Polvo somos y en polvo nos convertiremos

  José Daniel Arias Torres   El ser humano es estúpido, criatura temporal-espacial hecha de energía condensada llamada materia, todos […]

 

José Daniel Arias Torres

 

El ser humano es estúpido, criatura temporal-espacial hecha de energía condensada llamada materia, todos somos energía, “polvo somos y en polvo nos convertiremos”, falsa aseveración que envuelve en sí la finitud de la vida, pero quizá en eso radica el error de su especie, en verse como criaturas finitas, eso los hace egoístas al saberse suspirados por el universo una y solo una vez, concebirse como portadores de su propia vida y ajenos al resto, apresurados por sí mismos a pesar de que nadie los persiga, ni siquiera el tiempo pues ellos son tiempo por sí mismos, no logran comprenderse como parte de la energía universal, infinitas criaturas, no son más que parte del todo, no son fragmentos, no son la suma de fragmentos que hacen uno solo, no, nada de eso. Son todo, sencillamente todo. Religiones, ciencia, arte y filosofía, intentos fallidos por preservar su vida tal como la conocen, conciencia, del ser y de la existencia en el universo, egoísmo, muro para concebirse como miembro del universo, mentira al considerarse superior a este, respuesta de miedo ante su muerte inevitable, hacía la transformación que lo difumina en partículas energéticas y cuya inteligencia no le alcanza para saber que viene después.

El espíritu es energía y hablo de uno solo, no son espíritus, es uno que se reincorpora, que reencarna como vida orgánica en ocasiones, que se mantiene como energía en otras, que se condensa en materia. “Polvo somos y en polvo nos convertiremos”, quizá, pero quizá no, de momento, pero ahí no se detiene, después viene algo más y no es una eterna alabanza a Dios, es mucho más que eso, sería condenar al tiempo a un ciclo o a una línea perfecta y al final de los tiempos como algo infinito que se repite y se repite a pesar de llamarlo final. El tiempo no termina, no avanza, pero tampoco es estático, se expande a la par del universo, se contrae a la par de la percepción, medible, tal vez; universal y absoluto, de ninguna manera.

El ser humano es estúpido, la estupidez viene de su propia evolución, de su cosmovisión puramente positivista de las cosas, de su condición binaria, es todo o nada, no hay puntos medios. Esa estupidez parece ser la única cosa que han creado y que se expande a la par del universo, la estupidez trae consigo conocimiento, pero el conocimiento es por sí mismo estupidez, una galaxia elíptica que recorre una y otra vez su propio eje y cree que avanza, eso es la estupidez, eso es el conocimiento, condena cíclica de una especie castigada desde antes del big bang.

Es su negativa a la muerte, y su contradicción a la misma, la que los estanca en el presente intrascendente, se aferran a la materia y la confunden con su propia eternidad, qué si es suya, pero no tan suya y es que el humano es un tumor en el cosmos, una célula cancerígena que se consume a sí misma en miedos sin fundamento. Claro, pasan su vida contradiciéndose y mueren sin una sola certeza, aferrados a las cosas, quemando su propio hogar que es el de millones otros, destinados a carcomer la madera universal como termitas.

Todos nos comunicamos, somos parte del todo, neuronas interconectadas, pero el ser humano no escucha, ni a nosotros ni a sí mismo, depredador y presa al mismo tiempo, depredador de depredadores, presa de sí mismo, sintiendo en cada momento que su propia espalda lo ataca, perecerá por sus acciones que no hacen más que devorar su propia cola. Sólo algunos lo comprenden, eso de estar conectados al todo, sólo aquellos que no han sido devorados por la bestia que llaman civilización y están en una perpetua comunión con el ser y los seres, así como el jaguar está en comunión con el venado, el venado con las plantas y las plantas con los insectos, pero es esa condición la que los hace vulnerables, vulnerables del cáncer que no entiende que a quién ve y destruye es a sí mismo al destruir a otros, al querer separarse del universo y pretender crearse a sí mismo a través de la destrucción sin fundamento.

El águila observa en las alturas su casa quemada y se lamenta no por ella, sino por el destructor que al acabar con un techo acaba con el propio; el jaguar se ríe al ser desollado, pues quien lo mutila de su piel queda desnudo ante el universo inclemente; el mono grita piedad al ser capturado, no para él, sino para sus captores que por un par de papeles cifrados condenan a los ciclos universales a perecer en su microcosmos. Alentados y desviados por titanes artificiales, forrados de esa misma materia destinada a perecer, magnates insignificantes en una enormidad tan compleja, los humanos cometen atrocidades en nombre del progreso, de un progreso estático que trae consigo las mismas fatalidades, se convencen de que son criaturas independientes de todo lo que existe y los rodea. Se convencen de la inutilidad de concebirse como parte de todo, se convencen de la necesidad de estar en comunión con sus propios hermanos, que no son más que parte de la misma partícula, se convencen de que vivir como cáncer es mejor a vivir libres, realmente libres, como parte del tiempo y no como sus esclavos, raza que morirá y renacerá como soles, como mares, como preguntas, pero jamás como respuestas, una sola respuesta definitiva acabaría con el orden del universo ingobernable, fulminaría lo infinito y lo mutilaría hasta hacerlo finito.

El ser humano es estúpido, no escuchan los llantos animales que son los suyos, que son los del universo. No entienden el sonido del viento desgarrado que soplando fuerte quiere corregir su camino, la lluvia que llora, los volcanes que gritan, la tierra deprimida, preocupados por andar hacía el frente, van hacía atrás, por mirar alto, ven hacía abajo, por creerse aislados del cosmos, aceleran su extinción. Por encadenarse y ver dioses en seres igual de perecederos que ellos mismos, queman su propia casa en nombre de Dios, en nombre del dinero, células que se rechazan unas a otras, que han olvidado su pertenencia y su misma energía, queman sus casas entre ellos y jugando con fuego se vuelven fuego, uno que todo lo consume en un ardor tortuoso y que quema el espíritu, el que es mío y es tuyo y no entienden. Y no entienden que no entienden, persiguen su propia cola, el único ciclo que bien comprendieron, pero ni aun luchando por ser caos en pleno orden, ni aun marchando en la dirección contraria, ni aun haciéndose los sordos ante un mundo que perece podrán liberarse de la libertad universal, que al morir los hará volver a respirar, como uno, como muchos, como todo. Yo hablo por todos, hasta por el ser humano que no quiere que hable por él, soy el lobo que le aúlla a la luna y devora venados, igualmente soy ese venado que sobrevive a sus colmillos, soy el ocelote tan retratado por esos que me comprendieron, ese mismo que ahora es cazado, el águila que todo lo ve y que al ver todo se ve a sí misma en la liebre que devorará y que es el complemento de la misma, la serpiente de cascabel esperando al ratón, el ratón esperando ser polvo, pues si, polvo somos y en polvo nos convertiremos y después, después viene el todo, ese mismo que somos.

 

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El contenido del presente texto es responsabilidad del autor y no representa las opiniones de la Coordinación de Difusión Universitaria.

 

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