Fieles Difuntos

  José Daniel Arias Torres   “A ver, a ver, yo vivía en estas tierras desde antes de que esta […]

 

José Daniel Arias Torres

 

“A ver, a ver, yo vivía en estas tierras desde antes de que esta casona se construyera, en estas tierras recolectaba, cazaba, sembraba y adoraba, aquí crie a mis hijos y envejecí. Aquí mis ancestros me contaron historias sagradas y me iniciaron en los misterios del universo, aquí tuve esclavos y mis esclavos tuvieron esclavos, aquí esos mismos se ganaron su libertad con el trabajo, aquí mis enemigos se hicieron mis amigos, mi familia, mi sangre, soy el propietario original de estas tierras. Entonces no está a discusión, todo lo que hay sobre esas mesas me pertenece por derecho de antigüedad, además de que esas tradiciones no existirían sin nosotros”. En seguida el bullicio se hizo presente y el curioso grupo heterogéneo comenzó a protestar y a reclamar como suyo el exquisito tesoro de temporada.

Pronto Fernando del Arco de Asturias y Montero ll, exasperado, dio un paso al frente, a todos no les dejaba de sorprender que son semejante armadura de hierro pudiera moverse de manera tan suelta, era como si estuviera desnudo; se acarició las barbas rubias y se rascó la melena güereja, con un español españolizado comenzó:

“Fui soldado de Hernán Cortes, conquistador del nuevo mundo, vi con mis ojos la caída del imperio mexica y vi guerrear a los pueblos entre sí por una libertad que les inventamos, vi a los indios morirse del miedo cuando bajábamos de los volcanes con nuestras armaduras relucientes montados a caballo y vi a Moctezuma colmar de tesoros a Hernán creyéndolo el dios Quetzalcóatl, vi como pronto se enteraron los pobres de que éramos bandidos y matábamos y violábamos a sus mujeres, vi la caída de un imperio de indios y el nacimiento de un imperio español, habría tenido una prospera vida en estas nuevas tierras de no ser porque un maldito indio como tú”, señaló inquisidor a Cuitláhuac, “me asesinó a mitad de la noche clavando su rudimentaria lanza de madera y obsidiana en mi cuello, así que todo lo que hay en esta mesa me pertenece por derecho imperial y para reparar los daños cometidos hacía mi persona”.

“Eso ni pensarlo, pinche español chillón”, dijo sobresaltado Sebastián Rodríguez. Usaba una camisa de algodón sucia, un calzón de manta y un sombrero de paja, era un mestizo hecho y derecho lo cual le causaba un tremendo conflicto de identidad haciendo que de pronto se volcara a defender a su pasado indígena y otras a su pasado español y muy pocas veces a su presente mestizo, la mayor parte de las ocasiones se contentaba con que le dijeran qué hacer, pero esta vez y con semejante banquete era todo o nada.

Sebastián inhaló aire, se armó de valor y comenzó: “Usted se hace el muy mártir porque lo mataron, pero déjeme decirle que los amolados, amolados, no fueron ni los indígenas, ni los españoles asesinados, fuimos nosotros, los mestizos que ni aún nacíamos cuando ustedes se estaban dando en la madre. Sí, los heridos fueron ustedes, pero las cicatrices que nunca sanaron fuimos nosotros, hijos de una madre violada, negados por el padre, ni tan jodidos para ser explotados, pero tampoco tan importantes como para ser vistos, inexistentes pues.

Yo fui un soldado que primero luchó por el imperio español en contra del imperio francés, al que después convencieron de que lo ideal era luchar por la autonomía de la Nueva España y que finalmente, quien sabe cómo, terminó luchando por un invento llamado México independiente, el ombligo de la Luna según dicen unos. Yo también tengo ojos, señor Fernando, y vi a españoles decapitar españoles, a indígenas decapitar mestizos, a mestizos decapitar criollos, a criollos decapitar negros, a negros decapitar españoles, todo en el nombre de Dios todopoderoso, por supuesto. Total, que en esa fiesta de sangre en la que unos jalaban por un lado y mataban, otro por el otro y mataban uno ya no sabía ni por qué luchaba, a veces creía que era no más por pura costumbre. Se cometieron barbaridades, eso que ni qué, en nombre de la Patria inexistente luchamos, yo vi a Hidalgo dar el grito a favor del rey Fernando, vi a Morelos heredar la dizque independencia, vi los pueblos ser purgados con fuego, vi a la iglesia apoyando a quien le convenía, vi a los caudillos ser mitificados y vi a las corrientes de los ríos de sangre mestiza detenerse por un abrazo entre dos enemigos. Así que, por la Patria, por la libertad y por nuestro señor Jesucristo, este banquete me pertenece”.

“No nos pongamos de mártires, si estamos aquí es por ser unos hijos de la chingada, esta casona fue mía al hacerla cuartel militar federal, a quién le pertenece es a mí”. Quien ahora hablaba era Pablo Guerra, antiguo soldado de las fuerzas federales que lucharon por don Porfirio durante la Revolución Mexicana, por orgullo más que convicción, decía que siempre había sido un fiel partidario de la dictadura y que su familia era porfirista hasta la muerte, el pobre defendiendo al rico, pecados que la humanidad sigue arrastrando consigo. La verdadera historia era que Pablo Guerra había sido reclutado a la fuerza por los federales cuando llegaron a su pueblo, él era joven, pero eso importaba poco, si se negaba a alistarse lo fusilaban, así había perdido a su mejor amigo; total que, en plena Revolución, entre tanta bala y sangre, Pablo Guerra se hizo un federal desalmado, de nuevo no por convicción, sino por obligación.

