
José Daniel Arias Torres
Tras una noche de copas León Torreblanca despertó confundido en una habitación que desconocía, con un dolor de cabeza que retumbaba sus paredes craneales y que parecía trasladarse al crujir de las paredes de esa habitación, con el estómago revuelto y el cuerpo un tanto adormecido volvió a cerrar los ojos, no estaba de humor para levantarse aún, no tenía fuerzas ni siquiera para ver junto a qué clase de mujer había pasado la noche, le importaba poco, ya se las arreglaría con algún pretexto que decir en casa, su mujer seguramente estaría histérica demandando explicaciones y advirtiéndole que una palabra suya acabaría con él, pero León la conocía bien, conocía su medida y sabía de antemano que ella no sacrificaría su estilo de vida por orgullo, estaba bien acomodada yendo a desayunos con sus amigas operadas, de cuellos levantados y narices de dardo, regresando de cenas de lujo con platillos de tres mil pesos en favor de caridad para los niños pobres, ella estaba bien, perro que ladra no muerde, eso no quitaba el hecho de que para León fuera castrante tener que escuchar los alaridos de la que se suponía era su esposa.
“Estaría mejor soltero” pensaba, pero para su imagen en este país tradicionalista no tener esposa y no estar casado por la Iglesia es lo mismo que ser un desviado alejado de las instituciones más benefactoras, santas, solidarias, congruentes y puras, como lo eran la familia y el Estado. “Ya veré qué hacer, desembolsaré diez mil pesos y me dejará en paz como siempre”.
León finalmente acumuló la fuerza suficiente en su brazo derecho para alcanzar el celular que tenía a su lado, como lo suponía, llamadas perdidas y una infinidad de mensajes de personas irrelevantes, un ronquido a su lado le recordó que no estaba solo, volteó, como lo suponía, una puta dormía a su lado, ¿edad? desconocida, ilegal en todo sentido, de carne tierna y como diría el shampoo de la mañana con “curvas definidas”. León río con su propio chiste, pero algo lo molestaba, por más que lo intentaba no lograba recordar nada de la noche anterior, bueno, al menos de la parte buena, recordaba el previo. Salió del Congreso después de un productivo día de pasar leyes en quince minutos, un nuevo récord sin lugar a dudas, pero estaba dispuesto a romperlo. Después de eso comenzó a tomar con algunos amigos en un club nocturno, whiskas on the rocks –como a él le gustaba llamarlo- vaciando botellas en minutos con todos sus camaradas, otro récord que igualmente estaba dispuesto a romper y bromeando con ellos diciendo entre risas “el Estado paga”; entre los concurrentes estaba el empresario regio Manuel Zuñiga, el líder del sindicato de trabajadores Rafael Hernández y el colombiano Jesús Navarrete que, decían las malas lenguas, era el brazo político del narcotráfico colombiano, su estancia en México permanece desconocida, pero diversas personas señalan que está aquí con la única misión diplomática de estrechar lazos comerciales entre el narco mexicano y el narco colombiano; aquí un fragmento de los diálogos entablados entre este alegre compadrazgo:
“¿Y qué pasó mi León, ya viste que saliste en los noticieros todo jetón en el Congreso?”.
“Así es, mi Manu, ya te la sabes, estás frente a una celebridad. Oye ¿ya te pensaste bien lo de las empresas?”.
“No sé bien, Leo. ¿Me aseguras que salgo bien parado de todo esto?”.
“Por favor, Manu, la pregunta ofende, si somos hermanos del alma, antes me cachan a mí que, a ti, hay más oportunidades que riesgos en este negocio”.
“Está bien, Leo, el lunes date una vuelta por mi oficina y hablamos bien”.
Una jovencita en vestido corto y rojo acompañada de otras más se acercaron al grupo, León con una carcajada extendió los brazos e hizo que la de rojo se sentara en su pierna, las demás hicieron lo mismo con el resto de los acompañantes, todo se confundía en un enorme exceso de licor y comida, una bacanal corrupta.
Cuando todos estaban a punto de llegar al límite, Jesús, como el salvador que era, sacó una bolsita con polvo blanco, con maestría roció una cantidad en la mesa y con una tarjeta la dividió, sacó igualmente de la billetera un billete de mil pesos, lo enrolló con manos de artesano y usándolo como popote lo introdujo en su orificio nasal y aspiró el polvo haciendo muecas de disgusto, después el resto del grupo repitió la operación con el restante de la coca, el billete contaminado fue metido en el sostén de una de las chicas por el mismísimo Jesús, irónica coincidencia, y continuaron hablando ya rejuvenecidos, como nuevos. Posterior a eso, el grupo se fue con su respectiva chica a algún lado, León terminó en un hotel, pero sin saber cómo ni en qué momento llegó.
Ya no se esforzaba en recordar, le encantaría volver a tirarse a esa chica, pero la cruda era tal que el solo hecho de pensar en el esfuerzo lo agotaba. Levantó su pesado cuerpo desnudo y se vistió con lentitud, apuró el último trago de whisky que había en un vaso usado en el buró al lado de restos de coca y colillas de cigarro, fue al baño y se lavó la cara con agua helada, sin echar una última mirada a su amante nocturna salió de la habitación y tomó el elevador a la planta baja, afuera ya lo esperaban su chofer y su jefe de seguridad que habían pasado la noche en vela como regularmente lo hacían, León les lanzó una mirada de desprecio, pero en ese momento no se le ocurría nada con que increparlos solo por diversión, su camioneta ya lo esperaba fuera del hotel, le abrieron la puerta y él se subió, su jefe de seguridad le pasó el periódico del día, León era un hombre de gustos tradicionales, a pesar de todos los lujos que poseía continuaba prefiriendo la lectura en papel y cuando leía no era por gusto, sino por necesidad.
La primera página del periódico la acaparaba el presidente con una más de sus ocurrencias, se acercaba el proceso electoral y los medios de comunicación lo sabían, olían las oportunidades monetarias y dedicaban gran parte de los periódicos para hablar sobre este tema; el proceso electoral, para los medios de comunicación, era la contraparte política del mundial de futbol, o sea, mucho dinero.
“¿En qué página estoy?”, preguntó tranquilamente León.
“En la número cinco, señor”, contestó con puntualidad el jefe de seguridad.
León Torreblanca saltó rápidamente las absurdas noticias que lo antecedían, asesinatos, violaciones, corrupción, trata de blancas y futbol, nada novedoso, se enfrentó a uno de esos títulos que lo acusaban de algo: “El senador León Torreblanca ¿Azul, verde, tricolor o amarillo?”. En la nota se hacía un recorrido por su vida política, militando y traicionando a diversos partidos, recordar le trajo consigo un sentimiento de nostalgia que lo puso de buen humor, la nota lo acusaba de chapulín sin ideales, nada que pusiera en riesgo su carrera política, cerró el periódico con calma. Se abría el micrófono en el Senado para él a las doce del día, eran doce y media, bah, ya lo esperarían, primero llegaría a casa a meterse un pericazo y a bañarse.
La camioneta arribó a su morada, con rapidez entró a ella, le ordenó a la cocinera que le preparara unos chilaquiles bien picosos y una taza de café. Saludó a su hija sin reparar demasiado tiempo en lo que ella le contaba e ignoró la jeta de amargada de su esposa, al entrar a su habitación vio una botella de tequila a la mitad, otra vez su mujer había estado tomando sola, seguramente hasta perderse. Eligió su traje, no sabía si usar el lujoso o el austero, se decidió por el lujoso, se sentía como un buen día para llevar puestas telas de veinte mil pesos Made in Vietnam. Entró al baño y se dio una plácida y larga ducha en su tina mientras fumaba. Al salir eligió su reloj de mano, ¿plata u oro?, esa era la cuestión, León se sentía muy mexicano en ese momento por lo que terminó eligiendo el de plata nacional.
Comió de prisa sus chilaquiles, no sin antes regañar a la cocinera por haberlos hecho rojos y no verdes, apresuró el café y volvió a subirse a su camioneta que se dirigió rápidamente hacía el Honorable Congreso de la Unión. Al entrar le cedieron el micrófono, algunos senadores dormían, otros jugaban en sus celulares y la gran mayoría reían y hablaban entre ellos, al llegar al estrado comenzó:
“Es por eso que lanzo la propuesta para dar condenas de veinte años en adelante para políticos corruptos que lucran con el país, ya basta de ese descaro, México no necesita continuar con este circo, dejar de ser el hazmerreír de la política internacional…”
Mientras tanto el circo continúa con sus actos, las ratas roban, los zorros mienten, las hienas se ríen y los leones…los leones no hacen nada y son los reyes.
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