
Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos
Ella no podía enterrar a su esposo. Cómo y en dónde, si apenas y podía caminar. La edad no era su obstáculo, a sus ochenta y nueve años seguía llevando a la ciudad las verduras que cosechaba su marido, para venderlas; pero ahora, la tristeza era su bruma, y le impedía llevar su cadáver sin sentir que desvanecía. Sin familiares que la apoyaran en tan duro momento, y sin dinero, más que una miserable pensión que estaba a punto de reducirse aún más por decisión del Congreso, no le quedaba más que empujar la carretilla desde el hospital hasta el panteón.
Fue el Ejército. La tranquilidad de esa tarde fue corrompida por una balacera cerca de la casa de los dos ancianos, un operativo contra una banda de ladrones de combustible. Confundieron a su señor con uno de los maleantes. Le dispararon y dieron por terminada la misión. Ella lo llevó al hospital, pero llegó tarde. Las quejas del viejo por el dolor se apagaron en el camino.
Eran uno, y ahora ella sentía que ya no era nada. Nada tenía ya. Era una pequeña pasa en un enorme mundo que la haría polvo tarde o temprano.
Se encontró con un panteón sin sepulturero. El crepúsculo bañaba ese desolado camposanto con cruces de fierro oxidadas y placas carcomidas por el tiempo. Se recargó sobre el cuerpo. Lloró.
“¿Qué te aflige, mujer?”.
“¿Cómo que qué, viejo? ¡No te tengo aquí, conmigo! ¡No tengo hombro en el que llorar! ¡No tengo ni cómo enterrarte!”, dio un paso atrás y cubrió sus ojos, temblaba de ira.
“Entiérrame en las alturas”.
“¿En las alturas?”.
“En las alturas, como hacen los moradores de las montañas”.
“Cállate, viejo ridículo”.
“¡Hazlo!”.
“¡Cállate!”.
“¡Ven!”.
“¡No!”.
“¡Ven! ¡Ven acá y mira mis ojos!”.
La anciana gritó, se abalanzó sobre la carretilla y miró el rostro de su esposo. Él la miraba fijamente y volvió a decirle su voluntad.
“Que me coman los zopilotes”.
Las lágrimas de la mujer cayeron sobre su rostro. Los ojos del hombre aún tenían brillo. Era un brillo espectral en el que se esconden el pasado, el presente y el futuro.
“Que así se anuncie la guerra”.
Y sus ojos empezaron a apagarse.
“Me voy, vieja”.
“No puedo hacerlo”.
“Mírame, me voy, allá te espero. Esto ya no es más que un cascarón”.
Y su piel se convirtió en corteza de árbol.
Ella se sentó en una banca a meditar su próxima acción. Dió la media noche y caminó a los aposentos del sepulturero. Vacíos. Sólo halló herramientas maltratadas y llenas de tierra, entre las que encontró unas tijeras de jardinero y un machete. Volcó sobre el suelo el cuerpo de su marido. Procedió a empezar el ritual.
Le cerró los ojos. Rezó un rosario. Después de cada misterio dedicaba un canto litúrgico con su voz madura y triste. Sus cantos se oyeron en todo el pueblo. A pesar de que uno que otro joven caminaba solo por la calle a esa hora, nadie se atrevió a buscar la fuente de tan roncas y lastimosas entonaciones cuya escucha helaba la sangre.
“Entre tus manos está mi vida, Señor… Entre tus manos pongo mi existir… Hay que morir… Para vivir… Entre tus manos yo confío mi ser…”
Terminó su rosario. Tomó las herramientas y comenzó a podar ese tronco que yacía en el suelo. Le quitó sus cuatro ramas. Cortó la enorme calabaza que colgaba de su cuello, en donde ya sólo había dos cuencas cubiertas por áridos párpados, unos labios sellados por la resequedad y una nariz que no respiraba. Después partió a la mitad las dos ramas grandes, al cortar las rodillas. Lo mismo hizo con los codos. Finalmente dividió su torso en dos.
Lo metió todo en una bolsa de mandado y cargó con ella como lo hacía con las verduras que iba a vender a la ciudad. Caminó hacia las alturas, en donde viven los zopilotes. ¿Cómo entró a su guarida? Nadie lo sabe.
Una mañana apareció la insólita noticia en primera plana: El cuerpo descuartizado de un hombre de la tercera edad fue hallado en el punto de encuentro del Congreso de la Unión. Las piezas estaban colocadas de acuerdo al orden anatómico, como en función de ofrenda. La escena sembró comentarios sobre su parecido con el entierro aéreo practicado en algunas zonas montañosas de oriente, donde no hay tierra blanda ni ríos cerca. Esta práctica consiste en descuartizar el cuerpo del difunto y ofrecerlo a las aves de rapiña que rondan por ahí.
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