Hoy las flores lloran

Mary Tere Salvador Reyes Hoy, esas trémulas y livianas creaturas parecen deshacerse en llanto, es como si la tristeza hubiera […]

Mary Tere Salvador Reyes

Hoy, esas trémulas y livianas creaturas parecen deshacerse en llanto, es como si la tristeza hubiera decidido impregnarse en cada uno de sus pétalos, arrancando la felicidad tan característica del cempasúchil. No sé qué tienen, el viento intenta consolarlas con sus etéreas caricias, pero ellas sollozan, se duelen. Hoy esas pequeñas hadas anaranjadas deberían sonreír, como lo hacen cada año, justo en Día de Muertos, cuando su presencia campirana corona las ofrendas, cuando adorna solemnemente las tumbas de los panteones y cuando en cruz, al frente de las casas, invitan a la muerte a pasearse entre las habitaciones o los jardines.

Tengo miedo de cortarlas, al verlas tan tristes siento que si las alejo de la tierra terminarán por morirse. No deseo que agonicen, pero de dejarlas ahí no alcanzarán ese esplendor tan característico de ellas, no tengo el valor para no verlas tan bellas y altaneras como siempre, no tengo el corazón para verlas marchitarse entre la tierra y el polvo, quizá es más fuerte mi egoísmo que su sentir.

Mirarlas así, tan débiles e indefensas, sólo hace que piense en él, en Miguel Ángel, han pasado semanas desde la última vez que me vi en sus ojos. Recuerdo el inicio de aquel compromiso apasionado, nuestro cariño desafiaba a la belleza de las flores, sin embargo, hoy luce tan marchito y lastimado como el triste cempasúchil, es como si nuestro amor se viera reflejado en las flores, como si se apagara con los atardeceres de otoño.

Pobrecillas anaranjadas princesas del ocaso, el dolor y la enfermedad las consume. La muerte ha decidido venir en el día en el que son las reinas y señoras de cada sepulcro, de cada puño de tierra que cubre las lápidas de aquellas pobres almas que deseaban con el corazón morir y alcanzar ese paraíso perdido entre la ambiciosa, superflua o efímera vida terrenal, en donde los hombres pecan y donde claudican aquellas ninfas vestidas con esas finas ropas naranjas. Qué destino tan cruel que condena a esas joyas cubiertas de pétalos al letargo eterno ¿qué han hecho ellas sino vivir para resplandecer con sol de noviembre?

Ya no puedo postergar más aquel inevitable momento en el que el cempasúchil abandona su nido terrestre para unirse al abrazo de un ramo de flores. Empiezo a cortarlas y las escucho gemir, nunca habían sollozado, cada año, sonríen o recitan poemas que le inyectan al alma vida nueva, hoy lloran, se lamentan, sus quejidos lacerantes se sienten en los huesos. Ahora tengo un ramo entero, a pesar de la tristeza de las flores, luce bello, poco importa que esté cubierto de lágrimas

La tarde avanza implacable, el viento es cada vez más frío, su roce estremece el cuerpo. Nada queda más que dejar las flores en el panteón, ahí donde iluminan el fúnebre recinto. La gente va y viene, todos han llevado cempasúchil al cementerio o a sus casas, casi parece que soy la única que no ha ido a dejar a mis pequeñas y anaranjadas amigas a su lecho final. Camino en dirección del hogar de los difuntos, las personas van sin prisa por el camino, el tiempo es irrelevante después de todo.

Entre las calles se respira la muerte, ese olor mortuorio corre entre el aire mezclándose entre el anonimato de la multitud y yo, con cada paso, siento como si me arrancaran un pedazo de alma. No comprendo qué pasa, ya no sólo son las flores las que lloran, ahora todo parece deshecho de tristeza, incluso este atardecer encendido parece morirse de pena ¡ay, dolor! ¿por qué has venido en este día que debe ser de felicidad?

Ya puedo ver la entrada del cementerio, pero, también veo un cúmulo de gente que parece rodear un tesoro. El murmullo de sus voces entra en mí destruyendo la serenidad que me quedaba y de alguna manera, me invita a acercarme, a mirar lo que ese montón de humanos esconde.

El corazón va a fallarme en cualquier momento, late como si quisiera salir de mi pecho, aunque ahora sólo ha dado un brinco a mi garganta. Me abro paso entre la muchedumbre y así sin más lo veo ahí, a Miguel Ángel, bañado en sangre. La muerte vencedora lo tiene entre sus brazos, su cuerpo inerte pertenece ya a otro lugar, ha abandonado el insolente mundo terrenal.

—Ay, Miguel—Me arrodillo a su lado—Mira cómo estás y pensar que la última vez que te vi, lucías tan fuerte y entero como el sol de mediodía—Dejo el cempasúchil junto a él—Hoy la flores lloran, te lloran a ti.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio