
Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos
Esta es la historia de un niño que se convirtió en hombre para cumplir con su destino. Sucedió en la puesta del quinto sol, un sol que sólo murió para los mexicanos.
El país estaba al borde de otra guerra. Un nuevo fraude electoral desató el intento de un golpe de estado. Las masas civiles en revuelta se veían en todo el país. Se temía por la segunda venida de las huestes del norte que, cumpliendo con la tradición, llegaron para “ayudarnos”. Izaron su bandera roja con azul, adornada con cincuenta estrellas, blandieron sus rifles de asalto y volaron sus enormes helicópteros bombarderos sobre nuestros cielos. Era la oportunidad de oro para intervenir y ahogar cualquier verdadera revolución. ¿Cuánto estarían dispuestos a pagar los mexicanos por un buen arsenal para autodestruirse poco a poco?
En la entidad más conservadora de México, mantenían su poder el gobernador Santoro y su amada esposa, la Señora de Santoro, ambos ejemplares padres de familia, portada de varias ediciones de la revista “Sonrisas”. Su hijo único heredó el nombre de su padre y del soberano con el que lidió Platón en Siracusa: Dionisio.
La casa de la familia Santoro, construida con sangre y sudor, pero no con el suyo, se alzaba como un hermoso palacio a unos metros de la zona más rica de la ciudad. Olía a los años de juventud arrebatados al pueblo y al país. Su fresca fachada se ensombreció ante la multitud: gente viuda, gente huérfana, gente exiliada de la esperanza, a su vez premonitorios del final de la tierra en el ombligo de la luna, se acercaban a la enorme mansión para rendir cuentas. El caballero que encabezaba a la multitud habló por el altavoz:
“¡Señor Santoro! ¡Miles de hombres y mujeres están siendo asesinados! hay un total desempleo, hambre… ¡Todos los hospitales públicos han cerrado! ¡No nos dicen qué está sucediendo! ¡Estamos incomunicados con el mundo y con las autoridades! Mientras, usted y su familia viven como reyes en esta, ¡la asquerosa hucha de un enorme prostíbulo! ¡Vendió a la ciudad! ¡Salga y de la cara, poco hombre!”.
Si fuera otro día, el señor Santoro habría esperado a que la multitud terminara su manifestación y se retirara. Este día era diferente, se gritaba una verdad directa: Él había vendido la ciudad, en serio la vendió. Su Dios, que colgaba en forma de crucifijo de oro en su pared, dijo alguna vez “vende todo lo que tienes y sígueme”, y eso pensaba hacer, venderlo todo e irse lejos, muy lejos, a donde el olor a muerto no llegara.
Su esposa, como acostumbraba, se paró detrás de él a ver el espectáculo. La función comenzó. Los gladiadores, protegidos con casco negro y escudo transparente, llegaron por la espalda de la multitud y aporrearon sin piedad a todos. Fue un ataque sin precedentes en esa ciudad, el pueblo ya no tenía nada que ofrecerle a su gobernador, y esto era mutuo. ¿Quién perecería primero?
Anocheció. Muy lejos de ahí, el joven Dionisio pasaba una botella de Mezcal 300 Conejos a sus amigos. Estaban sentados alrededor de fogatas cuyo humo se mezclaba con el de su mejor marihuana. Las bocinas de sus camionetas reproducían indie rock que envolvía una tertulia de casi cien jóvenes amontonados en un terrenito afuera de la ciudad. Dionisio, con algunos tragos de más, comenzó a hablar mejor de lo que lo hacía sobrio.
“Hoy estamos festejando. Llegamos a nuestro nuevo hogar, aquí tenemos todo para sobrevivir y construir un refugio de libertad, paz e igualdad. Somos incomprendidos, pero, en un mundo de ancianos belicosos y retrógrados, nosotros hacemos la diferencia”.
“¡Viva la libertad! ¡No más tabúes! ¡Todo es verdad! ¡Que mueran las barreras! ¡Esta era apenas comenzó!” se escuchaba en las bocas de algunos de sus amigos y también se leía en muchos de sus tatuajes. Dionisio y su enorme séquito sentían que el tiempo se detenía en ese bosque. Se levantaban, corrían, alucinaban, reían, fornicaban. Era una feriae romana celebrada al borde de la caída del imperio.
El muchacho se tumbó en el pasto, apagando poco a poco su risa, mirando las estrellas y dando nuevos nombres a las constelaciones. A su cielo estrellado lo opacó la cara de Ari, su mejor amigo, que no se había dejado ver hasta ese momento.
“¡Había olvidado que viniste!”.
Ari le respondió serio y sobrio.
“Sí, aquí estoy. ¡Vaya! Es impresionante su entusiasmo, más que nada en estos momentos en que…”.
Dionisio se levantó dando un salto resorte y lo interrumpió.
“Tú disfrútalo. El mundo nos regala esto. Estamos en un mundo de abundancia, hay que vivirlo. Este nuestro edén, nuestro festín de placer”.
“Sí me parece perfecto, es solo que algo me da mala espina, ¿El terreno es de tu papá?”.
“No, sólo lo encontramos”.
“¿Y si es de alguien? ¿Por qué no mejor se fueron a uno de los terrenos de tu papá?”.
“Nel, la tierra no es propiedad de nadie, no existe nada como la propiedad privada. Además, ninguno de esos terrenos está en medio de la nada, como este”.
“Sí, lo entiendo, las cosas no están muy bonitas en la ciudad y sus alrededores, pero, ¿Y si el dueño llega? ¿Qué harás?”.
“Tendrá un lugar aquí, lo recibiremos con los brazos abiertos. Imagínate qué enamorado quedará de este paraíso al que nunca se había dado oportunidad de soñar”.
Su plática y su caminata los llevó a una cabaña pequeña y vieja. Entraron a husmear. Efectivamente, alguien vivía ahí, el trabajador de ese pequeño terreno, que no estaba en casa. En una mesita yacía una caja vacía cuya tapa indicaba que ahí dentro guardaba una pistola de salva. Dionisio tomó esto en cuenta, y luego escuchó la impertinente pregunta de su amigo.
“¿En serio piensas quedarte aquí?”.
“¿Y por qué no?”.
“Tu papá no durará mucho tiempo en su puesto, el ejército del norte está llegando. Esta es una carrera en la que gente como tu papá y los gringos juegan a ver quien acaba con la prole primero, y la prole ya se puso perra. Primero se irán sobre tu viejo”.
“Pues… merece ser destituido. Es un fascista, y su destino es ser derrotado”.
“Será más que derrotado, amigo. ¿Lo dejarás solo? Tú eres su hijo”.
“¡Pero no soy como él!”.
“¿Cómo no? Tú vives del mismo dinero, la gente de abajo te sostiene”.
“Pero no en vano. Yo comencé proyectos de caridad que mi viejo nunca habría hecho, te consta”.
“¿Para qué? ¿Para hacerla de figura pública altruista? Son tiempos difíciles para reafirmar el estatus social, ¿verdad?”.
Mientras tanto, en la mansión de Santoro, la Señora de Santoro sostenía una pistola con el cañón humeando al rojo vivo. Frente a ella, el cadáver de su esposo yacía boca abajo, con la nuca agujerada. La Señora de Santoro, que ahora había recuperado su nombre original a punta de gatillo, tenía las mejillas empapadas de lágrimas. Su dolor venía de ver al hombre con el que se casó disfrutando del espectáculo en que elementos del ejército acribillaban a los civiles. Hizo lo correcto, lo sabía, porque una lágrima que cayó en su boca, más que a arrepentimiento, le sabía a furia y a libertad.
Caminó hacia la enorme sala de esa hermosa mansión que, al aletear sus cortinas rojas como si fueran manos, la despedía, melancólica. Se acercó al estante de los portarretratos, tomó una foto de Dionisio, sonrió, la pegó a su pecho, miró la colosal ventana, en que se apreciaban las estrellas, levantó la pistola y la puso en su nuca.
“Él va a caer. ¿Y luego de eso? ¿Qué harás?”, le dijo Ari a Dionisio.
“Irme, irme lejos. A otro país. En donde no haya armas ni odio. En donde yo pueda vivir feliz y placenteramente”.
“¿Y con qué dinero? La lana es de tu papá. Ya no tienes nada… ni a nadie”.
Dionisio se estremeció, encorvó su espalda, puso sus manos en su pecho y abrió mucho los ojos, estos se humedecieron al instante. Se volvió hacia Ari y, enseñando con rabia los dientes, se le fue encima. Lo azotó sobre la mesita de la cabaña y puso sus manos alrededor de su cuello, presionándolo con fuerza.
“¿Qué dijiste? ¿Qué dijiste, maldito imbécil?”, le dijo entre dientes.
Ari se rió como pudo y le dijo todo con la mirada. Eso lo hacía desde que ambos eran niños. Ari siempre sabía lo que se supone que no podía saber. Forcejeó con Dionisio y logró aflojar un poco sus manos.
“Se acaba el tiempo, amigo…”.
Dionisio soltó a Ari y torció la boca en un puchero.
“Pero… soy sólo un niño…”, dijo con la voz cortada y derramó una helada lágrima por el ojo izquierdo.
Ari, deteniéndose en la orilla de la mesa y sobándose el cuello, sonrió lastimoso.
“Veintiún putos años… ¿y aún no estás listo para enfrentar el destino?”.
“Yo… yo… no sé… esperaba a llegar a la adultez, la adolescencia termina a los veinticinco, ¿no?”.
“Ustedes y sus mitos pendejos…”.
Un disparo sonó a lo lejos. Alarmado, Dionisio abrió la puerta para ver qué sucedía. Trapero y malicioso, Ari lo tiró al suelo. Desde ahí, Dionisio vio aturdido a la multitud en pánico; sus amigos gritaban y corrían por sus vidas. Se levantó y corrió al campamento.
Ahí, en el destrozado campamento, con las fogatas a medio apagar, las tiendas destrozadas y las botellas rotas, Don Pedro, vigilante y trabajador de ese pequeño terreno recargaba otra salva y veía lo que habían hecho con la tierra. Si su patrón regresaba, no se la iba a acabar.
Un joven drogado con cristal corrió hacia él. Don Pedro disparó su segunda salva para alejarlo. El chico ignoró el estruendo y lo molió a palos. Uno de los dos guardaespaldas contratados por el grupo llegó tarde a la escena, hizo a un lado al joven y sometió al señor con cuyo rostro estaba amoratado y sangrante.
Dionisio llegó. Contempló a su paraíso devastado. Bajó la mirada y lloró por dentro. Miró furioso a Don Pedro. Dio una orden al guardaespaldas.
“¡Ya suéltalo!”.
El guardaespaldas soltó a Don Pedro, que se sostuvo poniendo sus manos sobre el piso. Inmediatamente, Dionisio cubrió su cabeza y se tiró al suelo.
“¡Aguas! ¡Va a agarrar la pinche pistola!”, gritó.
El pobre guarura se sobresaltó, retrocedió un paso y cayó al suelo. Don Pedro se volvió hacia él con la frente arrugada del desconcierto. El guardaespaldas desenfundó velozmente su pistola y disparó tres veces sobre el campesino. Respiró agitadamente y contempló su cuerpo inerte y destrozado. Vió la pistola de salva de Don Pedro en el suelo, se quedó pensando un momento, y, horrorizado, volteó a ver a Dionisio.
“Pe… ¡Pero si era una pinche pistola de salva!”.
El muchacho fingió sorpresa.
“¡No inventes! ¡Me hubieras dicho!… a menos que realmente hubieras querido matarlo tú. Eso te convierte en un asesino a sangre fría, ¿no?”.
“¡N…No! ¡So…sólo…me asusté!”, respondió tartamudeando; arrojó su pistola al suelo, cubrió su cara y se sumió en la vergüenza, la confusión y el arrepentimiento.
“Vaya, qué lástima”, dijo Dionisio, mientras se acercaba al sitio en donde descansaba la pistola de su empleado, que aún tenía cinco balas en el cartucho. La tomó y se dirigió a su camioneta, a paso lento. “Mucha lástima”, susurró, mientras abría la portezuela, se subía al vehículo, la cerraba y arrancaba…
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