Encendió su auto con una ligera sensación de alegría; una tímida sonrisa se asomó en sus labios, pero desapareció instantáneamente cuando apenas empezaba a dibujarse. Luego se miró en el retrovisor interno y acarició el pelo que le colgaba en la frente, lo acomodó hacia atrás. “Me vendría bien un corte”, pensó.
Corrió la palma de la mano derecha sobre su espesa barba para recordar cómo se estremecía la chica de anoche cuando él posaba su mejilla sobre sus senos, sintió oír de nuevo sus gemidos mas no dio sitio a los recuerdos, sólo hizo una mueca de victoria y una risa gutural que se esfumó por la nariz. Se veía bien. Con todo, había dormido suficiente. Se sentía perfecto para empezar el día con el pie derecho. Volvió las manos al volante y puso en marcha su coche.
Empezó a cantar su canción favorita. Cuando topó el primer alto aprovechó para enviar un WhatsApp a su madre que vivía en Cancún, “Ma, te aviso que voy pasar el fin en el Popo”. El semáforo dio luz verde; él aceleró, en ese momento empezó a sonar el teléfono, era su mamá que llamaba para recomendarle prudencia y mesura, él no atendió la llamada porque sería la misma cantaleta de siempre, sabía exactamente las palabras que las mamás dicen a sus hijos todo el tiempo. “Ya no soy un niño, Ma, este año termino la universidad”, pensó con cierta molestia en su interior.
Era un chico de buena cuna, aunque sus abuelos habían tenido que hacer grandes esfuerzos para forjar su fortuna. Además, ser hijo único le había dado la oportunidad de ingresar a una escuela de élite. Cuando él se mudó sus padres compraron una casa para que su hijo tuviera todas las comodidades propias de su clase.
Pasaron unos minutos, la isla de los ricos de la ciudad había quedado atrás. Ahora iba atravesando una zona más popular, era el paso obligado para llegar a Cholula.
Mientras el semáforo alumbraba su lámpara roja contempló con compasión y hasta cierta lástima a una mujer tzotzil que cargaba un bebé en la espalda mientras vendía dulces y otras golosinas. Durante un par de segundos miró al niño a los ojos, pero de inmediato evadió ese sentimiento que, según sus amigos de la alta sociedad, era una debilidad que caracteriza a los perdedores, entonces tomó sus lentes oscuros y se los puso y siguió su camino.
En Cholula lo esperaba Néstor, el hijo de un acaudalado político poblano. Se encontraron con otros amigos de la universidad, después se dirigieron a la villa turística Buenavista, un fraccionamiento campestre ubicado en las faldas del Iztaccíhuatl. El padre de uno de ellos era propietario de un lote de 500 hectáreas en el bosque y alquilaba cabañas para la gente que suele huir del estrés citadino los fines de semana.
Mientras conducía en la terracería por donde se asciende a la montaña no dejaba de pensar en una nueva aventura, pues sólo se vive una vez y había que disfrutar al máximo cada segundo. Asumía la muerte con la más absoluta serenidad porque es el fin inevitable de toda existencia.
Una camioneta lo rebasó y el polvo creó una bruma que ocultaba la panorámica del volcán Popocatépetl. Recordó una palabra que creyó haber escuchado entre las mujeres indígenas que vendían en el semáforo, era algo así como matla o malta, le dio por pensar en ese idioma arcaico y subdesarrollado de los indios de este país, luego prefirió no clavarse en descifrar palabras carentes de sentido en un mundo civilizado y completamente separado de las mentalidades primitivas. Trató de pensar en las bellas damas que había seducido; la colección había crecido desde que una tarde de abril se iniciara con una mujer 8 años mayor a sus dieciséis. Se sentía orgulloso de su suerte. Su fama de conquistador nació desde que en la secundaria, la maestra Leticia (una mujer madura que rondaba los 40) se excitó súbitamente al mirar la erección impertinente de aquel adolescente libidinoso; la profesora se frotaba los senos disimuladamente frente a la clase, parecía como si le estorbara el sostén. Todos comprendieron lo que estaba pasando porque además le cambió la voz y la sangre se le acumuló en el rostro.
Diego y sus amigos llegaron al bosque. Bajaron al restaurante y comieron un banquete de truchas, después tomaron una siesta. Por la tarde subieron a la capilla donde no pudieron entrar porque había un retiro espiritual de jóvenes ignacianos organizado por los jesuitas. Diego pidió a sus compañeros que permanecieran ahí acechando alguna doncella desprevenida, pero nadie salió de la capilla.
Cuando el sol empezaba a esconderse detrás del horizonte decidieron bajar a las cabañas. Era uno de esos días largos del verano. Justo esa misma noche habría luna llena que ya empezaba a asomar su cara plateada en el extremo opuesto a la puesta del sol. El grupo de amigos empezaron a beber tequila en la terraza del restaurante, una hora después llegaron los del retiro para tomar la cena. Diego clavó los ojos en una bella mujer que estaba en la mesa de enfrente, se juró a sí mismo que esa noche la tendría en su cabaña.
