De cómo el Lobo derrotó a Los Lobos

  Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos El Clan de Los Lobos estaba integrado por seis chicos soñadores. Bajo su manto […]

 

Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos

El Clan de Los Lobos estaba integrado por seis chicos soñadores. Bajo su manto se hallaba el pueblo de Santa Luna, en donde casi no pegaba el sol. Cada uno prestaba su oficio al bien vivir de ese pequeño pedazo de México. Habían llegado ahí meses atrás, en su adultez temprana, tras huir de su propia ciudad por encontrarse proscritos; en su camino encontraron aquel pueblo, al otro lado de la barranca del Diablo, atravesada por un puente viejo que sirvió de aduana en tiempos que nadie recuerda. Al llegar fueron recibidos de modo poco cordial por sus habitantes, y fue cuestión de que el ingeniero hiciera de embajador para que los dejaran instalarse ahí. No imaginaban que terminarían convirtiendo a Santa Luna en su hogar.

En un principio, hallaban en Santa Luna una comunidad de heridos por la mezquindad, que se habían reunido por azares del destino. No había ancianos entre ellos, pero sí decenas de niños y jóvenes cuya cultura e historia se habían desvanecido con el tiempo y el abandono. Los Lobos se dieron a la tarea de reconstruirlo todo, lo tangible y lo intangible. Procuraron entonces amigarse con sus extraños anfitriones. Pasados los meses, historia, solidaridad, curiosidad e ingenio se vieron resucitadas, y Los Lobos, plenamente bienvenidos.

Se vivió un tiempo de armonía y esperanza para Santa Luna, la comunidad utópica al otro lado de la barranca del Diablo. Aunque la paz era reinante, el paladín no tardó en enseñar a sus compañeros del Clan a cortar un cuello a machetazo limpio, algo que ya sabían hacer, pues los pollos no se mataban solos; específicamente, les enseñó a cortar un cuello que, junto con el torso y las extremidades, se mueve a una velocidad que le permite no ser cortado y, si tiene oportunidad, cortar el de su contrincante. Se justificaba con la premisa de que “uno nunca sabe si el día de mañana a tu hogar arribarán forasteros con traje, corbata y maletín, o con uniforme militar y rifles de asalto”. Ambas posibilidades eran igualmente terribles. Por la cabeza de los demás miembros del Clan de Los Lobos pasaba un despreocupado pensamiento sobre la improbabilidad de que el Lobo del Hombre arrasara con ellos, estaban tan olvidados que lo común se veía remoto.

A pesar de esta aparente calma, durante el otoño de un año fatídico, el abismo que los separaba del sur devolvió a su inquilino, El Lobo, y por mucho que se ingeniara, se cantara, se cocinara, o se instruyera, nada se volvió más importante para el Clan que aprender a pelear, a no ser devorado.

No se tenía clara la naturaleza de este mal sin rostro humano. Cuando se metía a las casas y asesinaba a sus ocupantes, dejaba rastros de crueldad y burla hacia sus víctimas. El biólogo no entendía el fin de esta depredación que ponía en tela de juicio los hábitos animales, ¿y si no era realmente un animal?

La comida de un viernes fue envenenada, y al catarla, el cocinero cayó moribundo, y en su lecho de muerte susurró:

“¿Y si no es realmente un hombre?”.

Durante su turno nocturno de velar las calles, el músico tocaba su guitarra, para hacer saber a los habitantes que estaba cuidándolos. Se acompañaba de cuatro hombres más que cubrían sus espaldas, y a pesar de ello, aquel que no era hombre ni animal lo llevó a la barranca sin que su escolta se percatase, y ahí le rompió los dedos y le cortó la lengua, como lo hizo el gobierno de Pinochet con Víctor Jara.

El literato fue a ver la barranca desde el puente, y el reflejo del sol del sur sobre el rocío y sobre los diminutos y circulares charcos en el lodo, le revelaron la historia del mal sin nombre: aquella barranca era testigo de la mezquindad llevada a la locura por hombres que en años lejanos sacrificaron a sus paisanos con el fin de que el Diablo hiciera aparecer las monedas de plata que se veían ahí sólo al amanecer, cuando los charcos brillaban y tomaban la forma de esta riqueza elíptica, cuando el fango era confundido con dinero. Se decía que El Rey de las Mentiras hacía que las monedas se convirtieran en agua y, después de contemplar la histeria de sus visitantes, los ejecutaba, haciendo caer sobre ellos los frágiles muros de aquella barranca maldita. En su delirio, el literato concluyó que Santa Luna era acechada por este sutil asesino, por el demonio.

