La misteriosa muerte de Herman Volker

Por Rayo Cruz   Los indios aman las fiestas y suelen emborracharse con frecuencia. El primer fin de semana que […]

Por Rayo Cruz

 

Los indios aman las fiestas y suelen emborracharse con frecuencia. El primer fin de semana que pasamos en Santa Cruz era la fiesta del “Silencio” en la comunidad vecina. Fuimos todos a conocer su manera de festejar y convivir. Cuando llegamos me sorprendió que todos bebían el mezcal en la misma copa (su copa era un diminuto calabazo cortado a la mitad), cada uno tomaba un trago y pasaba la copa a la persona de al lado y así hasta volver a comenzar de nuevo el recorrido del círculo. De ese modo también se bebía el pulque. Las señoras hacían las tortillas muy grandes, las colocaban en la base de un bule enorme que estaba en el centro de la mesa. Era imposible coger una tortilla por persona, se tenía que comer cada una de manera colectiva: cada comensal toma un pedazo y así una tras otra. La gente comía sentada en el piso de tierra, unos sobre sus rodillas, otros con las piernas extendidas, y su plato (cuando era necesario) colocado entre los muslos. Nada de cubiertos, había que meter los dedos en el plato para morder la carne; la misma tortilla servía como una pequeña cuchara con que se tomaba el caldo de los guisados. La mesa sólo la ocupaban para colocar su cosas encima, pero con nuestra visita la arreglaron para comer ahí.

En la fiesta del Silencio conocimos un ritual bastante extraño. Cada persona tiene el deber moral de recorrer las casas del pueblo para mendigar comida: llegas y saludas a la familia y te ofrecen un café o un pedazo de tortilla que debes guardar en una bolsa y que deberás consumir en tu casa hasta agotar la reliquia, que así llaman los pedazos de tortillas colectados en la peregrinación de casa en casa. Ellos dicen que es una manera de ganarse el derecho de ir al cielo a la hora de morir, porque si Dios ve que en vida no juntaste “reliquias” no te permitirá la entrada al otro mundo. Eso sucedió con Doña Sofía; una viejita medio simpática que murió  a causa de un “mal aire”. Cuando ella murió bañaron el cadáver, –en Santa Cruz es una práctica común- y lo vistieron con ropa y calzado nuevos. El velorio transcurrió sin mayor detalle, pero el día del entierro justo antes de partir hacia el cementerio, el cadáver volvió a la vida y todos los presentes cayeron de rodillas por el espanto. Cuando recuperaron el aliento Sofía estaba mirándose, incrédula, con la mirada triste. Tardaron en reconocer que todo era real; la mujer había vuelto a la vida después de estar muerta unas horas.

Con cierto temor su familia se acercó a ella y alguien pidió una explicación. “Al llegar a las puertas del cielo –dijo Sofía- San Pedro miró un enorme libro que tenía entre sus brazos, vio que yo iba a misa todos los domingos y me confieso como manda la ley; también vio que hice la primera comunión y la confirmación, y me casé por la iglesia y cumplí con todos sus preceptos. Pero luego movió la cabeza negativamente y dijo que no tenía autorización para pasar al otro mundo; había fallado con la colecta de reliquias y nunca abrí mi casa para regalar un pedazo de tortillas a quienes lo pedían, ni ofrecí nunca un vaso de agua a los que sudaban en este mundo. Por eso Dios me pidió volver a la vida para dar testimonio de cuán grande es esta costumbre. Mi encomienda es que los jóvenes la practiquen y que den de comer al hambriento y de beber al sediento”.

 Hace apenas unos días hablé de eso con Jesús. Se sorprendió con esta historia porque dice: “sólo algunos ancianos y algunos jóvenes que no fueron a la escuela mantienen esa tradición. Ahora, en las fiestas, la comida se vende o sólo te invitan a comer tus familiares y amigos”. Estos jóvenes de ahora ya no son como los de antes. Antes había mucho respeto por las costumbres antiguas. En Santa Cruz a pocos les sigue interesando el Padiuxh, como llamaban este ritual en su idioma. Mira que ahora ya ni hablan el idioma, sólo algunos ancianos y algunas personas que no fueron a la escuela. Bueno, el progreso tiene sus precios y desprecios, pero qué hermoso hubiera sido llegar a la modernidad con un idioma propio y su aprecio. A veces me da por pensar que estamos condenados a la eterna nostalgia de nuestros ancestros. Yo aprendí un poco del lenguaje de los indios, aunque a estas alturas he olvidado muchas cosas. Y más aún, pude penetrar ciertos misterios que en su mundo se encerraban.

 El día de la fiesta, mientras comíamos, vimos llegar a un hombre muy alegre a la casa dónde estábamos. Era un muchacho esbelto, alto y fornido; hablaba con la gente en su propio idioma y todos lo aclamaban, era el centro de atención en todos lados. Los niños lo seguían y él los abrazaba y jugaba con ellos largo rato. Después nos dimos cuenta que su acento difería de los oriundos, aunque desde el principio nos llamó la atención su apariencia; el hombre vestía jeans desvencijados y playera al estilo occidental; en sus pies llevaba unas sandalias que se fabrican en la región; aunque, en realidad, la mayoría de la gente del pueblo andaba descalza. Tenía la barba al estilo de Fidel y el pelo corto de color rubio oscuro. Sus ojos eran de miel intenso. No había que darle muchas vueltas para saber que era un extranjero. Luego notó nuestra presencia y vino a sentarse a nuestra mesa.

 -Amigos, ¿qué los ha traído hasta aquí? –dijo en un español perfecto, pero con una pronunciación más cercana a la forma de hablar de los indígenas.  

 El primero en responder fue Manuel que evidentemente estaba impresionado con ese hombre. Yo siempre he sido frío cuando conozco personas nuevas, especialmente con los extranjeros.

 –Trabajamos en el  Instituto Nacional Indigenista, hemos venido a hacer un estudio sobre la música tradicional de estos pueblos –, dijo y todos asentimos, luego nos dimos la mano y cada uno dijo su nombre; así supimos que él se llamaba Herman, Herman Volker.

 -Nací en Viena, pero los zapotecos nacemos donde nos da la gana –, respondió a nuestro interés sobre su origen. Luego supimos que al llegar a la región sólo hablaba inglés y alemán, pero en poco tiempo aprendió el zapoteco. Lo hablaba mucho mejor que el español, pues a este le daba las características propias de los indígenas, su pronunciación tenía una tonada rara; era una mezcla entre acento de indio y de gringo. Sonaba un poco como Tizoc y la India María, pero tenía al mismo tiempo el acento de un extranjero, y usaba palabras como maistro o asté. Ya sé que esto es increíble, pero así era; no sé si lo hacía de manera intencionada o reproducía inconscientemente el estilo del lugar donde vivía.

 

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