El tiempo fuera del tiempo

  Por Eduardo Luna Álvarez Para este espacio al cual se me invitó a modo de válvula de escape, me […]

 

Por Eduardo Luna Álvarez

Para este espacio al cual se me invitó a modo de válvula de escape, me he permitido calcular el día de la cuarentena en el que estamos con el fin no de torturarme, sino de percatarme cuánto tiempo ha pasado desde tantas últimas veces. Dependiendo de los días que cada uno quiera contabilizar, como fines de semana o vacaciones, la cuenta puede variar. Pero para mí hoy es aproximadamente (cambia de acuerdo con el evento) el día número 44 desde la última vez que fui a la universidad, la última vez que vi a mis amigos, la última vez que cené un jueves o que fui al cine, entre otras tantas más.

Al momento de pensar en todas estas últimas veces no me invade un sentimiento de añoranza, ni de culpa por no haberlas disfrutado como es debido, como se disfruta algo por última vez. ¿Pero quién podría imaginar que sería la última vez de algo? Nadie. Por eso no debe haber culpa. Al contrario de estos sentimientos, estas últimas veces me parecen ajenas, como si todas pertenecieran a otro tiempo; a un tiempo en el que sí transcurre el tiempo. Todo esto me resulta como si se tratara de una extensa, extensísima, celebración del Natalicio de Benito Juárez o como si estuviera en el carro esperando a que cambie ese eterno rojo; aunque técnicamente así esté el semáforo desde hace unos días.

Para mí la cuarentena, en su gran mayoría, ha sido un tiempo fuera del tiempo. Es cierto que existen pruebas que, como mi cabello y mi barba todos desaliñados, y el aumento del calor en estos días, dan fe de que el tiempo ha pasado aquí en mi casa. Pero de allá afuera no recibo nada tangible que lo verifique, ya que todo lo que me llega es virtual: WhatsApp, notas de voz, correos, videos, noticias, etc. Como estudiante de sistemas computacionales o como un millennial más, o de la generación que sea, estar en frente de una computadora o de un celular durante largas horas no es una novedad ni una pesadez. Pero para todo esto siempre perdura la necesidad de que lo virtual sea cotejado con lo real, y viceversa. Porque ¿de qué sirve leer un libro que no nos transforma? ¿De qué sirve ver una película que no nos evoca ningún tipo de emoción? ¿De qué sirve jugar un videojuego que no crea lazos tangibles con otros o que no nos pone en contacto con nosotros mismos? ¿De qué sirve un mensaje de un amigo que no nos hace extrañarlo en estos días? De ahí que lo más irritante de esta situación sea que aún faltan varias semanas para que mucho de lo virtual que hemos hecho en estos días se coteje con la realidad. ¿De qué sirve jugar a la escuelita (y no por ello quiero minimizar la gran carga de trabajo que muchos tenemos), si el conocimiento queda ahí volando? ¿De qué sirve el cariño que sentimos por alguien, si no lo podemos expresar con un abrazo o con algún otro gesto? ¿De qué sirve un potencial ligue de cuarentena, si nunca tienes la posibilidad de salir con él o con ella? Y entiendo que muchos compren en línea, pero ¿de qué sirve el dinero, si eventualmente no lo puedes gastar? De nada. De absolutamente nada. Pero ya regresará el tiempo para retomar al cien nuestras amistades, para gastar dinero, para estrecharnos, comer un helado e ir al cine.

Para mí, en cierto modo y en cierta medida, todo lo de afuera transcurría fuera del tiempo, hasta que me hice realmente consciente de que el tiempo sí es relativo, que depende del espectador. Que para mí y para otros muchos no corre, pero que para otros ahorita vuela. Ya había pensado en los vendedores ambulantes, pero ningún pensamiento lamenté tanto como las pukis; término más amigable con que prefiero llamar a las sexoservidoras. Todo esto fue hace unas semanas cuando leí un par de artículos que trataban sobre la situación tan deplorable que actualmente están viviendo en Ciudad de México y aquí en Puebla. No por ello quiero minimizar la labor de otros, ni mucho menos poner un sufrimiento por arriba del de otros. Porque seamos honestos, todos sufrimos, todos hemos perdido algo no solo en estos días, sino a lo largo de nuestra vida. Nada más que todos tenemos temas que enternecen más nuestros corazones que otros.

Puedo llegar a imaginar el esfuerzo de los médicos, ciertos con un ego más elevado y hasta cierto punto justificable que el de costumbre, enfermeras y del resto del personal de salud: los héroes de esta “tragedia”. Puedo llegar a concebir remotamente el dolor de los enfermos y el de los desempleados. Pero nada obsesionó mi mente como el sufrimiento de las pukis, porque ellas no son ancianos, ni niños con discapacidad, ni son el resto de los nombrados: personas a las cuales la sociedad realmente voltea a ver. Para ellas no me quedó duda alguna que sentían el pasar del tiempo. Porque no hay nada más real que el hambre y la ausencia de un techo en el que vivir. Las cosas como son: es más sensato temer a morir de hambre, que a morir de una enfermedad.

Con esta reflexión no pretendo enaltecer mi corazón, ni me quiero hacer sentir mejor por ser un privilegiado. Simplemente quiero disfrutar mejor de mis prerrogativas. Yo también tengo mis dificultades de cuarentena y también fuera de ella. Yo también perdí algo y el futuro a veces también me come vivo. Sigo sin poder comprender del todo a mi papá, el dinero a veces me parece no ser suficiente, perdí, en cierto modo, el viaje que tenía planeado para junio y mi última clase presencial en la universidad, y el poco tiempo que me queda para graduarme y lo que venga después de ello me causa cierta ansiedad. Ante esto, tengo todo el derecho de quejarme como cualquier otra persona. Pero en estos días, al igual que todas las situaciones de la vida, tengo la invitación a tomar lo mejor de lo “peor”, ya que tengo la capacidad de reflexionar al encontrarme con viejos espejos que había ignorado durante mucho tiempo.

Además de esta gran oportunidad, con estos días he recuperado relaciones que sentía haber perdido o que, por la razón que fuera, se habían alejado de mi vida: mis primos y algunos tíos que, aunque no a todos los veo, están más presentes que nunca. Aunado a esto, he podido retomar actividades que me gustan mucho y que normalmente no podía hacer, como cocinar, leer y estudiar mis idiomas. Con esto no quiero decir que al final de la cuarentena tengamos que rendir cuentas sobre cuántos libros leímos, ni mucho menos. Es absurdo medirnos con la misma vara o creer que si no somos productivos poco valemos. Más bien, con esto quiero decir que, mientras esperamos a que el semáforo cambie a verde, admiremos el paisaje y sostengamos las manos de los copilotos que nos tocaron. Para que así, transformados por este encierro, cuando regresemos a las calles, lo hagamos con un sentido cívico mucho más alto.

El tiempo no se ha parado en balde sin esperar cobrarse nada a cambio. Y precisamente para aquellos que nunca se detuvo, se va a cobrar a lo chino. Más allá de nuestras vidas personales, los más privilegiados de esta tormenta tenemos la responsabilidad de mitigar sus estragos y de crear mecanismos solidarios que, para la próxima vez que el tiempo se detenga, lo pueda hacer no solo para unos cuantos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio