Por: Herlmer Escobar Ríos
El 9 de enero llegué a México para estudiar octavo semestre de Comunicación en la Ibero Puebla. Vine de Colombia, mi país, con muchas expectativas y para ser sincero, no era lo que esperaba, pues lo que he estado viviendo aquí, empieza a sobrepasar con creces todo lo que pensaba de su gente y del extenso y maravilloso territorio azteca.
El primer fin de semana de marzo, recibí una invitación para ir a conocer Orizaba y Nogales, dos ciudades que se encuentran en el estado de Veracruz. No conocía muy bien a la chica que nos invitó a mí y a dos amigos más a conocer estos lugares, pero me sorprendió muchísimo el hecho de que, sin saber prácticamente nada de nosotros, nos íbamos a quedar en su casa en compañía de sus padres y de su hermano menor.
Al llegar a la casa de Teresa -la chica que amablemente nos invitó- sus padres, su tía que andaba de paso, y su hermano menor, nos recibieron efusiva y calurosamente. Nos dijeron que nos sintiéramos “como en nuestra casa”, una frase que en la mayoría de los casos suele ser un simple cumplido, pero en esta ocasión fueron las palabras más sinceras de unas personas que me han hecho admirar y pensar en lo amorosos y generosos que son los hogares mexicanos en su gran mayoría.
Como llegamos en las horas de la tarde, la mamá de Teresa ya nos había preparado un sin número de alimentos de los que siempre olvido sus nombres, pero no su delicioso sabor: tortillas con cebolla y carne, ensalada de camarones, crema de pollo, pan, galletas y obviamente no podía faltar las diferentes salsas picantes, entre ellas la de habanero que sólo uno de mis amigos colombianos fue capaz de probar.
Don Armando Montalvo, padre de Teresa, estuvo siempre con la mejor actitud para llevarnos a los sitios más llamativos de Orizaba. El primer lugar que visitamos fue el Poliforum Mier y Pesado, un bello castillo con un estilo europeo muy llamativo, donde se encuentran dos museos, uno dedicado a Francisco Gabilondo Soler “Cri-Crí“, y otro sobre trajes típicos mexicanos, los cuales llamaron mi atención de principio a fin.
Posteriormente fuimos a la Laguna de Ojo de agua, sitio donde se cuentan ciertas leyendas en torno a ella, principalmente una sobre una sirena que habita en ese lugar. Quienes cuentan la historia lo hacen con tal seriedad y credibilidad que llegué a sentir que en cualquier momento se podía aparecer la sirena.
También conocimos el Teleférico y el Ex Convento de San José de Gracia, un templo religioso con historias sorprendentes que datan de hace más de 200 años. Sus paredes, cuartos y las increíbles historias que allí se vivieron me hicieron sentir cierto miedo, pero a la vez una curiosa fascinación que lograron que mi imaginación se desbordara y estuviera en todo su esplendor.
A la mañana siguiente estuvimos en la Alameda Francisco Gabilondo Soler “Cri-Crí”, donde nos divertimos como pequeños gracias a unas bicicletas y pudimos degustar unas banderillas de salchicha y unos deliciosos churros; para “rematar” nos deleitamos con un baile típico de la región. Llegada la noche, la mamá de Tere nos sorprendió nuevamente con unos exquisitos perros calientes. La amabilidad y generosidad de esta familia es algo que llevaré siempre en mi memoria.
Finalmente, en nuestro último día, acudimos a la ciudad de Nogales a una laguna cristalina, con un bello ambiente familiar, pero con un agua tan fría, que para mí fue casi imposible permanecer con todo el cuerpo bajo el agua debido a que no podía dejar de temblar. Se dice que este lugar se abastece del deshielo del Pico de Orizaba, la cima más alta de México, por medio de ríos subterráneos.
Este corto, pero fascinante viaje ha hecho que cada día me enamore más de la cultura mexicana, su gastronomía, su gente. Todo mexicano tiene que sentirse orgulloso del lugar en que nacieron, pues sin duda es uno de los más bellos del mundo.