Pablo Guerra estaba por comenzar a enumerar las razones por las cuales le pertenecían esos obsequios cuando fue interrumpido por Pablo Paz, un contemporáneo nacido en Veracruz, pero que, al contrario de Pablo Guerra, había sido reclutado a la fuerza por los zapatistas, nunca conoció a Zapata, pero siempre luchaban en su nombre. A pesar de que ninguno de los dos peleaba estando completamente convencido de por qué o por quien luchaban, sabían que el otro era su enemigo, Paz increpó a Guerra: “Tú no tienes derecho a opinar maldito traidor a la patria, además, esta casa, después de ser cuartel federal, pasó a ser cuartel revolucionario, por lo tanto, me pertenece y todo lo que hay en ella es mío”. Guerra de inmediato se exaltó. “¿Cómo te atreves a hablar de Patria, Paz?”. Empezaron a discutir ávidamente al punto en que ya ni se sabía quién era quien.

“Tu ejercito asesinó pueblos enteros”.

“Tu bola de banidos asesinó ciudades enteras”.

“Ustedes mataron a mi padre amarrándolo y arrastrándolo a caballo”.

“Ustedes violaron a mi madre y después le dieron el tiro de gracia”.

“Yo vi, escúchenme todos, yo vi a estos bandidos cometiendo los peores atropellos, obligaban a los niños a ir a la guerra”.

“Yo vi a estos demonios entrar a los pueblos y matar a todos, hasta a los ancianos, raptar mujeres y traicionar a los propios”.

“Ustedes condenaron a este país a la miseria”.

“¿Nosotros? Ustedes fueron quienes ya lo tenían como miseria”.

“Yo vi como ustedes eran apoyados por los yankees,”

“¿Nosotros? Si ustedes eran quienes recibían sus armas”.

Ambos pensaron sin decirlo “Esos grandísimos hijos de la chingada”.

“A mí me colgaron ustedes de un árbol y me dejaron ahí para pudrirme”.

“¡Qué casualidad!, a mí ustedes me hicieron lo mismo”.

Ambos, al mismo tiempo al unísono, pero por separado gritaron: “A quien le pertenece todo esto es a mí, por la fuerza lo ocupamos y por la fuerza nos lo quedamos”.

“Sus juegos de niños me dan risa, ustedes, los hombres, los machotes del pasado, no durarían ni un día en la guerra de donde yo vengo. Conquista, ¿para qué?, sólo vinieron a jodernos más. Independencia, ¿cuál?, seguimos igual de codependientes. Revolución, ¿en dónde?, el pobre sigue pobre y el rico sigue rico”. Era Esteban Quintana, jardinero de la casona en donde se encontraban, trabajaba para el narcotraficante de la zona Ricardo Zúñiga, sabía bien para quien laboraba, pero la necesidad y el buen pago que recibía era superior a su miedo, su jefe siempre había sido bueno con él y la esposa del capo estaba de diez. Todo era felicidad y bonanza hasta que el brazo derecho de Ricardo, David Huerta, decidió emprender camino delictivo por sí mismo, esto en el narco significa rivalidad instantánea. David actuó rápidamente, era un día de verano cuando una serie incontable de camionetas y sicarios entraron por la puerta principal de la casona matando a todo lo que se moviera, y a Esteban, a pesar de no moverse, le tocaron dos balas en la cabeza, al parecer además de la de él, también recibió la de su jefe, pues Ricardo gozaba hasta el día de hoy de buena salud.

David nunca previó que Ricardo se encontraba en su casa de Acapulco para el momento en que ejecutó el ataque por lo que el jefe Ricardo ni se enteró hasta horas después de que se llevó a cabo el ataque en su vivienda principal. Esteban continuó: “En tal caso todo lo que está aquí me pertenece, nunca fui propietario de la casa, pero ya saben lo que dicen, la tierra es de quien la trabaja, y durante muchos años yo trabajé esta tierra”.

La imponente ofrenda continuaba esperando a ser consumida por los muertos, el nuevo propietario de la casa, o sea, el Estado, que había convertido la construcción en museo, jamás pensó que no poner nombres o fotografías en el altar ocasionaría tantos problemas en el mundo de los muertos. El Estado es el único ente que hasta a los muertos les sigue dando dolores de cabeza, por suerte los difuntos son más civilizados que los vivos.

Cuitláhuac al ver una barrica llena de pulque en la ofrenda se le ocurrió una idea. “Señores, estamos discutiendo por insignificancias, hay demasiado para todos, ¿por qué no compartimos y nos embriagamos juntos con pulque?”.

“Pulque”.

“¿Pulque?”

“Hmm pulque”.

“Pul-que”.

“…Pulque”.

Juntos con una sonrisa gritaron “¡Pulque!”.

Tan estruendoso fue ese grito que traspasó el sonido al mundo de los vivos y al viejo velador de la casona, ahora museo, del susto de inframundo le dio un infarto que lo dejó tieso.

Los vecinos del lugar cuentan que durante toda la noche de ese Día de Muertos se escuchó un lejano cántico que entonaba la letra y melodía de Cielito Lindo.

 

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El contenido del presente texto es responsabilidad del autor y no representa las opiniones de la Coordinación de Difusión Universitaria.

 

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