Fue en otoño 2019 que entré al grupo de promoción de Teatro

  Por mucho que hagas, nunca llegará a ser más que una gota en un océano infinito. -Y qué es […]

 

Por mucho que hagas, nunca llegará a ser más que una gota en un océano infinito.

-Y qué es un océano sino una multitud de gotas.

Cloud Atlas

 

Mi llamado a unirme al Grupo de Promoción de Teatro Ibero se dio incluso antes de llegar a la universidad. Cuando era pequeña mi papá me trajo a ver las obras de teatro que se presentaban en el gimnasio, y en el auditorio Manuel Acévez. Pocos son los recuerdos del contenido de esas obras que vi con mis ojos de niña, pero de las emociones y sensaciones sí permanecieron, me llenaron el corazón de teatro. Y aunque yo no pudiera entender de qué trataban, el simple hecho de saber que esas personas eran estudiantes, tan profesionales en sus papeles, vestidos  y emociones desbordantes, me demostró que era algo a lo que yo podía aspirar. Fue el cumplimiento de uno de los más preciosos cometidos del teatro, que en mi opinión, es invitar a ser.

Fue en otoño 2019, que entré al grupo. Un compañero de clase, a quien no conocía tanto, me invitó directamente y yo dije ¿por qué no?. En semestres anteriores había visto los montajes y siempre me resultaban fascinantes. En Mujeres, nuestras historias, obra en la que cuatro de las más bellas y admirables mujeres que la universidad me regaló, realizaron un trabajo basado en ejercicios de Teatro Imagen, técnica dentro de lo que se conoce como Teatro del Oprimido, y nos compartieron a través de su interpretación realidades de un país misógino y machista. La vi tres veces, y las tres veces tuve la piel chinita y lágrimas en los ojos. Además de recibir la obra como espectadora, también era una clara invitación a participar, pues tanto esta obra como Stop, me desmsotraron que se trataba de un grupo que no sólo hacía teatro porque sí, sino que cada producción tenía un mensaje importante e invitaba a la reflexión, a experimentar cierta vulnerabilidad. Era un arte con intención, responsable, y eso ero lo que más me gustaba.

Al principio tuve un poco de miedo, pensaba que estaba entrando a un espacio en el que ya había una dinámica e identidad determinadas, y que podía no encajar. Pero ese miedo se transformó en emoción desde el primer día porque me sentí bienvenida y escuchada. Pude recordar con facilidad lo que me gustaba del teatro cuando participaba en secundaria y preparatoria, esa etapa que ya se veía tan lejana se volvió a asomar. La diversión, la complicidad, la entrega, eran algo posible nuevamente, y esta vez era una elección bien consciente, que me hacía feliz. A pesar de las jornadas pesadas cuando teníamos dos funciones todos los días por una semana, en temporada de entregas, cada esfuerzo valía la pena, no por el aplauso, sino por lo compartido, lo aprendido. Aunque los aplausos también son bonitos.

Para mí, este ha sido un espacio que dejó de ser algo que hacía para despejarme de las clases y jugar a ser otras personas, pues pronto se convirtió en algo tan grande y tan fuerte como una familia. Por la misma naturaleza del arte y la energía que implica el teatro, se construye un ambiente de confianza, solidaridad, escucha, comunidad , y sobre todo desde aquel puente Benito Juárez en 2020, un espacio de amor y resistencia.

Las puertas del grupo siempre van a estar abiertas para cualquiera que le llame el teatro, por la razón que sea. Pero también para cualquiera que, desde el compromiso y la disposición, busque mejorar sus habilidades sociales, aprender a hablar en público, a respirar consciente, a reconocer sus sentimientos, y los de la otra/otro, a transformarse. Todo aprendizaje es invaluable y lo mejor es que permanecerá toda la vida, pues el cuerpo, la mente y el corazón aprenden y se ejercitan con cada ensayo, cada improvisación, juego o presentación. Formar parte de una comunidad con el mismo deseo de crecer, de hacer algo más con la vida que tenemos entre las manos y que a veces se nos olvida lo preciosa que puede ser cuando atiendes tu ser desde la creatividad, el amor, y el construir. Mis compañeras y compañeros vienen de lugares diferentes, desde Chiapas, Guerrero, Tlaxcala, hasta Veracruz, y por supuesto, Puebla.  Somos gente de todo tipo, algunas estudiaron Psicología, otras Diseño Industrial, Diseño Textil, Comunicación, Literatura y Filosofía, Mercadotecnia, y estoy segura que la variedad se extiende mucho más allá de quienes he tenido la oportunidad de conocer. Esta diversidad nos permite integrarnos desde el respeto y la empatía, desde el entendido de que nuestras diferencias son precisamente lo que nos une y nos fortalece.

Ya son cuatro semestres desde que formo parte de este grupo y sólo me queda agradecer que exista un espacio como este, que haya más personas en la universidad que apuestan por el arte. Desde la resiliencia hemos encontrado otras posibilidades, la reconstrucción de una actividad que es la definición de lo que ya no podemos hacer en estos tiempos por la Covid-19. Estoy muy emocionada de poder regresar a la presencialidad, de volver a descubrir, de resolver en comunidad qué ofrecer con lo que podemos, de volver al drama incluso, con cubrebocas.

Rosario Hernández Maceda

Estudiante de Comunicación, noveno semestre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio