María Gutiérrez Fuentes
Estudiante de Diseño Industrial
Viajar a otro país siempre trae consigo expectativas, curiosidad y un poco de nervios. En mi caso, Portugal fue un destino que superó cualquier idea previa. Aunque es un país pequeño comparado con otros de Europa, tiene ciudades que parecen contener mundos completos. Tuve la oportunidad de visitar Lisboa y Oporto, y cada una me dejó recuerdos que difícilmente se borrarán.
Lisboa es una ciudad que se siente viva en cada esquina. Desde el primer día me impresionaron sus calles empinadas y los famosos tranvías amarillos que parecen no cansarse nunca de subir y bajar colinas. Uno de los lugares que más disfruté fue el barrio de Alfama, con sus callejones estrechos y balcones llenos de ropa tendida. Ahí descubrí que Lisboa no solo se conoce caminando, sino también escuchando: el fado que sale de algún barcito, la mezcla de lenguas de los turistas y el eco de las campanas de las iglesias.
Subir hasta el Castillo de San Jorge fue otro momento especial. Desde arriba, la ciudad parece un mar de techos rojos que se abre hasta el río Tajo. Y, claro, no podía irme sin probar los famosos pasteles de Belém. A simple vista parecen un postre sencillo, pero al probarlos entendí por qué todo el mundo habla de ellos: crujientes por fuera, cremosos por dentro, simplemente perfectos.
En cambio, Oporto tiene un ritmo diferente, más relajado, casi íntimo. Su vida gira alrededor del río Duero, y caminar por la Ribeira me dio la sensación de estar dentro de una postal. Las casas de colores reflejadas en el agua y el ambiente alegre de las terrazas hacen que quieras quedarte horas ahí. Cruzar el Puente de Luis I fue una de mis experiencias favoritas. La estructura es imponente y las vistas desde lo alto son impresionantes, especialmente al atardecer, cuando el sol pinta el río de tonos dorados.



No puedo dejar de mencionar la Librería Lello, que parece sacada de un cuento. Sus escaleras y vitrales son tan únicos que entiendes por qué tantas personas la visitan. Aunque estaba llena de turistas, pude sentir ese ambiente mágico que tienen los lugares donde los libros son protagonistas.
Más allá de los sitios turísticos, lo que más me marcó fue el ambiente de las ciudades. En Lisboa descubrí una capital que combina historia con modernidad sin perder su esencia. En Oporto sentí la calidez de una ciudad más pequeña, pero llena de carácter. Ambas me enseñaron que viajar no es solo ver monumentos, sino conectar con lo cotidiano: una canción de fado escuchada por casualidad, el aroma de la comida en la calle o una conversación con un local amable.
Mi viaje a Portugal me dejó la sensación de que cada ciudad tiene su propio ritmo, y que viajar es aprender a adaptarse a él. Lisboa me enseñó a disfrutar el movimiento constante, y Oporto, a valorar la calma. Las dos me regalaron momentos que hoy guardo como pequeños tesoros, y que me recuerdan que viajar siempre deja huellas más profundas de lo que imaginamos.
Al mirar las fotos que tomé, pienso que ningún retrato puede transmitir por completo lo que significa estar ahí, sentir el viento en el mirador de San Jorge o ver cómo el sol se esconde tras el Duero. Pero justo ahí está la magia de viajar: comprender que más allá de las imágenes, lo verdaderamente valioso son las emociones que nos llevamos dentro. Lisboa y Oporto fueron más que un recorrido turístico; fueron una invitación a detenerme, observar y valorar la belleza de lo simple. Y esa es una lección que me acompañará mucho después de haber dejado Portugal atrás.



