La carretera de las ánimas

  Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos   Por primera vez en su vida, Beatriz pisaba suelo mexicano. Ella esperaba encontrarse […]

 

Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos

 

Por primera vez en su vida, Beatriz pisaba suelo mexicano. Ella esperaba encontrarse con aquellos paisajes hermosos vistos en las revistas turísticas que coleccionaba su madre, pero se sorprendió al verse caminando en las calles de un municipio pequeño y sencillo. La madre de Beatriz era originaria de México, felizmente casada con un empresario norteamericano. Por primera vez, su esposo accedió a que visitaran a su familia, que organizaría una reunión con motivo de la noche de Todos Santos y el Día de Muertos.

El estacionamiento quedaba a unas cuadras de su destino, y en el camino a pie, Beatriz arrugaba la nariz disgustada con la música banda que sonaba en los negocios de alrededor. “¿Cómo pueden escuchar música tan fea?”, pensó, mientras se ponía los audífonos y buscaba un álbum de Justin Bieber entre la música que tenía en su celular.

En la esquina de la banqueta, un pequeño perro de pelo blanco hacía compañía a un niño de tres años que sentado en el suelo vendía chocolates. A Beatriz se le humedecieron los ojos, retiró sus audífonos de los oídos y se hincó. Sollozando llamó a su madre.

“¡Mamá! ¡Mira! ¡Pobrecito! ¿Es que el mundo no tiene piedad por una pequeña criatura? ¿Podemos cuidarlo?”, le dijo mientras abrazaba al perro y se lo mostraba. Su madre ya estaba acostumbrada a dejarla hacer lo que quisiera, así que cuando llegaron a la casa donde había vivido su niñez y que los hospedaría el fin de semana, se unió a ellos aquel desamparado perro, salvado por las “revolucionarias” ideas de Beatriz.

Alguien no tardó en llamar a su puerta. Beatriz atendió y se encontró con Alonso, que la reconoció nomás verla.

“Hola, hermosa prima”, le dijo el joven, conocido en su pueblo por ser una suerte de poeta medieval en una época de empresarios y sicarios. Su saludo provocó disgusto en Beatriz, quien le dedicó una mirada de rechazo.

“¡Hola, Alonso! Gracias por recibirnos, ¡Cuánto has crecido!”.

“Hola, tía Ana, qué bueno que llegaron bien, el atracón es en la casa de mis abuelos, ves que es ahí, tomando la carretera de las ánimas unos dos kilómetros, rumbo a San Salvador”.

En el rumbo hacia la comida de los abuelos, la camioneta tuvo problemas para cruzar algunos tramos lodosos, y terminó por embarrar todo el lodo sobre el asfalto roto de la carretera de las ánimas. Era mediodía y en ambas aceras se apreciaban terrenos baldíos, un jagüey, y algunas casas en obra gris.

“¿Esta es la carretera de la que me contabas cuando era chica, mamá?”, preguntó Beatriz con inquietud.

“Sí, Bety, esta es. Aquí es donde, bueno, ya sabes, eso que solo pasa hoy”.

“¡Oh sí!, reaccionó Alonso, “la aparición de las benditas ánimas del purgatorio a mitad de la carretera. Se dice que se quedaron atrapados en este mundo cuando salieron a bloquearla en protesta de un proyecto canadiense, una mina. Fueron acribillados por un grupo de sicarios aliados a la empresa. Los viejos dicen que, cuando agonizaban, los heridos de muerte en aquel ataque fueron visitados por los ateteos”.

“¿Qué son los ateteos?”.

“Niños, niños eternos con cola de ajolote. Tienen la piel güera y unos ojos enormes y lagunales… como los tuyos, Beatriz, y como tú, se acercan a los mortales y les roban el alma…”.

Beatriz hizo un gesto de disgusto y guardó distancia con su primo.

“¡Ay, qué muchacho!”, dijo la madre de Beatriz, entre el desenfado y la estupefacción.

“Sí, esa y más cosas violentas han pasado en esta carretera, pero, por lo que oí, la situación ha estado más tranquilas últimamente”.

El banquete en la casa de los abuelos le dio a Beatriz razones para despreciar la pseudo comida mexicana que le vendían franquicias como Taco Peck, allá en su tierra. A pesar de ello, se notaba a leguas su incomodidad. Alonso fue hacia ella e intentó hacerle la plática.

“¿Estás agüitada, prima?”

“No, es sólo que no entiendo cómo todos pueden estar tan felices habiendo tantas cosas en el mundo que están mal. Son iguales o peores a mi familia en el otro lado. Además de que siguen las mismas costumbres patriarcales. El abuelo se sienta a la cabeza del comedor, con eso me dicen mucho”.

“Bueno, es que mi abuelito es el jefe en turno de nuestra familia…”.

“Ahórrate tus explicaciones. Son todos unos incultos, machistas y maltratadores de animales. Cómo quisiera salir corriendo de aquí… hazme un favor y no agobies más mi estancia”.

Alonso entrecerró un ojo, como si le hubiera caído una basurita adentro, y se apartó.

“Chale prima, pero bueno, así está la cosa”.

Salió un momento a la llanura y se sentó a ver cómo, detrás del cerro, el sol estaba poniéndose. Pensó entonces en el rechazo de su prima hacia él y su país. La foraneidad de Beatriz le pareció un motivo para no sentirse ofendido, y cegado por su enamoramiento, se dispuso a volver a donde ella, y proponerle un trato.

“Prima, yo no quisiera que te fueras de aquí con una mala impresión. Algún día recordarás tu primera visita a mi pueblo, y sé que, Dios mediante…”.

“Dios no existe, Alonso, evoluciona”.

Alonso hizo un esfuerzo para no desanimarse, y continuó:

“Bueno, sé que, de algún modo, recordarás detalles bonitos de los que ahora no te das cuenta”.

“Ajá. Claro, primo, estoy segura”.

“Aunque, por si acaso, te regalaré algo con lo que logres recordarme”.

Se quitó el escapulario que llevaba debajo de su playera de Mägo de Oz, y se lo mostró con delicadeza.

“Ten, este es mi escapulario, lo uso desde que soy pequeño. Quiero que te lo quedes, ya sé que no crees en Dios, ni en la Virgen, ni en nada de eso, pero, de todos modos, tendrás algo mío, y eso me contenta”.

Beatriz tomó el escapulario, lo vio con indiferencia y lo guardó en la bolsa de su pantalón.

“Vaya, gracias, Alonso”.

Se quedaron callados un momento y Alonso propuso su trato:

“Oye, prima, ¿Y tú no me dejarás algo para recordarte?”.

Beatriz lo pensó un momento.

“Sí, ¿por qué no?”.

Beatriz comenzó a buscar, entre las pulseras atadas a sus muñecas, una en particular. Se sobresaltó.

“¡Oh my God! ¡mi pulsera azul! ¡mi pulsera de otoño! ¡no puede ser! Se debió caer camino hacia aquí. Jugaba con ella, y la ventanilla del auto estaba abierta… y justamente esa iba a dejarte…”.

“¡Chanfle! Pues… ni pedo”.

“¿Cómo que “ni pedo”? ¡Ve por ella, tonto!”.

El labio le tembló a Alonso.

“¿Po…por ella? ¿Exactamente en dónde se te cayó?”.

“No lo sé, primo, quizá a mitad de la carretera. Probablemente quedó atorada entre la maleza; brilla en la oscuridad, ¿eso ayuda?”.

El chico se puso más nervioso. En las bocinas se reprodujo la versión de Greensleeves del Mariachi Tecatitlán; esta melodía ambientaba aquella escena en que Alonso comenzó a entrar en pánico.

“Beatriz… primita, tengo fama de ser bravo, ya te lo habrán dicho mis tías, que no dudan en pedirme que mate a las ratas que se meten a la cocina, o que busque, en la bodega, algo que necesiten, a pesar de que está habitada por un ánima chocarrera. Pero, esta noche, en la Noche de Difuntos, y en la Carretera de las Ánimas… ¡Chingá! No puedo ir. Los muertos regresan con permiso divino a nuestro mundo. No me imagino el montón de almas en pena que se reunirán ahí. Los disparos y los gritos de lucha y dolor de los que ahí perdieron la vida, capaces de helar el corazón más devoto…”.

“En pocas palabras… ¿Estás asustado?”.

“Nel, sólo soy prudente… ¡Qué chingados! ¡Sí! ¡Estoy asustado!”.

“Tranquilo, Alonso, entonces no tienes que hacerlo, nadie te obliga”.

Alonso se sintió humillado. En su garganta comenzaba a hacerse un nudo, pero lo disolvió al instante con su respiración profunda, en un intento de recuperar la compostura. Se levantó y dirigió una mirada desafiante a Beatriz.

“Wacha, primita…”.

Y salió corriendo de la casa.

El cielo rugió y calló un fuerte aguacero, pero eso no impidió que Alonso siguiera su camino rumbo a la Carretera de las Ánimas. Corrió a sus orillas, en busca del recuerdo de Beatriz. De repente se tropezó, embarrándose de lodo. Levantó la mirada, y vio los enormes ojos de lo que parecía ser un niño en cueros. El niño le hizo señas para que lo siguiera, y Alonso, empapado, y movido por un impulso extraño, lo obedeció. Entre la maleza, creía vislumbrar una cola gris que colgaba de su coxis, pero lo pasó por alto, seguro era un espejismo por la intensidad de la lluvia. Lo siguió, hasta que el pequeño se detuvo y señaló un montoncito de pasto marchito que se movía agitadamente por el viento y que no despegaba su raíz de la tierra. Ahí estaba, ¡la pulsera fluorescente de Beatriz!

“¡Sí!”, exhaló, aliviado. Tomó la pulsera, y la abrazó en su pecho.

De repente, una camioneta negra dio el frenón frente a él. De ella se bajaron varios sujetos armados y acorralaron a Alonso.

“¿Qué hace aquí, morro?”, dijo el líder del grupo.

Un relámpago hizo temblar la tierra.

“¿No les avisamos lo que les iba a pasar si transitaban por aquí de noche?”.

Alonso respiraba agitadamente, apenas comenzaba a entender lo que sucedía. El sujeto siguió hablando.

“Aquí se aparecerán los muertos en la noche, pero, nosotros… ¡Nosotros estamos muy vivos!”, y le mostró una sonrisa poblada de dientes de oro.

En el dormitorio asignado a Beatriz, la niña tenía problemas para quedarse dormida. Los relámpagos la sobresaltaban, y había algo más, algo fuera de lo común que actuaba sobre el tiempo. Un rayo iluminó su habitación, la ventana se abrió y la lluvia comenzó a empapar el cuarto, escuchó que gritaban su nombre: “¡Beatriz!”

Ella entró en pánico y tomó el escapulario de Alonso. Comenzó a rezar. De pronto oyó los pasitos apresurados de alguien que corría de un rincón del cuarto a otro, Beatriz echó un vistazo, no vio nada. Volteó hacia el costado derecho de su cama, y pegó un brinco. De pie, junto a ella, estaba un niño desnudo con enormes ojos, en cuyas pupilas se perdió, hasta quedarse dormida.

A la mañana siguiente, despertó sana y salva en su cama. A su memoria inmediata vino el delirio de la noche anterior; le hizo gracia y comenzó a reírse. No cabía en sí de su alivio. Esto se vio interrumpido cuando, al mirar de reojo la mesita buró, notó que había algo extraño en ella, observó con detenimiento, y con horror comprendió de qué se trataba: Su pulsera azul, rota de las puntas y en sangrentada, descansaba ahí, y su sola presencia era tan sobrenatural que la niña logró adivinar mil cosas en torno a esta, cosas que la dejaron tiesa del horror y de la pena.  El alma de Beatriz dejó su cuerpo de inmediato.

La encontraron inerte y fría, recargada sobre la cabecera de su cama, cuando sus tíos entraron a darle la trágica noticia de la muerte de Alonso, cuyo cuerpecillo había sido encontrado descuartizado a las orillas de la carretera, con un mensaje firmado por el Cártel de los Lobos.

Durante la noche de Todos Santos, cerca de la carretera, en donde fue puesta una cruz de recuerdo dedicada a Alonso, es posible ver el fantasma de Beatriz hincada, llorando a su primo, con el escapulario enredado en sus pálidas manos y empapado de sus gélidas lágrimas, las lágrimas de todo un país que llora a sus muertos.

 

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El contenido del presente texto es responsabilidad del autor y no representa las opiniones de la Coordinación de Difusión Universitaria.

 

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