
Paola E. Haiat
Me esfuerzo para que dejes de ser tú.
Estoy bailando con ese chico del que me hablaste tan mal mientras empieza a besarme el cuello. Y sé que es un patán, pero me da tanto gusto pensar en cómo te vas a enfadar cuando te enteres, porque eventualmente lo harás: este es un pueblo muy chico y aspiro a convertirlo en un infierno tan grande. Sin embargo, mientras estoy ahí sigues siendo tú, como tanto tiempo lo fuiste y como tanto tiempo voy a dejar que lo seas.
Me está llevando a su casa. Y sé que no quiero hacerlo y me pregunto si puedo excitarme lo suficiente para que lleguemos a donde él quiere: sé que es muy tarde cuando estoy bajando de su auto y cuando menos lo noto estamos en su sillón raído de color verde chillón besándonos. Me concentro en ese color brillante, me centro en que tus ojos eran menos verdes que esto. Esto es mejor que tú.
Beso con los ojos abiertos porque cerrarlos sería sentirte: sólo pienso en ti y en lo mucho que te enojaría verme desmoronarme así. Eso me ayuda a seguir. Empieza a pedirme que diga cosas que repito mecánicamente y sé que eso lo excita porque puedo sentirlo, me pregunto de alguna forma estúpida de qué tamaño la tiene y quiero creer que es más grande que la tuya para sentir que realmente me estoy vengando.
Pero estoy cayendo más bajo cada vez. Y me estoy decepcionando a cada paso porque él está buscando satisfacerse a sí mismo. Tú no eras así de egoísta.
Pero él no es tú.
No tiene tu paciencia, es salvaje. Y me está apretando fuerte contra su sillón como tú nunca lo habrías hecho. Porque eres un caballero, porque eres dulce, porque tienes toda esa ternura que pude reclamarte gritándote en ese bar del que nunca salí porque cuando crucé la puerta ya no era yo.
Nuestra ropa va desapareciendo y empiezo a sentir una inseguridad a la que no estoy acostumbrada, ni siquiera puedo recordar si coordiné mi ropa interior. Pero no importa, porque todo está oscuro y porque todo lo que tenía encima desaparece en un instante. Está tan ansioso que me emociona. Me siento deseada por cómo pasa sus manos por mis caderas, las que siempre pensé que no te gustaban por ser tan anchas, por tener tanta carne, por llenar tanto esos pantalones que me regalaste después de nuestro segundo aniversario.
Y aprieto los ojos, como buscándolo, porque sigo encontrándote a ti. Y grito, pero él no sabe que es de desesperación. Y, al final, aunque no he llegado mientras él cree haber encontrado el camino de mi felicidad, me abraza. Nada vuelve a su lugar, él no logra juntar mis partes rotas.
Salgo de esa casa, salgo de ese trozo de mi vida que no habré contarle a alguien pensando en cuánto me gustaría que lo supieras, cuánto amaría que hubieras estado ahí para presenciarnos con el cuerpo sudado y los gemidos que, aunque fingidos, fueron fuertes.
Pincho fuerte mi piel para sentirme un poco viva.
Nada.
Quiero sentirme como te sentiste tú, regocijarme del triunfo de mi carne sobre esto que siento.
Pero al final me acuno sobre el vacío de un pecho que grita que, después de todo, de todos, sigues siendo tú.
****
El contenido del presente texto es responsabilidad del autor y no representa las opiniones de la Coordinación de Difusión Universitaria.