Más tarde los del retiro hicieron una fogata y asaron bombones. Diego siguió bebiendo con sus amigos, como a las once de la noche se levantó de su asiento y fue al baño, ahí encontró a una chica que él confundió con aquella que había mirado en la cena. Había bebido lo necesario para tener la visión borrosa, pero no importaba porque ninguna chava se le iba de las manos cuando él se proponía acostarse con ella.
La miró de los pies a la cabeza y le pareció que era extraordinariamente bella. Ella sonrío. La mujer vestía de blanco, como si ya estuviera dispuesta para dormir. Era una mujer blanca, tan blanca que Diego pensó: “quizá sea extranjera, una gringa de las que abunda en mi universidad”. Todo era blanco, desde la chaqueta hasta las pantuflas; sólo el cabello negro contrastaba con la blancura que emanaba del resto de su cuerpo. Diego, seguro de sí mismo, puso en movimiento el arquetípico donjuán que lo diferenciaba del resto de los mortales.
– Hola – dijo él.
– ¡Qué onda! – respondió ella con una sonrisa seductora.
– Soy Diego, ¿y tú?
– Maleny… María Elena, pero me dicen Maleny.
Él se acercó a ella y la abrazó. Sintió que un frío emanaba de su cuerpo y penetraba el suyo; aunque su corazón se estremeció por un instante él pensó que era tarde y era normal que la temperatura bajase a esas horas de la noche. No fue difícil ganarse sus besos e invitarla a su habitación.
Diego fue a despedirse de sus amigos, a desearles buenas noches, tenía un aire de campeón en el rostro y su ego se sentía satisfecho. Todos sintieron envidia. Diego tomó de la mano a Maleny; sintió de nuevo el frío que lo poseía, pero sabía perfectamente cómo potenciar el calor interno que se esconde bajo el ombligo de una mujer, por lo tanto no se preocupó. Caminaron a la cabaña, él sentía que los pies de Maleny no tocaban el suelo en cada paso, era como si moviera los pies en el aire.
Estaba tan embriagado que empezaba a delirar con la belleza de su chica. Luego sintió que su blancura resplandecía bajo la luz de la luna. Se frotó los ojos para cerciorarse de que sólo era el efecto del alcohol. Creyó escuchar el canto de un gallo a lo lejos, mas no se distrajo porque adentro le hervían las ganas de poseer a María Elena. Cuando llegaron a la habitación se besaron ardientemente, poco a poco se despojaron de sus vestiduras. Ella admiró sus músculos y los acarició, el quedó asombrado por la voluptuosidad de aquella figura. Cayeron en la cama abrazados, empezaron los suspiros, la respiración de los dos se aceleraba y entrecortaba. Era un ir y venir de frotarse un cuerpo contra el otro, como recorrer una montaña rusa que atravesaba el cielo y se prolongaba hasta el infinito, de pronto un espasmo incontenible los obligó a cerrar los ojos y volver en caída libre al espacio real que los envolvía.
Con los ojos aún cerrados, emitieron al mismo tiempo un gemido de satisfacción. Diego volvió a sentir ese frío que le congelaba la sangre, pero ahora subía de las ingles hacia el resto de su cuerpo. Su corazón tembló levemente y su mente empezó a aclararse, después de hacer el amor la circulación de la sangre había hecho que disminuyera su borrachera. Sintió a Maleny todavía encima de él, unos pelos rozaron la parte de su cuerpo que estaba en contacto con ella, las manos de ella reposaban en el pecho fornido de él pero era como si le clavara unas uñas filosas y puntiagudas en las costillas.
Diego abrió los ojos, la figura de Maleny se había metamorfoseado por completo; carecía de rostro, sólo colgaba de su cabeza una larga cabellera que le cubría completamente, su torso estaba lleno de un plumaje oscuro que se extendía por unos brazos que ahora eran las siniestras patas de un guajolote y le oprimían la garganta, hizo un esfuerzo por mirarle las piernas, vio dos patas de caballo cubiertas de pelambre negro. De pronto apareció frente a él un rostro diabólico que soltó una carcajada cuyo eco se esparció por el bosque.
Eran las tres de la madrugada, pero él había perdido la noción del tiempo. Su corazón latía con tanta fuerza que parecía explotar. Diego recobró la conciencia, pudo pensar y pensó en Dios, él que siempre negaba la existencia de un ser superior ahora intentaba balbucear una vieja oración aprendida en la infancia con su abuela. No podía. El terror le había paralizado, intentó sacudirse de que aquello que lo sometía, no logró siquiera mover las pestañas.
Una lágrima empezó a rodar por su mejilla porque de la nada empezó a sentir nostalgia. Empezaba a sentir un frío más intenso, pero un impulso vino de su interior y logró quitarse aquella cosa de encima y ponerse de pie. Ella volvió a reír endemoniadamente, él abrió la puerta y echó a correr por el monte, desnudo y descalzo. El frío de la noche lo sintió más pesado, le azotaba la piel un viento que hacía silbar las hojas de los árboles. Maleny iba tras él, casi pisándole los talones.
Diego corrió y corrió hasta llegar a un despeñadero en cuyo fondo corría un inmenso río, la pata de pavo rozó su dorso por última vez y él cayó dando vueltas hacia abajo.
