Rabia, tristeza y esperanza: experiencias del curso Formación en Migración

  Por Karla María Barreda Castillo En el curso de migración reconocimos lo común para adentrarnos en la realidad migratoria […]

 

Por Karla María Barreda Castillo

En el curso de migración reconocimos lo común para adentrarnos en la realidad migratoria y nos descubrimos a nosotros mismos o a nuestras generaciones pasadas como migrantes. Es una realidad que nos afectó a lo largo de las sesiones, a través de experiencias, anécdotas e información que nos dejó con los sentidos más abiertos.

Fue significativo prepararnos para la inserción en Huichapan, Hidalgo, primero encontrándonos entre nosotras y nosotros, para después llegar con disposición a compartir la vida.

Recuerdo que al pisar las tierras que estaban cerca de las vías y ver a personas preparándose para subir al tren, tuve una sensación totalmente extraña, sentía como si todo lo que me habían dicho sesiones pasadas bajaba a mis manos y al corazón, sabía que no sólo podía entenderse desde el razonamiento, sino que se comprendía mucho mejor desde el sentimiento y la experiencia.

Ver el monstruo tan grande que es el tren, su sonido, las vibraciones que deja a su paso y hasta las monedas que con su fuerza podía aplanar, todas las historias que guarda, me queda claro que ahí se suben las personas resilientes porque saben que los llevará hacia lo que están buscando, lo cual es variado: reunirse con su familia, buscar solvencia económica, seguridad, apoyo, todo lo anterior, lo que sea; pero ellas y ellos arriesgan todo para lograrlo.

Parecía que no llegaría nadie al albergue, pero a las 9 de la noche llegaron ocho migrantes hondureños y guatemaltecos, con quienes cenamos, platicamos y sentimos. Sentí rabia al escuchar que habían secuestrado a uno de ellos en 2009 en Tamaulipas, sorpresa al saber que muchos de ellos no era la primera vez que pasaban por México y una profunda tristeza al pensar en las familias divididas por fronteras, así como también percatarme de su completa humanidad.

Ha sido un camino de mucho dolor, observar a una paisana corriendo a las personas que llegaban a la frontera de Estados Unidos gritándoles que se regresaran a su país, porque ahí no los querían; saber todos los derechos de los que son arrebatados a las personas migrantes, y sentirme tan privilegiada por tenerlos.

Me ha dejado claro que los muros no necesitan ser de concreto para construirlos, cada quien lo hace desde la postura que toma ante esta realidad, porque cada vez descubro más muros de odio y aporofobia que me duelen.

Es por eso que me parece necesario también hablar sobre la fe y la esperanza con la que las y los migrantes caminan, así como pensar en la esperanza desde estos espacios de formación, pues pienso en cómo se abren cursos como el de migración dentro de la universidad y de forma voluntaria se inscriben personas dispuestas a aprender sobre el tema para tener un acercamiento más profundo. Para que después de lo vivido, nos encontremos como medios para visibilizar el tema y hacer algo al respecto.

Deseo que nunca se nos vaya la capacidad de sentir y que todo lo que entre a la mente dejemos que pase por el corazón, y también deseo que siempre tengamos la iniciativa de movilizarnos para transformar realidades en comunidad.

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