
Por Emperatriz Tacza Ramos
Para empezar este relato, quisiera invitarlos a reflexionar sobre cómo hubieran sido nuestras vidas en la “normalidad”, y cómo ésta ha podido cambiar durante este 2020 tras el brote de una pandemia y entrar a un “Estado de Emergencia”.
Partiendo de esta premisa, pregúntate: ¿cómo te sientes?, ¿tienes miedo?, ¿tienes todos los recursos de primera necesidad?, ¿cuántas veces no has podido conciliar el sueño, por diversos problemas o pensamientos distorsionados? Creo que podría continuar haciendo varias interrogantes para dar a entender que muchos, cómo yo, tenemos el privilegio de estar en casa con la familia, tenemos salud física, productos de primera necesidad, estamos estudiando o trabajando, descansando, haciendo deporte, leyendo un libro, entre otras cosas.
Si pudiste darte un tiempo de contestar estas preguntas, podrás comprender que somos seres afortunados. Se preguntarán bajo qué visión puedo aludir este término. Antes que nada, quiero presentarme, me llamo Emperatriz, soy estudiante de la carrera de Educación Inicial (preescolar) en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), ubicada en Lima, Perú.
El año pasado decidí realizar un intercambio académico en la IBERO Puebla, con el fin de participar en proyectos de investigación, interactuar y vivir una nueva cultura, y compartir experiencias con otras personas para aprender cómo ver el mundo y afrontar diversos problemas sociales.
Definitivamente, todas estas expectativas fueron superadas, tanto que marcaron mi vida de forma transversal. ¿Por qué digo de forma “transversal”? Porque yo tenía bien claros mis planes para este viaje, que en principio era reforzar y aumentar mis conocimientos académicos, por lo que había decidido inscribir siete materias. Pero en la charla de bienvenida, se mencionaron varios departamentos de la universidad, de los cuales no estaba enterada, por lo que empecé a indagar sobre todos los servicios que se brindan en la institución, además de las materias y los talleres multidisciplinarios. Es así como llegué al pasillo del edificio H, el cual me vería cinco veces a la semana durante toda mi estancia.
El primer lugar al que llegué fue a la oficina de Julio González, jefe del Programa de Acción Profesional e Incidencia Social de la IBERO. Ahí, Julio me comentó acerca de los proyectos que se tienen con Casa del Sol, Casa IBERO, la casa hogar María Allsopp y las campañas de acopio. Sin embargo, casi a final de la plática, recuerdo que observé en la oficina el cartel del Curso Formación en Migración para la Transformación Social, por lo que le pregunté sobre éste y me sugirió que fuera la charla informativa para que conociera cuál era la propuesta en general del curso, y así fue.
De esta forma, en septiembre de 2019 empecé a reconocer y reafirmar mi compromiso con la sociedad, el cual, en lo personal, lo puedo resumir como: revolución, cambio y reestructuración sobre mi forma de pensar, vivir y convivir.
Para mí, este curso debería de formar parte de los planes de estudios de todas las carreras, pues tanto las especialidades de arte, ciencias de la salud, humanidades, ciencias sociales y negocios están involucradas con el fenómeno migratorio.
¿Recuerdan las preguntas que planteé al inicio? Pues estos son problemas mínimos comparados con las experiencias que tiene que superar una persona que decide migrar. El trasfondo de mi planteamiento es que todos tenemos muros imaginarios de mayor o menor magnitud, pero qué pasa cuando estos se vuelven prejuicios sociales-discriminatorios, y se les acusa a los migrantes de criminales por su apariencia, es decir por su ropa rota, cortes, tatuajes y actitudes; o son amedrentados por no ser nacionales, son víctimas de abuso de poder por no contar con documentación, son excluidos, se limitan sus derechos, se les arrebatan sus pertenencias, son violados, secuestrados, entre otras cosas más.
Sin duda, participar en este curso me ayudó a comprender el fenómeno migratorio, a ampliar mis horizontes sobre el ser docente y el ser persona.
A inicios de 2019 en mi país incrementó la llegada de ciudadanos venezolanos documentados y no documentados. Ante esto, la sociedad empezó a tener expresiones de xenofobia en contra de esta comunidad, por medio de conductas despectivas y humillantes. Y debo admitir que, en ese tiempo, no lograba comprender la magnitud del por qué una persona decide dejar su lugar de origen.
Este curso no sólo me permitió despejar pensamientos superficiales, sino que, por medio de experiencias como la visita a la Parroquia de Asunción, junto con otros colectivos juveniles, conocer la Casa del Peregrino, e ir a la Cuarta Feria del Migrante, me permitió tener un acercamiento directo y conocer las historias de los migrantes.
La historia que más me impactó fue la que narró uno de los migrantes que fue secuestrado por un cartel y le hicieron que pagaran un rescate para no matarlo; otros mostraban heridas que se hicieron en el trayecto con La Bestia, el tren de carga que cruza México y que es la vía que toman los migrantes para avanzar por la zona sur del país.
Pude interiorizar el aprendizaje de cada lección y sentí la necesidad de actuar desde mi profesión. En ese semestre, aprendí lo esencial del hombre: reconocer y hacer valer cada uno de nuestros derechos.
Por todo lo expuesto, sugiero que ames, valores y te comprometas como persona. Sé que muchos, al igual que yo, conciben que la sociedad en la que vivimos está llena de prejuicios y estereotipos, pero ¿qué hacemos ante esto? Nuestros ideales no pueden centrarse sólo en lo que se observa o se escucha.
Por tanto, quiero invitarlos a conocer esta realidad que se ha visto como una “enfermedad”, sin reconocer las diversas realidades que nos aquejan. Si analizamos más a fondo podremos descubrir que de alguna forma que las generaciones anteriores a nosotros han sido migrantes: ya sea de pueblo, ciudad o de país.

