
José Daniel Arias Torres
Francisco Rivas, escritor y periodista de uno de los diarios más importantes del país, supuestamente el más independiente y honorable, de cuarenta años, divorciado y con dos hijos que escasamente veía, su vida era el trabajo. Su oficina tenía un sillón en el cual dormía al menos tres veces a la semana, igualmente era dueño un pequeño departamento que quedaba a una media hora en auto, no muy grande pero suficiente para un divorciado.
Conozco a Francisco desde la universidad, estudiábamos Comunicación, éramos grandes amigos, de hecho, es a él a quien le debo mi actual empleo, era un gran periodista, apasionado y comprometido, eso le costó su matrimonio y la custodia de sus hijos. Yo, al contrario, era un periodista promedio, su talento era natural, el mío fue más cultural, debieron de pasar un par de años para que yo le encontrara el verdadero gusto a mi trabajo, pronto me ascendieron a Jefe de Redacción. Para este punto debo de mencionar que las amenazas de muerte o atentado que hacían al periódico o hacía los mismos empleados eran el pan de cada día, no obstante, llegaban con tal frecuencia que lo mejor era ignorarlas, de lo contrario te hacías propenso a ser un loco paranoico.
Hay diversas historias perturbadoras, de quinientas amenazas que llegan, se cumplen dos. A mí, a lo largo de diecisiete años de carrera, me ha tocado presenciar cuatro, dos murieron aparentemente de manera indolora, con un agujero en la cabeza, pero de los otros dos no podría decir lo mismo, a uno lo decapitaron, vinieron a arrojar su cabeza a la entrada del edificio del periódico, al otro lo colgaron en su propia casa. Al inicio quisieron decir que fue suicidio, pero pronto, todo nuestro aparato mediático develó la verdad al revelar que, al pobre Juanito, corresponsal de la nota roja, lo habían amenazado de muerte unos días antes ¿Quién lo mató? Sigue siendo un misterio, narcos o políticos, eso por seguro.
En fin, Francisco era un verdadero apasionado del periodismo y de la investigación, le gustaba meterse en temas delicados, yo en más de una ocasión le dije que lo mejor sería que se diera un descanso, pero él nunca me escuchó, no había nada que lo detuviera, siempre lo dijo, ya no tenía demasiado que perder.
Fue el viernes de hace dos semanas, el edificio estaba casi vacío a excepción de Francisco, algunos otros y yo, él entró abruptamente a mi oficina
“Lo tengo, lo tengo”, repetía con una sonrisa en el rostro, “estoy a punto de desentrañar la más asombrosa historia de todos los tiempos, no del estado, del país mismo, Luis, esto va a cambiar el rumbo de la nación”.
Por más que le pedía explicaciones, él no podía hilar sus ideas, estaba extasiado con su aparente descubrimiento, se remontaba a siglos pasados, brincaba al presente, daba nombres históricos y otros desconocidos, fechas sin aparente significado, hablaba de los cultos, de la iglesia misma, del narcotráfico y terrorismo, hablaba como seguro habló Newton o Einstein cuando descubrieron que sus teorías revolucionarían la forma de entender al universo. Me alegré con él a pesar de no entender nada de lo que decía, pero conocía esa sonrisa, siempre que hacía algo bien esa sonrisa afloraba.
Esa noche se fue directo a casa, pasé el fin de semana sin noticias de él, al lunes siguiente no se presentó a trabajar, de momento no le di importancia, di por hecho que se habría sentido mal, aunque, a decir verdad, eran escasas las veces en se ausentaba en el trabajo. Le envié un mensaje para saber si estaba bien, pero nunca lo contestó, no me preocupé, sin embargo, al día siguiente la historia se repitió. Lo llamé al teléfono sin éxito, un mal pensamiento comenzó a rondar mi mente, lo había decidido, esa tarde después del trabajo iría a su departamento, estaba seguro de que nada malo le pasaba, pero mejor prevenir que lamentar.
Llegué hasta la entrada de su hogar, algunos sobres con cuentas y adeudos estaban esparcidos en su entrada, daban prueba de que hacía un tiempo que no había salido o entrado, al tocar la puerta alguien dentro me gritó:
“¡Váyase, estoy ocupado!”.
“Soy yo, Paco, ábreme”.
En seguida escuché sus pasos aproximándose a la entrada, la cerradura se oyó abrirse y él se apareció, la sorpresa fue grande, no era él, era como si en un par de días los años le hubieran caído encima, una espesa barba con canas enmarcaba su boca inexpresiva, sus ojos estaban como apagados y tenía un par de ojeras tremendas, usaba un pantalón de mezclilla y solo vestía con una camiseta, con un tono cansado me invitó a pasar
“Perdona el desorden, Luis”.
Arrimó varios libros y papeles de su sillón y me hizo sentar.
“¿Quieres café o agua?”.
–“Café está bien”. Él entró a la cocina y lo escuché buscar entre los platos sucios una taza, la lavó en el momento y preparó el café. Ninguna de las cortinas estaba abierta, la oscuridad devoraba su casa.
Poco después apareció Francisco con una taza, en realidad era solo agua con una ligera pizca de café, pero no rechisté. Su casa estaba llena de papeles, anotaciones en las paredes, fotografías y libros, era evidente que algo malo estaba ocurriendo con él
“¿Cómo estas, Paco?”.
“Bien, bien. Me contestó sin demasiada energía”.
“¿Por qué no has ido a trabajar?”.
“Me amenazaron de muerte”.
“¿Quién?”.
“No sé, por eso he estado trabajando aquí, no pienso detener mi investigación ¿te acuerdas de Juanito? el de la nota roja, encontró algo que no debía, por eso se lo cargaron, yo lo descubrí, encontré hace semanas un par de documentos que al parecer él dejó en mi archivero antes de que lo mataran, he continuado con su labor, te digo que es la historia por la que cualquier periodista mataría”.
“¿Y de qué va?”.
“No te puedo decir Luis, mientras menos lo sepan mejor”.
“Paco, si lo que me dices es verdad y en realidad te amenazaron lo mejor es que vayas a levantar una denuncia y te brinden protección”. Paco se rió.
“¿Cuántas veces eso ha funcionado Luis? Si esos mismos que se supone te dan protección son parte de la misma mafia, además, los secretos que estoy desenterrando van más allá de las instituciones, son superiores a todo”.
“¿A qué te refieres?”. Paco me observó, al cabo de un momento dijo:
“Bah, si te dijera no me creerías, lo único que te puedo decir es que es mejor que no sepas nada, ahora vete, sé que me está vigilando, no puedes pasar mucho tiempo conmigo”.
“Solo dime una cosa, Paco, ¿vas a volver?”.
Francisco me miró con una mirada triste, no respondió.
“Vete, amigo, antes de que sea demasiado tarde”.
“Solo espero que eso por lo que estás trabajando en verdad valga poner tu vida en juego”.
Esa fue la última vez que hablé con él, estuve tentado en ir a levantar la denuncia a nombre de Paco, pero me abstuve de esa idea, no tenía pruebas de que así fuera y él estaba actuando como loco. Pocos días después me llegó un correo postal, era suyo:
Luis, lamento mucho que me hayas visto de esa forma, agradezco que te preocuparas por mí, mientras redacto este correo sé que mi vida se aproxima en picada hacía su final, no lo lamentes, así lo he querido. He destruido toda evidencia de mi investigación, le he prendido fuego a mi casa, sin embargo, dejé mis conclusiones en la biblioteca estatal, la escondí ahí entre libros, se encuentra en el estante JV entre los libros H665 Y H667, es mi legado y lo hago tuyo, si decides continuar con la investigación ve por él, aunque bien entenderé si no lo quieres hacer, al final de todo esa investigación ya ha acabado con la vida de muchos, no trates de buscarme, espero estar muy lejos, aunque a decir verdad sé muy bien que no hay lugar en el mundo en donde me pueda esconder. Gracias por todo amigo, espero verte en la próxima vida.
Después de recibido el correo me apresuré hasta su hogar, demasiado tarde, los bomberos ya habían extinguido el fuego, pero era evidente que la totalidad del departamento estaba perdida, nunca supieron que había comenzado el incendio, pero el aroma azufroso invadía el olfato sin haber un solo gramo de ese elemento. Los bomberos sustrajeron del edificio un cuerpo calcinado, reconocí que era Francisco de inmediato por su reloj plateado, ya entendía, si no había escondite posible en el mundo de los vivos lo habría encontrado en el de los muertos.
Llegó su funeral, algunos familiares y amigos cercanos acudieron, nadie entendía el porqué de su aparente suicidio, ni siquiera yo, que era quien tenía más claves al respecto. Pasaron los meses, el cubículo que Francisco dejó fue llenado por otro, y yo era acosado cada día por la posibilidad de ir a la biblioteca y leer su investigación, esa curiosidad se volvía intolerable, demandaba ser calmada, era el llamado del periodista por saber la verdad, mientras uno de nosotros viva la verdad también lo hará.
Finalmente, después de tres meses fui a la biblioteca, sucumbí a mi deseo, pensaba que lo más seguro es que alguien más ya hubiera tomado su investigación y al notar que no era perteneciente al acervo se habría deshecho de ella, o bien, lo habría integrado al mismo, en cualquier caso, ya lo daba por perdido, pero al estar frente al lugar que me había indicado me llevé una sorpresa, ahí se encontraba, empolvado, sin título, aún estaba a tiempo, pensaba, solo era cuestión de dar media vuelta y seguir mi camino como si nada, pero estiré la mano, metí el libro a mi maletín y me fui de ahí, acababa de declararle la guerra a lo desconocido como muchos antes de mí lo habían hecho.
¿Era Dios o era el diablo quien estaba detrás de esas muertes?, ¿era uno o era el otro quien no quería que se supiera la verdad?, ¿eran dos que actuaban por separado con el mismo objetivo?, o ¿era uno solo confundido con dos? Si estás leyendo esto ya es demasiado tarde para mí, pero no es demasiado tarde para la verdad, esa nunca muere, que no te asuste el diablo, en ocasiones es Dios disfrazado, mientras exista una verdad habrá quienes la descubran, sin importar la muerte.
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