Bajo el mismo sol: una reflexión sobre viajar y pertenecer

Christian Diez de Ugarte Estudiante de Diseño Industrial Este verano viajé con mi mejor amiga a Puerto Escondido, un destino […]

Christian Diez de Ugarte

Estudiante de Diseño Industrial

Este verano viajé con mi mejor amiga a Puerto Escondido, un destino que parece flotar entre dos mundos: el paraíso natural y la postal turística. Su arena dorada, el sonido de las olas en Punta Zicatela y el calor humano de Oaxaca nos envolvieron desde el primer momento. Sin embargo, conforme pasaban los días, empecé a notar que la belleza del lugar también revelaba tensiones más profundas: el choque entre lo local y lo global, entre las raíces y el cambio.

Puerto Escondido es, sin duda, un símbolo de la nueva era del turismo internacional. Lo que alguna vez fue un pueblo costero tranquilo, hoy se encuentra en el radar de viajeros de todo el mundo: surfistas australianos, nómadas digitales europeos, mochileros latinoamericanos. Las calles de tierra que conducen a la Punta ahora están repletas de cafés minimalistas con wifi rápido, hostales con nombres en inglés y restaurantes que ofrecen curry tailandés o ceviche peruano. La diversidad culinaria resulta fascinante, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿quién cocina y para quién?

En el corazón de esa transformación se encuentra la gentrificación turística, un proceso que no solo cambia el paisaje urbano, sino también las dinámicas sociales y económicas. Los precios de la vivienda aumentan, los locales se desplazan hacia las periferias y reconfiguran su estilo de vida para complacer a quienes llegan, no necesariamente a quienes siempre han vivido allí. En las pláticas con algunos vendedores y habitantes oaxaqueños, se repetía una mezcla de orgullo y preocupación: “Está bonito que venga más gente, pero ya casi no nos alcanza para vivir aquí”. Esa frase resume un dilema global: cómo equilibrar el desarrollo económico con la justicia social.

El turismo tiene un doble filo. Por un lado, genera empleo, intercambio cultural y reconocimiento internacional; por otro, puede debilitar el tejido comunitario. En lugares como Puerto Escondido, donde la identidad local está tan ligada a la tierra, al mar y a las tradiciones, el riesgo es que esa autenticidad se vuelva mercancía. Las playas se llenan de cámaras, los murales se convierten en fondo para selfies y lo “local” se transforma en una experiencia curada para el visitante. Lo paradójico es que, al intentar preservar la esencia del lugar, se termina produciendo una versión estilizada de lo que alguna vez fue auténtico.

Sin embargo, también existen esfuerzos para revertir esa tendencia. Durante nuestra estancia visitamos Playa Bacocho, donde voluntarios y visitantes se reúnen cada tarde para liberar tortugas recién nacidas. Fue un gesto pequeño, casi simbólico, pero muy significativo: una forma de devolver algo al lugar que tanto nos da. Esa actividad de conservación ambiental demuestra que el turismo sostenible es posible si se asume como un compromiso colectivo. No se trata solo de visitar sin dañar, sino de participar activamente en la preservación del entorno y la cultura.

El turismo responsable implica reconocer que cada destino tiene límites: ecológicos, sociales y culturales. En el caso de Puerto Escondido, esos límites se tensan ante la llegada constante de inversión extranjera, la especulación inmobiliaria y la demanda de espacios “instagrameables”. La paradoja es evidente: se busca lo natural, pero se consume de manera artificial. Frente a eso, apoyar la economía local —comer en fondas oaxaqueñas, hospedarse con familias, comprar artesanías directamente a los creadores— se vuelve un acto de resistencia cultural.

Quizás lo más valioso del viaje no fue ver las olas gigantes de Zicatela o el atardecer desde Carrizalillo, sino comprender que la belleza también implica responsabilidad. Puerto Escondido no es solo un destino de moda: es un territorio vivo, con historias, desafíos y voces que merecen ser escuchadas.

Volví a casa con la piel tostada por el sol y una certeza nueva: viajar no debería ser solo consumir lugares, sino aprender de ellos. Entre las olas del Pacífico y las conversaciones con la gente local, entendí que cada rincón de Oaxaca resiste a su manera, recordándonos que el paraíso no existe si se olvida quién lo habita.

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