, ya no por sus hijos, sino por la muerte, entre ausencias y no más recuerdos que esos que evocan soledad y lágrimas, lágrimas que por cierto no pueden derramar, sería un desperdicio de agua.

Tierra Caliente no siempre fue así, los más viejos cuentan, en un español atrofiado, eso que sus bisabuelos les decían, sin embargo, entre tanto salto generacional de recuerdos no sé qué tanto sean verdad y que tanto confusiones de una vieja memoria. Tierra Caliente hace un par de siglos era un próspero lugar del cual se extraía plata, un tiempo en que la vieja mina era más concurrida que un hormiguero y la mayor parte del pueblo era blanca, empresarios mineros extranjeros atraídos por el aroma del dinero y de la oportunidad que la plata representaba. En un principio no se sabía de la existencia de plata en el lugar, sólo los habitantes del pueblo sabían de ella y la utilizaban como mineral de la fortuna o como material de hojalatería, pero esa clase de cosas se termina propagando y atrayendo demonios bien vestidos, a los cuales no les resultó complicado engañar a los campesinos iletrados y despojarlos de sus tierras.

Pronto el pueblo se convirtió en un verdadero centro comercial y minero, pero igual de pronto pasó de ser eso a una tierra sin valor alguno; los blancos retiraron todo, comercios, plantíos y máquinas, se lo llevaron con ellos y acudieron al llamado de oro en un pueblo del norte, que según entiendo está igual de jodido que Tierra Caliente; lo que nunca les dijeron a los habitantes es que sus tierras ya eran infértiles. Aún quedan vestigios de la mina de plata, menos plata por supuesto y mucho menos rastro de esa prosperidad fugaz que vivió el pueblo.

En fin, el Pingo nació y creció en Tierra Caliente, el de en medio de tres hermanos, el menor murió a las pocas semanas de nacido, el mayor lo trataba peor que a un negro en Estados Unidos, su vida fue dura, por no decir que una mierda, a los quince años migró junto a su hermano mayor a los United, ocho años después fue deportado, su hermano mayor no volvió, las malas lenguas dicen que el Pingo lo mató, pero eso sería hablar de más, quizá se casó y tiene una feliz vida junto a una hermosa güereja, pero igual eso es hacer conjeturas.

El regreso del Pingo se esparció como el viento, pero no hubo celebración alguna, sólo un ligero movimiento en el pueblo que dio pruebas de que continuaban agonizando. El Pingo había hecho algo de dinero en el norte, cada fin de semana se iba a la capital o al pueblo civilizado más cercano, con quienes he hablado me dicen que a lo único que llegaba era a buscar peleas, hacer desmadres y meterse con prostitutas, un chico descarriado que seguramente terminaría muerto por ahí de sobredosis o de un plomazo que le acomodara alguno de a quienes molestó.

Al principio nadie en Tierra Caliente sabía qué es lo que hacía, pero el hecho es que el Pingo comenzó a llegar con camionetas nuevas, ropajes vistosos y sombreros de piel, era evidente que era dinero y cosas mal habidas, los pocos jóvenes que sobraban en el pueblo comenzaron a irse periódicamente con el Pingo, nada qué hacerle, los viejos y sus palabras no pesaban. Poco a poco el pueblo comenzó a llenarse de personas desconocidas y sumamente violentas, día a día aparecía algún muertito y desaparecía algún poblador; el Pingo, se supo después, había hecho relación con narcotraficantes y con el tiempo se hizo jefe de plaza de Tierra Caliente, nada se podía sembrar ahí, pero era el lugar ideal para cocinar la droga. el dicho popular recitaba “Tierra Caliente, tan lejos de Dios y tan cerca del narco” y no era para menos, el vacío que dejó la Iglesia y el Estado fue rápidamente llenado por el narcotráfico.

Tierra Caliente se hizo un referente de redes comerciales importantes, claro que esas redes de legales no tenían nada. El pueblo se hizo un corredor concurrido de prostitución y trata, el mayor padrote era el Pingo que se reservaba a las mejores para él; pronto Tierra Caliente se convirtió en un pueblo de adictos, desaparecidos y muertos, los pobladores originales se hicieron deudores, de deudores pasaron a trabajadores y de trabajadores a simples epitafios; lo mismo había pasado con Tierra Caliente, de pueblo prehispánico pasó a centro minero, de centro minero a desierto y de desierto a mercado negro, una serie de fatales sucesiones que nos llevan al final de esta narración.

El Pingo nació, creció y murió en Tierra Caliente igual que muchos otros, su reinado duró lo que dura la vida dentro del narco: un respiro. Nadie sabe cómo murió, o siquiera si efectivamente murió, lo único que se sabe es que en Tierra Caliente ya no está. La historia del Pingo, al igual que la del pueblo, está llena de inconsistencias, muchos aseguran que su cadáver fue encontrado destazado en la carretera México-Puebla, otros más que fue hallado incinerado y el resto dicen que fue colgado de un árbol al más puro estilo de la revolución. Lo cierto es que con la ausencia del Pingo vino la ausencia de poder, con ella el enfrentamiento violento en las calles, o más bien en la terracería, entre esos que tenían poder y esos que querían tenerlo, y finalmente el abandono de Tierra Caliente para completar de esa manera otro ciclo que daba pruebas de la repetición histórica de los eventos, la primera, o sea la explotación minera, cómo tragedia, y la segunda, o sea el narcotráfico, como comedia.

El Pingo desapareció, es cierto y se llevó a toda Tierra Caliente con él. Ahora en su lugar no queda más que una fachada de un pueblo que se confunde con el desierto y el mito de un hombre que se confunde con la inmortalidad, en eso sí que no ha cambiado.

 

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El contenido del presente texto es responsabilidad del autor y no representa las opiniones de la Coordinación de Difusión Universitaria.

 

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