
Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos
Ella no puede hacer nada bien. Se distrae con facilidad y habla muy poco con las niñas y niños de su edad. A menudo está sola, en su mundo. Su madre la zarandea la mayor parte del día, le grita que ponga atención, que siempre le echa a perder todo por sus descuidos, que por qué no es tan ágil como sus amigas al momento de hacer las tareas de la casa, que qué pasará con ella si nunca consigue marido por la poca química que tiene con los hombres. No sabe qué hacer con ella, y ha seguido todos los consejos de sus vecinas. Le ha echado cubetazos de agua fría, le ha dado a oler ocote prendido, la pone a dormir con la cabeza colgando de la cama, para que la sangre baje al cerebro, y nada.
Su padre está lejos, ha ido a cumplir con su jornada diaria en la fábrica, a tres horas de ahí en bicicleta. Si llega, y no encuentra que le hayan dejado algo de comer y la casa arreglada, habrá problemas, así que la señora apura a su hija:
“¡Pero muévete, mijita! ¡Deja de contemplar los cajones y trae lo que te pedí!”, y arroja su pala de madera para hacerla reaccionar.
Esa situación es su pan de cada día. ¿Qué pasa en su cabeza? ¿Qué esconde tras ese par de ojos vacíos?
En un principio, ella tiene reflexiones pendientes en un rincón de su pensamiento al que mira compulsivamente. En este rincón se dibuja una reproducción cenestésica de la canción de cuna que le cantaba su madre cuando ella era pequeña. No puede despegarse de este fragmento tan insistente en su bóveda mental, y como así ha sido desde que tiene memoria, le es normal, es parte de ella. Así que, del resto de su atención, menos de la mitad está centrada en buscar lo que su madre la ha pedido, y lo demás, en su pánico por no lograrlo. Finalmente, toda su atención se desvía hacia el alarmante sonido de la pala de madera que choca contra la pared, a veinte centímetros de su oído hipersensible.
“¿No me oíste? Ahorita yo tomo el molinillo, ¡es increíble!… ven, necesito que vayas por un poquito de canela a la casa de Doña Cho”.
Pocas veces se le ha encargado traer algo de afuera, pues a menudo se pierde, la última vez que eso pasó su madre tuvo que ir a buscarla a la llanura. Esta vez tiene la esperanza de que no le suceda y traiga el encargo en una pieza. Después de todo, ya está más grande, está a punto de cumplir los trece.
Ella sale de su casa, cuida sus primeros diez pasos, y los demás los da con descuido y distracción. No sabe si ya pasaron cinco minutos o media hora, tampoco ubica dónde está en este momento. Todas las casitas se parecen un poco, excepto por la puerta, que es a veces de lata y otras veces de tablas a medio clavar, lástima que no recuerda cómo es la de doña Cho. Las esquinas son impredecibles, cada una parece llevar a mil esquinas más, se detiene y mira sudorosa las de la derecha y las de la izquierda, elegir la indicada significa la victoria, elegir la equivocada, un sendero hacia la perdición, hacia horas y horas de buscar lo que su madre le ha encargado, de horas y horas de no saber ni como regresar. El mundo real es confuso y despiadado, ávido de devorar con sus fauces, que son penumbra, a esta avecilla herida, perdida en la inmensidad. Es presa fácil de la indiferencia y la crueldad de la naturaleza, que no dudará en hacerla añicos por débil. Todos estos pensamientos pasan por su cabeza a una velocidad increíble y se ven interrumpidos cuando oye el motor de un automóvil que se aproxima, ¡corre niña! ¡corre!
Elige al azar la esquina equivocada, su respiración se acelera y marca un ritmo de media inhalación, una exhalación, una inhalación y media exhalación, se percata, y, sin dejar de correr, ambienta su huida con la melodía creada por este ciclo irregular que lleva a cabo con la boca y la nariz. Empieza a jadear, ya está cansada, topa con pared, a la derecha, una esquina más, ¿a dónde llevará? De repente, el motor del automóvil se detiene, ella imagina mil y una cosas, y aunque esas cosas que imagina siempre, al oír un sonido poco usual en su pueblo, casi siempre resultan no ser reales, esta vez sí lo son. Al otro lado de la manzana se escuchan los gritos de guerra de dos hombres, los infortunados inquilinos de una casa, que ahora reciben una visita mortal. Los disparos de un rifle de asalto hacen a la chica apretar los párpados y cubrirse los oídos mientras a prisa camina como un pato con las rodillas flexionadas, sin fijarse por donde pisa. Tropieza con la lámina que cubre la entrada de una pequeña choza.
“¡Mira nada más escuincla! Párate, rápido”, le dice la anciana mujer que habita aquel sencillo cantón, mientras toma su muñeca y la arrastra al interior de este.
Ya adentro, la sienta en una silla en su comedor y le sirve una taza de té de manzanilla. La chica está mirando al vacío.
“Tómatelo”; le insiste la anciana. Su inquilina sólo la mira con la boca entreabierta, capta lo que oyó y asiente, nerviosa.
“¡Ah! S…sí… ¡sí sí sí!”.
