
Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos
Diciembre de 2010. La noche negra de San Martín Texmelucan
Decenas de pastorelas están programadas para interpretarse por la mañana. Desafortunadamente, al amanecer se le adelanta otra alba, cuyo sol son las llamas del infierno. Una banda de huachicoleros se había dirigido a la fuente para recoger su aguinaldo, sin contar con que ese aguinaldo se derramaría, y a kilómetros cuesta abajo, sería recibido con una insignificante colilla de cigarro. Don Andrés, diligente madrugador, apagó su botana mañanera sobre un río de combustible que se cernía sobre la tierra virgen. Ahora, este hombre se ha convertido cenizas, borrándose detrás de una densa nube de humo. Esta nebulosa es igual a las que dieron principio al mundo, cuya oscuridad liberaba espesa luz que carcomía las tinieblas. ¡Cuántas tinieblas hubo después de que esta luz devorara familias enteras!
A kilómetros de ahí, Amelia se retuerce entre las sábanas, cientos de voces resonaban en su cabeza, alertándola del horror que se aproximaba a destruir su hogar. Se levanta empapada de sudor y con el corazón saliéndole del pecho. Sintió el miedo, el dolor, la cólera y la desesperación liberándose y revoloteando en el cosmos… Murió varias veces ahí mismo, en su cama. Aun así, no había muerto, su cascarón estaba intacto.
Su padre abre la puerta de un golpe y la levanta a ella y a sus hermanos, para salir de prisa a la calle de su unidad habitacional, llena de edificios de ladrillo. Amelia siente el ardiente pavimento bajo sus pies y ve, a lo lejos, a los automóviles que, acompañados de una estruendosa explosión, vuelan a alturas increíbles. En su cabeza resuenan gritos, llantos y alaridos; por fortuna, no son de su familia, pero sí de muchas que se quedaron atrás, en el infierno desatado sobre el pueblo. Mujeres, niños y hombres abandonan este mundo, y el más allá lo notifica a Amelia, maldita y a su vez bendecida con un don de sangre, fruto de viejos aquelarres olvidados por la civilización.
El día es eclipsado por un cielo negro que cubre a todo un pueblo mientras sus habitantes huyen de la idea de la muerte. Hay excepciones. Victoria, una mujer de setenta años se queda en su casa, ha aprendido a convivir con la soledad y hace lo de todos los días, limpieza, cocina y escuchar en la radio el programa de López Díaz. Se oye al locutor estrella decirle a su reportero enviado que se calme. El valiente testigo está conmocionado y resopla en su micrófono; intenta explicar con palabras entendibles lo que ve.
La familia de Amelia sale del pueblo. Ignoran totalmente lo que la niña de once años ve. La luz que siempre se aprecia alrededor del rostro de cada persona ahora coincide, es roja, ha perdido su variante color verde, amarillo o naranja.
Días después, la gente se solidariza con los damnificados. Abraham es un niño de la edad de Amelia, pero aún no la conoce. Es un chico scout, con short y calceta larga, sin pañoleta. Mientras canta al unísono con sus compañeros, pasa cajas con botellas de agua al siguiente en la cadena rumbo a la bodega del Complejo Cultural, que ahora se utiliza como refugio. El Complejo Cultural tiene muchas historias que hielan la sangre de quienes las oyen, relatos en donde lo real se mezcla con lo increíble y lo aterrador. Estas historias y más son enterradas por la falta de interés en la cultura del municipio, que tiene abandonada a la institución como si fuera una fosa común. Varias familias pasarán navidad aquí.
Una noche, Amelia se levanta de su colchoneta. No está cómoda. Se pasea por los pasillos del teatro institucional. Tras ella está el escenario, en cuya pared desfila una caravana de sombras. Han seguido a los afortunados sobrevivientes, que se hospedan en el hogar de miles de presencias, en el rincón favorito de los espectros, éxtasis en su danza con las experiencias sembradas por los bailarines, los actores y los payasos que suben a ese escenario, a dejar una nueva sombra que se queda a vivir con los errantes.
Amelia ve a un hombre viejo con su cigarro casi consumido en la boca. Él sube las escaleras, y, de repente voltea a verla inquisitoriamente. La mira a los ojos y deja escapar un soplo de humo. Amelia, con una actitud dócil, para que no la regañe, le pregunta:
“Tú… ¿Eres el velador?”
El señor solo mueve el bigote, se vuelve y sigue su camino escaleras arriba, mientras se desvanece ante los somnolientos ojos de Amelia.
Primavera de 2018
Una nueva etapa de miedo y violencia se está viviendo en un lugar que ha sanado de aquella tragedia de diciembre de 2010. Es lo mismo: El peligro constante por el robo de combustible, asesinatos poco usuales en la región, funcionarios irresponsables e incompetentes y pánico colectivo. Amelia presiente que algo viene; como siempre, el más allá la estará molestando, y a pesar de ello, toma en cuenta que desde cumplida su mayoría de edad, dejó de ver esas luces alrededor del rostro de las personas.
Ella y Abraham están tumbados sobre el pasto del ojo de agua, el parque más famoso de San Martín, que cuenta con la sombra de varios árboles, un lago y muchos patos. El destino ha juntado a una descendiente de las meigas y a un nacido bajo el yugo de la iglesia en ese momento, absurdo y efímero, en el que el plano pasional hace todo el trabajo. Abraham cubre a ambos con su sudadera negra. Ella, complacida por la oscuridad y la sensación de entierro, le dedica una pregunta tan enternecedora como retorcida:
“¿Existirán los ataúdes para dos?”, Abraham se acerca a Amelia, juntan sus labios, y se comen vivos. Él besa su pecosa mejilla y la acerca a su pecho palpitante, en donde la refugia. En medio de un pueblo chico, de un infierno grande, han creado un edén, ahí mismo, en ese momento. Así es el pueblo maldito en el que viven ambos, es un paraíso que a menudo enferma, difícil de vivir, y difícil de dejar.
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