María Gutiérrez Fuentes
Estudiante de Diseño Industrial
Viajar al sur del país siempre deja una huella, pero hay experiencias que trascienden el simple hecho de visitar. Mérida tiene esa manera cálida de recibirte, con una mezcla de historia viva, sabores intensos y una hospitalidad que te hace sentir parte de algo más grande. En esta ocasión, junto a una amiga, tuvimos la oportunidad de trabajar con la empresa El Camino del Mayab, una red que busca preservar y compartir la esencia de los pueblos yucatecos a través del turismo responsable.
Desde el primer momento, nos advirtieron que no se trataba de un viaje cualquiera: “Van a conocer la verdadera Yucatán”, nos dijeron. Y no se equivocaron. Nos entregaron el Pasaporte del Caminante, una libreta que funciona como un registro simbólico, al estilo del famoso Camino de Santiago, donde cada parada deja una marca, no solo en el papel, sino también en la memoria.
Nuestro recorrido comenzó en Tzacalá, una pequeña comunidad rodeada de vegetación, piedras blancas y casas de palma que conservan la arquitectura tradicional maya. Allí nos explicaron cómo los pobladores abren sus puertas a los visitantes, ofreciendo hospedaje y comida casera. La sencillez del entorno se combina con un profundo orgullo cultural. Cada detalle, desde las artesanías hasta los huertos ecológicos, refleja una conexión con la tierra que parece inquebrantable.

Más tarde llegamos a Mucuyché, un lugar que parecía sacado de un sueño. Las calles polvosas, las bugambilias que caían sobre las bardas y la sonrisa de su gente nos dieron la bienvenida antes de adentrarnos en uno de sus tesoros naturales: el cenote. El contraste entre la luz del sol y el agua azul profundo creaba un paisaje que parecía vivo. Sumergirse ahí fue una experiencia que iba más allá del turismo; era un encuentro con la historia geológica y espiritual de Yucatán.
Después del baño, nos llevaron a comer al corredor gastronómico, una experiencia que combinó tradición y sabor. Probamos platillos típicos como el mucbilpollo, los panuchos y una salsa de achiote tan intensa que parecía contar su propia historia. Cada plato tenía algo que decir, un pedazo de identidad maya que se compartía con orgullo. La comida se volvió conversación, historia y agradecimiento.
Mientras comíamos, escuchábamos a los cocineros hablar con cariño de sus recetas, transmitidas de generación en generación. En ese momento comprendí que el valor de un platillo no está en la sofisticación, sino en el amor con el que se prepara. Todo en Mérida y sus alrededores parece girar en torno a ese concepto: el respeto por el origen, la paciencia en los procesos y la calidez de compartir.

El Camino del Mayab no solo conecta pueblos, conecta historias. Detrás de cada sendero hay una comunidad que vive entre el pasado y el presente, buscando mantener sus tradiciones sin dejar de mirar al futuro. Lo más valioso no fue lo que vimos, sino lo que sentimos: la sensación de estar en un lugar donde el tiempo avanza despacio, donde la naturaleza y la gente caminan al mismo ritmo.
Al final del recorrido, mientras hojeaba mi pasaporte del caminante ya con varios sellos, entendí que más que un recuerdo, era un símbolo de agradecimiento. Cada sello representaba una sonrisa, una comida compartida, una conversación bajo el sol. Yucatán no se recorre solo con los pies, sino con el corazón abierto a dejarse transformar por su cultura.
Volvimos a casa con la certeza de que lo que habíamos vivido no era un simple viaje. Era una invitación a mirar con otros ojos lo que somos como país, a reconocer que la belleza no siempre está en lo monumental, sino en lo cotidiano. En Mucuyché, en su gente, en sus sabores y en su silencio, encontramos algo que va más allá del turismo: una lección sobre pertenencia y gratitud.