“¿Qué hacías afuera, niña? ¿No eres tú la hija de Doña Olga? La última vez que estuviste sola y a más de veinte metros de tu casa tuvimos que buscarte en la llanura, caminaste sobre el sendero hacia a la fábrica, lo confundiste con otro sendero más pequeño, uno que lleva a tu choza por la parte de atrás del pueblo”.
“¿Cómo lo sabe? Lo de porque caminé sobre el sendero hacia la fábrica, si eso nomás lo pensé, y lo hice tan rápido que apenas y lo recordaba”.
“Porque yo recuerdo cada trazo sobre los que está construido el pueblo, y porque mi hija era igual a ti”.
La niña sólo le dedica una mirada confundida, no sabe si sentirse ofendida o halagada.
“Era una avecilla herida”, aclara la anciana.
El corazón de la pequeña da un salto, su labio tiembla un poco, los ojos se le humedecen y dejan escapar unas lágrimas. Ella nota lo extraño de su propia reacción, y se da cuenta de que no es en sí suya, sino de una “ella” en el interior de su mente. Esta otra “ella” grita, suspira y llora de la conmoción que le ha provocado oír su nombre tras una vida en soledad. Es como estar desangrándose, atrapada entre las enredaderas, con la angustia de que nadie la oiga ni la note, y, después, divisar a lo lejos a un espíritu misericordioso que se aproxima en su ayuda. Es algo mágico.
“En el pueblo teníamos la fortuna de contar con un sabio, un sujeto que podía hablar con los árboles y dibujar con hilos rojos las constelaciones de la tierra, cuya exploración le mostraba las diferentes esquinas del futuro y el sendero del pasado. Él vio en la niña de mis entrañas su propia historia, la historia de la videncia. La liberó de sus ataduras, curó sus heridas y le enseñó a usar su don para proteger la verdad en un mundo forjado por la mentira. Así, ella partió hacia la ciudad, prometiendo volver. El paso del tiempo, el dinero y la mezquindad nos convirtieron en un pueblo a medias, ni virgen, ni profano, y, al morir el viejo sabio, la magia y la videncia se convirtieron en un mito y un negocio… no sabes cómo deseo que mi hija pise este suelo otra vez, y que me cuente todo lo que halló en su búsqueda de la verdad, que devuelva la magia a este sitio abandonado por la razón”.
Los sentimientos de la niña se enfrentan, su ira emerge al enterarse de que alguien dejó morir aquellos conocimientos sobre la mente y la sensibilidad; la ausencia de este entendimiento la hizo crecer marginada… ¡Maldita sea! ¿En dónde ha estado toda su vida? ¿Quién tiende una mano a la persona que se encuentra perdida en su propio hogar, en las orillas de la nada?
“Quisiera entender tu rabia y tu confusión, así como hubiera querido entender la de mi hija, no soy la mejor persona para aconsejarte al respecto…”.
“¡Claro que no! ¡Carajo! ¡No sabes cómo quisiera arrancarme las piernas y salir volando de aquí!”.
Toma su silla y la arroja contra una pared de ladrillos sin cemento, quebrándola y derribando aquel muro a medio construir. Irrumpe en la oscuridad de la noche y corre de nuevo sin rumbo, mientras llora y jadea. Se tropieza con una piedra y su cara golpea contra el suelo. Oye unos pasos que se aproximan a ella. Prepara la manera en que se disculpará con la anciana, que debe estar acercándose para auxiliarla en ese momento; levanta la mirada, y descubre que está en un error, que, en verdad, a metros de su rostro, está su madre mirándola inquisitoriamente.
“¡Me lleva la chingada contigo, te pedí una sola cosa!”, le reclama, la toma del brazo y con brusquedad la lleva de regreso a su casa. Ella se limita a suspirar lastimosamente y caminar a prisa, cabizbaja.
A cientos de kilómetros de ahí, en la ciudad, está la casa de los Bustamante; son parientes y aliados de los Santoro. En esa casa se reúnen, como cada mes, la señora de Bustamante y su gran amiga y cuñada, la señora de Santoro, esposa del gobernador.
“¿Te cuento? Se me hace que mi niña va a ser de esos que se llaman “niños súper dotados”, dijo emocionada la señora de Bustamante.
“No inventes, ¿por qué, mana?”.
“Pues, no tiene mucho que le compramos su iPad y ya la maneja súper bien, y nada más tiene seis años. Yo, a mis treinta y dos, apenas y le entiendo a mi smarthphone”.
“¡Órale! ¡Qué impresionante!”.
“¡Sí! la quiero meter a una escuela Montessori, para que se desarrolle bien, ¿Qué va a estar haciendo en una escuela normal? Válgame, lo bueno que me di cuenta a tiempo”.
“¡Me parece formidable! Fíjate que a veces pienso si Dionisio era un niño superdotado cuando era chico, de vez en cuando hacía monerías que los otros niños no, como por ejemplo usar las piernas para agarrarse del pasamanos, ¡cómo no me di cuenta! Sí, métela a la Montessori, esta es la generación de los niños genio y nuestros hijos son la prueba de ello”.
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