Marco Tulio Sánchez Rosario
Estudiante de Ingeniería en Logística
Formar parte de un equipo representativo deportivo conlleva una gran responsabilidad, pues involucra portar la playera de la universidad, hacerla notar y sobresalir de entre todas las demás. Esta tarea es más difícil de lo que parece. No sólo es practicar un deporte o verse bonito en uniforme, significa invertir dos horas al día, los siete días de la semana, esperando que el sábado o domingo haya algún partido importante. Dejar a mi familia en Apizaco, en el cumpleaños de mi mamá o la primera comunión de mi hermano para llegar a ver los mismos 11 rostros de mi equipo, mi segunda familia. ¿Y saben qué? Vale completamente la pena.
Creo que esa es la gran característica de un atleta. Para quienes el deporte significa la vida, no sólo mantenerte en forma o conocer gente diferente, estados y ciudades nuevas, es crear un compromiso contigo mismo. Volverte responsable de todos tus errores y cargarte la responsabilidad de resolverlos. Es muy cierto el dicho de que como te desempeñas en la cancha te desempeñas en el día a día cotidiano. Y es que las aptitudes que te brinda el deporte como el valor, compromiso, la resiliencia y la responsabilidad se ven reflejadas en todos los aspectos de tu vida.
Pero todo esto fue afectado por un acontecimiento que nadie podría haber previsto, una pandemia. La vida se detuvo, la convivencia con otras personas, el salir a la calle, comer en un restaurante y, en mi caso, como en el de muchos otros, el deporte; todo esto se vio limitado a las cuatro paredes de nuestro hogar y por una puerta que no podía abrirse.
Recordemos lo que dije anteriormente, el deporte es mi vida, el voleibol, mi todo. Cada día duraba más, las horas eran más largas y mis pensamientos cada vez más profundos. Debo aceptar que hubo días que pudieron más que yo, pero no iba a dejar que me derrotaran. Tomé mi balón, salí a mi cochera y cerré los ojos, imaginando que estaba entrando al mismísimo Eurusuole Forum, que le daba un pase perfecto a Joshua, quien le acomodaba una gran bola a Leo, pegando un remate al opuesto, el otro equipo acertaba y levantaba el remate, armando una buena jugada que se sofocaba en el excelente bloqueo de Andrés.
Abrí los ojos y fue duro ver que lo que tenía a mi alrededor era un piso de adoquín manchado de grasa y mi perrito esperando a que lo acariciara. Pero el sentimiento fue suficiente para tomar una decisión: no rendirme nunca.
Mantener la esperanza de regresar a una cancha, fue lo que me hizo resistir esos días sin voleibol. Intentar que el equipo siguiera unido era una responsabilidad grande siendo el capitán del equipo. La esperanza no debía caer, y hacerles ver a mis compañeros que en cuanto estuviéramos de vuelta todo iba a ser mejor, fue duro, pero lo conseguimos.
Hemos vivido muchas experiencias juntos, altibajos, ir y venir de gente, preparación física y mental, todo para crear un gran objetivo final, convertirnos en uno de los mejores equipos de Puebla. Aún estamos en el proceso y debo decir que ha sido más complejo y tardado de lo que pensábamos, pero estoy emocionado por ver cómo termina.