“El Diablo se cubre con la piel de los tiranos y demás delincuentes que ejercen por avaricia”, dijo el literato al paladín. “El terror, la tortura, el despojo, el envenenamiento de los alimentos y la destrucción del medio ambiente, todo ello que Santa Luna no conocía, vino a rendir cuentas. Tenías razón, hermano, tarde o temprano, el espíritu de lo detestable terminó asediando nuestra utopía perfecta, y tendremos que cazarlo y cortar su yugular, sólo así nos dejará en paz. No podremos volver a cantar, ni a cocinar, ni a educar, sabiendo que este ser corromperá todo lo que hagamos…”.

“Llama al afilador y reúne al pueblo”, ordenó el paladín.

Al caer la noche, los protegidos por el Clan de Los Lobos se escondieron dentro de una garita diseñada por el ingeniero, hecha con lámina y madera. A unos metros de aquella infantil fortaleza, mirando hacia el norte, estaban formados el literato, el ingeniero, el biólogo y, a la cabeza, el paladín. Sus machetes, tal como les enseñó, detrás de la cabeza, tomados con mano firme. Frente a ellos se acercaba, a paso lento, el extraño rival del Clan de Los Lobos: el Lobo.

Lo único que este tenía de humano era la carne debajo de esa enorme y pesada armadura en forma de lobo negro que helaba la sangre de quien no supiera su remoto origen como hombre. Estaba cubierto de un grueso pelaje negro y el visor consistía en dos círculos rojos relucientes cuya función ornamental era la de dos furtivos ojos. Sus fauces estáticas y sus orejas en punta eran parte de una máscara de guerra que ponía nervioso al literato, quien imaginaba una y mil cosas en torno al pasado de esta extravagante encarnación de lo aberrante.

Prestando oído atento, el biólogo notó que, debajo de aquella careta, los dientes del temible guerrero castañeaban a un ritmo muy particular, claro indicio de su drogadicción. El Lobo atacaría con ferocidad, valiéndose de un estado consciente inducido por su elíxir ilícito.

El principio del fin lo marcó el paladín. Dio el primer paso para atacar a la bestia; ante sus ojos era más una ilusión arquetípica que un verdadero contrincante. Creyó que en cuanto atravesara con su hoja a aquella macabra visión, esta desaparecería en el aire para no volver jamás. Su error hizo que lo inevitable no se prolongara, y cayó bajo la hoja negra del Lobo. En seguida el literato lo atacó por la espalda, el machete se quebró sobre la firme superficie que pretendía cortar, y así, el chico quedó desarmado y, al igual que su amigo, murió a manos del demonio. El ingeniero entró en pánico y no reparó en vaciar su viejo revólver sobre el asesino de sus amigos, para después abalanzarse sobre él, desenmascararlo y ver el rostro de la demencia y la decrepitud. Aquel rostro pálido y sin memoria fue lo último que sus ojos contemplaron, antes de recibir una bala de origen por él desconocido.

Un vehículo de la policía había arribado a Santa Luna. Los agentes que en él venían encontraron tirados los cadáveres de cuatro miembros del Clan de Los Lobos, jóvenes de entre veinticinco y treinta años buscados por sus conflictos con los intereses políticos del gobierno en su ciudad. Al parecer el trabajo de estos elementos policiales había sido ejecutado por alguien más, a excepción de la caída del ingeniero, a quien ellos dispararon por detrás minutos antes. Nunca encontraron el cadáver del cocinero, otro miembro del Clan, pero a quien sí hallaron, aún “vivo”, fue al músico, que agonizaba en una cama de la pequeña clínica construida con la dirección del ingeniero durante los meses en que residieron ahí. Terminaron con su vida a punta de disparos, y se llevaron su guitarra.

Los refugiados en la fortaleza de lata y madera fueron desalojados y detenidos. Los reubicaron en el reclusorio en el que aún permanecen. No dijeron ni hicieron nada por evitarlo, esto ya era común para ellos, desde antes de la fugaz llegada del Clan, ellos fueron despojados mil y una veces de su hogar y reubicados en mil y un sitios nuevos. Jamás tuvieron una identidad; con el apoyo de Los Lobos la estaban construyendo, y con su muerte volvió a ser olvidada. Todo regresó a ser igual que antes.

Esta fue la historia del Clan de Los Lobos, un grupo de soñadores que murieron como tal. Sus obras quedaron en un recóndito rincón en la memoria de sus protegidos, que en parpadeantes momentos de lucidez les dedican su homenaje, no como personas, sino como símbolo de amor, sencillez y valentía. Sus días sin consciencia ni razón a veces se iluminan por los hábitos heredados durante aquella corta era de paz en Santa Luna: la solidaridad, y la defensa de su libertad. Durante años, la leyenda de Los Lobos se ha transmitido de boca en boca, preservándose en el tiempo.

 

****

El contenido del presente texto es responsabilidad del autor y no representa las opiniones de la Coordinación de Difusión Universitaria.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio