
Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos
¿Qué hago caminando entre los hijos de Dios? El señor de lo detestable, de lo que no debe ser, me ha creado para algún día regresar a él y así reunirme con sus elegidos y cantar sus alabanzas.
He crecido en una casa humilde, el Dios al que rezamos es bueno y paternal, y protege a la familia de caer en la tentación, menos a mí. Todos los deseos condenables, todo aquello de lo que huimos, reside en este triste servidor, a la espera de atacar. Tengo méritos por alejar a mis pocos amigos y asustar a los semblantes por quienes late este corazón. Siento mucha vergüenza y paso los días huyendo del ojo de Dios.
Escucho a los amantes de la justicia hablar sobre la lucha contra el mal en el mundo. No puedo evitar sentir miedo y ganas de esconderme, porque siento el peso de unas cuantas metidas de pata causadas por la impulsividad que me aqueja, por mi naturaleza odiable, así como la culpa de miles de crímenes que no he cometido, como si fueran pendientes que este ser inconsciente ya tuviera fichados. Siento que mi destino ya está escrito.
A diario me invade el deseo de cambiar el rumbo. Quisiera conocer a una chica y unirme a ella en virtuoso compañerismo. Quisiera hacerme de muchos amigos. Quisiera viajar, largarme de aquí y comenzar una nueva vida. Pero no soy digno, y a donde vaya seré repudiado.
Hay un hombre que está detrás de mi destino. Se cubre tras su sonrisa paternal y su carísimo traje. Lo veo siempre en videos en los que se auto felicita por hacer de la ciudad un hogar para los extranjeros ricos. Él no me llamará personalmente a cumplir lo que me toca, pero sí será quien vele porque los autores de terribles delitos contra la humanidad queden impunes.
Hoy haré algo malo. Mensajeros de gente con corbata y mansión han venido a verme. No he sido enviado al mundo para algo más que ser su sirviente. Me han pedido que les lleve una hija de Dios, una en especial. Para estos sujetos la ciudad es un enorme jardín en donde una flor no hará la diferencia, y yo pienso que no, que ellas no son flores. Lo sé porque a través de los tiempos han levantado naciones enteras y, además, entre los cómplices de estos crímenes hay también mujeres cubiertas por vestidos millonarios con manchas de sangre que ninguna tintorería podrá borrar. Aun así, no importa qué piense, a nadie le importa qué opine yo.
Llego en un taxi “seguro”. El aire huele a la ebriedad de cientos de jóvenes que ahí se reúnen esta noche. Ella sube. Tiene sueño. ¿Tiene sueños?
Un viaje tortuoso. Una entrega. Fuerza bruta. Miedo, gritos; una mordaza. Horror, lágrimas, desesperación, ira, sangre… y muerte… ¡Muerte! Y todo lo oí desde afuera, desde la banqueta de mi casa, que sirvió como templo de aquella asquerosa orgía de crueldad.
Hoy un peso se ha desvanecido. Los crímenes que pesaban dejaron de pesar, porque ya sucedieron. He servido como un agente de la mezquindad, del delito, de lo detestable. No soy el único autor de tal atrocidad, pero mi deber es serlo a los ojos de los amantes de la justicia. Así los verdaderos maestros del mal quedan impunes y pueden seguir siendo los artífices de todo lo repudiable. Nací para cargar con sus pecados y con los míos.
La fiesta de los criminales terminó. Se fueron sin dejar rastro suyo, excepto por la sangre y el cuerpo sin vida, claro. Yo cumplo con mi función: quedo, ante la prensa, como el anfitrión de su banquete del horror.
Sentencia. Una escolta penitenciaria digna del más despiadado de los asesinos. Con honores me llevan hacia el hogar de los desheredados. Resuenan en mi cabeza las voces de mis jueces. Son mis jueces los padres, maestros y alumnos de una universidad. Son mis jueces quienes adjudican este crimen a mi naturaleza masculina y proponen como solución mantener a todos los hombres vigilados; casualmente el padre de una de ellas y financiador de su movimiento es aquel hombre de traje y sonrisa paternal del que les hablé, cómplice de la impunidad del crimen. Son mis jueces los usuarios de taxi en la ciudad, y en general, la ciudad, el país y el mundo.
Llego al infierno. Me envuelvo con los alaridos de sus elegidos. Apenas y puedo respirar, son miles en un espacio para cientos. Lloran, gritan, golpean, matan. Se comen entre ellos, y como en todo, quien llega con dinero se la pasa mejor. Le dicen centro de readaptación, pero han visto a muchos entrar y salir varias veces, o salir con los pies de frente. En un principio siento la culpa y el fatalismo bañándonos, eso es lo que esperaba. Me asombro, la inocencia también habita aquí, en mayoría. Siento el miedo, la tristeza, el enojo y la desesperanza de los inocentes, cuyo único consuelo es conservar la conciencia limpia. No cargan con los pecados de nadie. Si en la tierra no hay un lugar hecho solamente para los desheredados de nacimiento, ¿esta condición existirá realmente? ¿O será que me he exiliado solo de entre los hijos de Dios? ¿Me habré inventado todo esto acerca del fatídico destino? Mi destino como ser rastrero, mi deseo reprimido de cambiar el rumbo, todo fue inventado por esta consciencia trastornada; he sido el hacedor de esta realidad que se ha cumplido por mis propios medios. ¿Es que seré merecedor de ver a la justicia caer sobre los maestros del crimen? ¡Sí! ¿Por qué no? Ellos no son mejores que yo, no son mejores que nadie; mis jueces tampoco lo son. Ahora puedo pensar, puedo cambiar… o quizá no. Es muy tarde.
Me encuentro sentado, y como siempre, hundido en mis pensamientos. De repente soy acorralado. Ya sé quién los ha enviado. Me he criado como desheredado, y aunque realmente no lo soy, moriré como uno. Me silenciarán, como a todos. Yo me he trazado este destino y no puedo calmar el dolor ahora, al verlo realizado. Me despido agonizante. Me toman por suicida, me entierran en una fosa común. Y la ciudad, el país, y el mundo no se enteran; no se sabe de mí, ni de miles de desheredados más, que culpables o inocentes, perecen en el olvido.
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