
Paola E. Haiat
El par de grandes ojos se desvía de la ratonera y checa la hora.
Otra vez el mismo pensamiento. Le da vueltas en la cabeza. Le cuesta respirar. El respirador artificial marca que le queda poca batería, debe buscar una cafetería donde tomar algo y recargar su equipo. Sus manos tiemblan involuntariamente. No puede recordar su propio nombre.
Náuseas otra vez. En cuanto entra al café vomita en el retrete de su hermoso baño todo lo que desayunó. Es la quinta vez en la semana que es incapaz de retener cualquier cosa. Se mira en el espejo y mete un poco de agua en la boca para librarse del mal sabor. Se repasa las ojeras con los dedos.
Lleva embarazada tres meses y ya ha estado hospitalizada cinco veces. La farsa de que un hombre la acompañaría en todo el proceso no le duele, pero le incomoda. No entró buscando amor, sino alguien con quien tener sexo constantemente. La desilusión que se llevó cuando se dió cuenta de que era una máquina la que la inseminaba y que no había ninguna clase especial de acompañamiento la hizo quebrar las ventanas de su apartamento. Sin protección contra la toxicidad del aire y el largo tiempo que estuvo expuesta tuvo que cambiar los cubrebocas por la máquina cuya batería era tan corta como la inseminación artificial que le practicaron. Ya ni Ricardo había durado tan poco.
Empieza a respirar más rápido, y se da cuenta de que no está sola. Una chica muy arreglada con lindos tacones la observa de reojo mientras se pone labial frente al espejo.
“¿Qué miras?”, le espeta mientras echa un poco más de agua en su rostro.
Está cansada de tantas mujeres. Sale a la mesa a pedir un expreso. Ve lo nebuloso cubriendo las calles. Observa las siluetas femeninas paseándose de un lado al otro, buscando refugio en alguna tienda. La sensación de estar atrapada en un laberinto empieza a oprimirla. Más y más náuseas. El temblor de las manos aumenta.
Se siente fuera de sí. El café se cae de la mesa. La batería no está cargada, pero no importa. Hace días que lo piensa. No espera a que las voces de su cabeza la contradigan.
Sale a las calles sin su respirador artificial.
Un nombre más que tachar en la lista.
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