Antes de sentirme en casa

Las curvas se vuelven eternas. La camioneta va cargada para cuatro meses en la sierra norte oaxaqueña. Los letreros en la carretera mantienen la esperanza de que estás pronto a tu llegada...

Angel Francisco Sánchez Machorro

Estudiante de Relaciones Internacionales

Las curvas se vuelven eternas. La camioneta va cargada para cuatro meses en la sierra norte oaxaqueña. Los letreros en la carretera mantienen la esperanza de que estás pronto a tu llegada. A lo lejos se alcanza a leer: 

“BIENVENIDOS A LA TIERRA DEL  

LIC. BENITO JUÁREZ GARCÍA 

 BENEMÉRITO DE LAS AMERICAS” 

Es al subir por sus calles empinadas cuando me doy cuenta de que no podré usar la bicicleta que me han prestado– la cual apenas tiene frenos-. Entro al Comedor Yela Too y por fin conozco a Doña Jael, con quien conseguí un cuarto para mi estadía. Me lleva a conocerlo y lo primero que me llama la atención es que el cuarto da directamente a un panteón. Mi madre me dice que preferiría que buscara otro lugar para vivir. No le gusta que esté tan cerca del panteón. Le prometo que estaré bien. Le digo que prefiero tener algo de compañía.  

Los días pasan, las miradas permanecen. Duermo en un lugar por donde han transitado muchas personas, muchas vidas, muchas experiencias. Por la noche regreso a mi cuarto y pienso en los que han estado aquí antes. No los conozco, pero solo sé que en esta realidad la única variable somos nosotros. Los que visitan la comunidad por un tiempo. 

Las primeras noches el sueño se vuelve difícil de conciliar. El cuerpo permanece alerta a cualquier sonido. No pasan cosas extrañas, pero el oído se empieza a acostumbrar a sonidos que todavía no sé nombrar: pasos en el techo, golpes aislados, voces que llegan y se apagan sin cruzar los muros. 

Empiezo a reconocerlos. No son los muertos los que hacen ruido, sino los vivos que los visitan. El viento que choca con mi puerta es el mismo que viaja entre las cruces, gatos que se asustan al no reconocerme. – aún no sé qué es lo que corre en mi techo-. 

La gente me ubica como “el chico del servicio”. Se siente como un gafete heredado, usado antes por alguien más y que ahora me toca portar – en realidad estoy haciendo mis prácticas profesionales, pero eso parece no importar-. 

Todos los días cargo con mi cámara. Llevo más rollos de 35 mm que calcetines. Al principio siento que he exagerado en la cantidad de rollos, pero conforme empiezo a conocer la sierra me doy cuenta de que no habrá ojos suficientes para admirarla. Muy probablemente mis fotografías no le hagan justicia a lo que es. 

Con el paso de los días empiezo a medir el tiempo de otra forma. Ya no reviso tanto el celular. Empiezo a escuchar con más atención lo que me rodea: voces que vienen del panteón, los grillos, los anuncios comunales y las chicharras, habitantes veraniegas que avivan el calor. 

En la ciudad me era incómodo estar cargando con la cámara a todos lados; aquí se ha vuelto una excusa para salir. Camino con ella sin saber qué busco. A veces la levanto y paso minutos viendo a través del visor sin tomar nada, como si hubiera algo que no quiere ser capturado o que aún no logro percibir. 

Empiezo a entender que no he venido a una pasarela. No debo capturarlo todo. Hay cosas que suceden sin que me dé cuenta o se pierden por mi nula reacción, y poco a poco deja de preocuparme. Comprendo que está bien que la vida pase sin ser siempre percibida; que los momentos, los silencios y las fotos perfectas no sean tomadas. Porque ahora entiendo que no todo me pertenece, que no merezco robarlo, solo vivirlo. 

Para la mayoría sigo siendo “el chico del servicio”. Lo repiten como si eso fuese suficiente para saber quién soy. Yo también empiezo a repetirlo; lo uso como una manera de justificar mi presencia. 

1 comentario en “Antes de sentirme en casa”

  1. María del Pilar Machorro Romero

    Excelente
    También te comenté que el cementerio daba mucha paz ✌️
    Es bueno ver tu experiencia desde la fotografía
    Feliz de ver que eres un gran chico
    Tu papá estaría orgulloso de ti
    Te queremos

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