
Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos
Uriel no tenía un padre, él era su propio padre. A sus veintidós años, ayudaba a su mamá y a su bisabuela a mantener la casa en pie, siendo jefe de meseros en un bar del municipio de San Pedro, en Monterrey. A menudo le angustiaba pensar que el mundo en el que Nacho, su pequeño hermano, transitaría de mayor, sería este mismo lleno de melancolía y miedo, creado, desde su perspectiva, por la ausencia de su papá, además las veces la vejez que cada día alcanzaba más a sus mayores, y la incertidumbre sufrida en torno a su futuro.
Uriel aprendía tardía y lentamente lo que un papá o un hermano mayor, si los tuviera, le habrían enseñado tiempo atrás: a defenderse, a llenar con valentía corazones temerosos, a afrontar la tristeza y la carencia, y a equivocarse sin perder su honor. Todo ello, que construye una parte del hombre valeroso, son las alas con las que se sobrevuela la melancolía, y que, con el tiempo, se descubren como el camino para convertirse en un hombre de amor, el que su familia necesitaba en una ciudad que estaba siendo dominada por el miedo y la violencia.
En una de esas noches en las que el olor a alcohol y a humo de cigarro arropa a los clientes y al personal del bar, como si fuera un maestro que, disuelto en el aire, da unas palmadas de aliento a quien lo requiere, Uriel decidió que debía enseñar al pequeño Nacho todo lo que la experiencia le estaba dejando, antes de olvidar cómo lo había aprendido. Se decía a sí mismo que sus conocimientos estaban frescos, ¡qué mejor momento para obsequiarlos!
Un lunes, en que Uriel no trabajaba, llevó de paseo al chico. Lo llevó a comer una pizza, a algunos kilómetros de su casa. Había mucho tráfico y antes de llegar pasaron junto a un área acordonada por la policía. En una camilla se podía ver una bolsa de tela con cierre que albergaba a un cadáver. Instintivamente, Uriel le dijo a Nacho que no volteara a ver la escena, pero ya lo había hecho, y Uriel, tentado a cubrirle los ojos, se resistió. No hizo nada, dejó que lo viera, preparándose para escuchar alguna pregunta del niño. Nacho estaba mudo; como casi no salía de su casa, jamás se había topado con algo similar. Observó uno de los extremos de la bolsa, el que cubría la cabeza; de pronto, sin que la policía pareciera darse cuenta, el cierre se abrió, y el brazo del cuerpo que yacía adentro salió con lentitud, como queriendo llamar la atención de Nacho. Parecía tener meses de muerto, la carne estaba podrida y los dedos, a pesar de estar tensos, lograron hacer un gesto hacia el pequeño, pidiéndole ir hacia él. Nacho entró en una especie de trance mientras era espectador de los esfuerzos del cadáver por sacar su cara descompuesta hacia el exterior. Tenía una mueca de angustia, que a pesar de sus nervios rígidos era bastante clara. Su intención, ante los ojos de Nacho, era igualmente evidente. Buscaba a alguien de quien había sido arrebatado, pero, ¿a quién? ¿y cómo saberlo, si su rostro era irreconocible?
Uriel mantenía la vista al frente, pendiente del tráfico y a la espera de algún comentario por parte Nacho, quien era el único que veía aquel extraño espectáculo en el que un muerto seguía preso de su cuerpo.
Cuando llegaron a la pizzería, Nacho seguía sin decir palabra.
“¿Estás bien, hermano?”.
El niño volvió en sí y asintió. Buscaron una mesa y se sentaron a pasar un buen rato. Nacho contempló el contraste entre el lúgubre escenario que acababa de presenciar y el ambiente colorido y vívido de la pizzería y de la compañía de su hermano. De repente se animó a preguntar acerca de lo visto en el camino. Uriel le explicó lo que pasaba en su ciudad. Habló sobre la violencia y la codicia que la habían enfermado, sobre lo común que era que se desparecieran personas, a veces encontradas ya muertas, le dijo que esa era la razón de que Ramiro no pudiera salir solo a la calle y por qué había que ser fuertes y portarse como los grandes, como Uriel.
Cuando se levantaron para regresar al coche, Nacho abrazó a Uriel y comenzó a llorar. Lo sentía tan vivo, tan presente, que experimentó un miedo terrible a perderlo, a que desapareciera y lo encontraran muerto, tieso, inmóvil. La barrera se sentía muy delgada cuando Nacho pensaba en ello. Uriel lo tomó del hombro con firmeza y con voz paternal lo animó a vivir el momento, y disfrutarlo, a percibir con los sentidos las delicias de estar vivo y experimentar desde las entrañas las emociones, dejándolas correr. Más calmado, Nacho recuperó la compostura, y volvió a abrazar a Uriel con cariño fraternal, sonriendo.
