Por: Laura Díaz Mangas
Corría el año 2008 y yo tenía 11 años. En esas épocas jugaba tenis dos veces por semana con mi hermana, y con mi papá cuando podíamos los fines de semana. Desde hace mucho no he vuelto a jugar pero lo disfrutaba mucho. Ese año también todos en casa nos empezamos a interesar más por ver tenis. De manera casi inmediata Ivana y yo decidimos que Roger Federer era nuestro tenista favorito, mi papá por su parte se declaró fan de Rafa Nadal. La rivalidad había pasado de la cancha de tenis a mi casa. Es por ello que este artículo no pretende ser imparcial.
Siempre me ha impresionado la técnica de Federer. Ese revés a una mano que parece estar en peligro de extinción en el circuito, su caballerosidad con el resto de jugadores, sus aparentes nervios de acero al enfrentarse a momentos difíciles y como estos se desvanecen cuando tiene que hablar después de ganar algún torneo (si tienen duda tan sólo vean la premiación de este año en Melbourne).
Desde hace una década he visto la mayoría de los partidos que Roger ha jugado sin importar si son a las dos de la mañana porque juega en Australia, o si tengo que faltar a una clase. He disfrutado –y también sufrido– muchísimos de sus partidos, de esos que llegan a cinco sets y hacen que uno diga “ninguno de los dos merece perder”.
Debido a su edad –en agosto cumplirá 37–, desde hace varios años muchos lo habían desahuciado argumentando que un tenista cuando llega a los 30 generalmente va en la recta final de su carrera y que había una generación de tenistas reclamando un lugar en lo más alto del circuito. Y así fue, tenistas como Nadal y Novak Djokovic le ganaron varias veces. Parecía que los analistas tenían razón.
Fragmento del texto publicado en nuestra edición 77, disponible en los revisteros de la Universidad.
