
Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos
Esta escuela descansa entre las calles de un municipio provinciano. Las puertas se abren para quien cumple con el reglamento de uniforme y se cierran para quien no. Los hombres deben llevar el cabello bien recortado, las niñas una coleta y calcetas blancas de corazón. Esta mañana logré entrar, a pesar de que se me advirtió que estaba suspendido durante una semana (por una estupidez que hice el viernes anterior). Hagamos un recorrido por este peculiar lugar, voy a mostrarte los motivos por los que nuestro colegio es, para mí, un México en miniatura.
La campana resuena en todo el maldito patio, debemos entrar a clase ahora mismo. A unos metros del aula está la oficina de nuestra directora de prepa, una mujer madura que pasa las mañanas aquí y las tardes en el salón parroquial; si nos ve, es posible que no la contemos, o que ni siquiera nos note, ambas opciones dependen del estado de ánimo en el que llegue. Entremos al salón, en corto.
Precaución, a la mitad de la fila están los privilegiados del colegio: su pasatiempo favorito es ver narco series y escuchar narcocorridos, cuyos protagonistas son su modelo a seguir; tratan a quien deseen con la punta de las botas y han estado en la dirección numerosas veces, pero con una botella de vino y palabras bonitas se ganan rápidamente la simpatía de la directora. Se han vuelto como sus hijos, como los hijos que ella nunca tuvo. Durante el receso acostumbran poner su música a todo volumen y apostar su mesada en la baraja española.
La institución es católica, de derecha. El director general es un sacerdote llamado Rodrigo; nunca está, y cuando está, la neurosis por el orden crece, ¡no vaya a pensar que algo anda mal por aquí! Así, como cuando en México son las olimpiadas, cualquier manifestación de inconformidad es reprimida con dureza por la autoridad.
A menudo se nos insiste en que debemos decir “no” a las drogas y que la homosexualidad es una desviación. Dos veces a la semana nos da catecismo una señora cuya frase favorita es que “los pobres son pobres porque quieren”.
En el patio están los pequeños de primaria escuchando el discurso de su maestra desde el estrado:
“Y por eso, los exhorto, a ser parte de esta construcción del mundo, rumbo al progreso y el éxito…”.
Los niños no entienden una sola palabra de ello, y cuando aquel discurso cesa, les dan la orden de gritar el himno de la escuela: “¡Superación constante! ¡Superación constante! Escuela Hernán Cortés, ¡Adelante!”.
Cada que inicia un ciclo escolar, el 13 de agosto, se celebra la unión pacífica entre dos mundos tras la caída de Tenochtitlan. Es un festival escolar bastante lindo; los niños de preescolar hacen una coreografía en donde la mitad son mexicas y la otra mitad, soldados españoles, y mueven sus manitas en el aire mientras sus padres les toman fotos y los presumen en la página de Facebook de la escuela.
Ya llegó nuestra maestra de inglés, arrastrando su complejo de superioridad. A diferencia de nosotros, ha viajado mucho y es alguien en la vida; además, como dijo nuestra querida directora, “viene de muy buena familia”. Durante la mayor parte de las clases se la pasa gritando el terrible escenario que se pinta en nuestro futuro, por lo fracasados e incultos que somos. ¿Ves a ese chico sentado, en la esquina derecha? ¡El de ahí, el grandulón! Se llama Héctor, y en este momento los improductivos gritos chillones de la señorita de linaje invaluable están calándole los nervios. En la casa de Héctor hay una tormenta de indecisiones y disfunción familiar. Nada le importa ya, ha dejado escapar un “¡ya váyase, señora!” precisamente en este momento en que todos guardamos silencio. No lo veremos en algunos días. Será suspendido. A menudo me dice que piensa renunciar a cualquier idea de estudiar después de la preparatoria. Está desorientado y confundido y nadie le tiende una mano.
Por nuestra aula han pasado varios profesores que enseñan con el corazón en la mano; muchos de ellos terminaron por irse a trabajar a otra parte. Entre ellos está Salas, profesor de gimnasia que dio la cara por Juan, un chico homosexual de segundo año, quien era hostigado a menudo por los “hijos de la directora”; poco después se volvió maestro rural y no lo hemos vuelto a ver desde entonces. Otro de estos maestros fue Pérez, profesor de psicología, que oportunamente nos guió en la búsqueda de la verdad, cuando el grupo pasaba por tiempos difíciles; al año siguiente se marchó, y su reemplazo fue un tipo aficionado de la autoayuda.
Ajenos a todo ello, está el club de los chicos refinados, amantes de la mota y el indie rock. Estos pintorescos personajes permanecen indiferentes a todo lo anterior mencionado y se encierran en un mundo ficticio en que son adolescentes de un país primermundista, con los problemas fifís propios del primer mundo; pasan los días en descubrir nuevas formas de autodestruirse: amoríos codependientes, drogas, alcohol, autolesiones, pensamientos nihilistas y evasión de la realidad. Otra de sus diversiones consiste en burlarse de tu servidor, el chairo del grupo.
Como buen chairo de preparatoria, no puedo evitar que mis protestas terminen siempre en un berrinche de puberto. A veces confronto a los “hijos de la directora” con intimidantes miradas furtivas y no pasa nada más, sólo los saco mucho de sus cabales; siempre procuro que no me acorralen, la pasaría muy mal. Me tienen fichado por romper un foco y por gritar durante las misas. No tengo el valor de cambiarme de escuela, ¿qué tal si sale peor? Por ello me limito a acompañar con mi guitarra los versos satíricos que improviso cuando me aburro, versos como el que, para demostrar mi inconformidad, escribí el viernes sobre el pizarrón: “Ahí viene la directora, con kilos de maquillaje, es un payaso que no ríe, que de amor no sabe, y viene acompañada de Rodrigo, el padre, que no ayuda ni estorba, ¡Superación constante!”. ¿Cómo la ves? Aquí se vende el futuro por kilo y la esperanza siempre está a medio morir. Es mi querido México en miniatura.
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