“Un día de estos te enseñaré a sacar a bailar a una chica, nomás déjame primero recordar cómo se hace”, le dijo su hermano mayor, divertido, mientras regresaban a casa.
Durante el fin de semana, Uriel se reunió con sus amigos en un bar de Barrio Antiguo. Centraba su pensamiento en aquella promesa que le hizo a Nacho. Intentaba recordar cómo romper el hielo con alguien.
Perséfone había llegado acompañada al bar, pero en ese momento se encontraba sola, su acompañante salió de ahí unos minutos antes. La chica era morena y guapa, nacida en un yugo humilde. Su padre era un escritor de novela negra sin mucho éxito, pero lo suficientemente culto como para disfrutar con lo más sencillo. Perséfone rechazó su humilde origen cuando se adentró en el mundo del que su padre escribía en sus textos acerca de mafiosos con grandes fortunas. Esa vida que adoptó en su juventud la había conducido a ese momento, en que casi olvidaba su cuna, en que se encontró con Uriel, quien se acercó a ella y la invitó a bailar. Perséfone encontró en los ojos y en el tacto de Uriel la firmeza y seguridad de quien nada debe y nada teme. Era una sensación que ya había vivido antes, mucho tiempo atrás. Su padre parecía haberse encarnado en él, brindándole una pizca de su amor en esa invitación a bailar, espontánea y sencilla.
Pero aquel instante de redescubrimiento no duró mucho. Uriel sintió detrás a un fornido tipo que lo inmovilizó y amordazó rápidamente. Una voz de mando resonó en el bar y ordenó hacer lo mismo con los amigos de Uriel.
“¡Esa es mi vieja, cabrones! ¡Ya valieron verga!”
Se los llevaron a una camioneta afuera del bar, mientras Perséfone le rogaba a su novio que no fuera tan cruel con ellos. Él la tomó de su vestido con brusquedad y le contestó enfurecido:
“¡Cómo no voy a ser tan cruel, maldita! ¡Si me es fácil perderte a ti, imagínate mi plaza y toda mi fortuna! Un hombre no puede permitirse eso, ¿lo entiendes?”.
En la madrugada, el único que había librado el terrible destino de sus compañeros llegó a la casa de Uriel y gritó con angustia su nombre. Su madre y su bisabuela salieron asustadas por el tono de voz del chico. Mientras escuchaba al muchacho contar lo sucedido, la madre se quebró frente a Nacho, quien entró en un estado de trance, en el que le era imposible quebrarse de la misma manera. No podía darse aquel lujo. Su infancia terminó ese 2011.
***
“¿A dónde vamos, Nacho?”, le pregunta uno de los dos policías que acompañan al joven durante una exploración en uno de los terrenos más peligrosos de Monterrey, un cementerio clandestino en donde cientos de cadáveres son escondidos a diario. Camina al frente de los policías, que lo siguen con paso lento. El chico pisa suelo entre dientes, dedos, cráneos, ropa y demás indicios de que alguien está ahí enterrado. Descubre una cueva subterránea en donde los muertos, ante sus ojos únicos, le hacen señas para que los lleve con las personas que los amaron y los perdieron. Es 2017 y Nacho está a punto de cumplir los quince años de edad. Regresa a la entrada del terreno junto con los policías y los peritos, que cargan las bolsas en las que llevan los descubrimientos del día. Frente a él están reunidos todos los miembros de la organización civil a la que ofreció su ayuda.
Nacho se acerca a los cadáveres recogidos para cerciorarse de que sean entregados. Uno de ellos es reconocido por un hombre joven, que llora por descubrir a su esposa muerta, y por reencontrarse con una parte de lo que ella fue. Antes de alejarse Nacho, la mujer saca de la bolsa su mano amoratada y roza la mejilla de este.
“Muchas gracias, mi niño, y buena suerte buscando a Uriel”, le susurra mediante el viento de otoño.
Nacho sigue buscando a su hermano, y lo encuentra cada vez que actúa con la valentía que él le inculcó. Encuentra a Uriel cada vez que disfruta la vida estando rodeado de la muerte. Lo encuentra cada vez que llena los corazones de los agobiados con calma y descanso, tras ejercer un oficio que él mismo adoptó como suyo: Caminar entre los muertos.
****
El contenido del presente texto es responsabilidad del autor y no representa las opiniones de la Coordinación de Difusión Universitaria.
