María Daniela Cid Peralta
Estudiante de Derecho
Hace unos meses regresé de haber vivido una de las mejores experiencias de mi vida. Para mí vivir en España fue una experiencia transformadora, no solo por lo académico o por lo cultural, sino porque me obligó a mirarme a mí misma y a lo que fue para mí dejar mi país por corto paso y puedo decir que entendí algo que había escuchado toda mi vida, pero nunca había asimilado: el mexicano a veces no aprovechamos nuestra cultura.
Cuando llegué a España, todo me resultó nuevo y fascinante, las ciudades ordenadas, el transporte puntual, la convivencia natural con la historia, la presencia constante de arte y cultura. Todo eso me sorprendía cada día, pero, conforme pasaba el tiempo, empecé a notar que esa admiración también despertaba en mí un extraño sentimiento, del porqué me maravillaba tanto con lo ajeno y no de las cosas hermosas que tenemos en México.
Una tarde, mientras conversaba con algunos mi compañera de piso, terminamos hablando de México, ella me preguntaba con entusiasmo de la comida, nuestra música, nuestras playas y nuestra alegría, yo escuchaba y sonreía, pero por dentro me preguntaba por qué ellos parecían valorar más a México que muchos mexicanos, incluyéndome a mí.
Durante mi estancia, cada vez que trataba de explicar mi cultura o mis costumbres, comprendía mejor la riqueza que antes no veía, extrañé la calidez de mi familia, la comida, la forma en que la gente aquí se ríe hasta en los momentos más difíciles, las calles llenas de color.
Pero no solo extrañé, sino también comprendí que México es un país con una identidad poderosa y recursos enormes, aprendí que no es que nos falten cualidades; lo que nos falta es creérnosla. Volví con una sensación agridulce, agradecido por lo vivido y con la responsabilidad de no seguir cayendo en la misma indiferencia que antes, porque ahora sé que el mexicano sí tiene mucho, pero también sé que muchas veces no sabemos aprovecharlo. A veces uno necesita irse lejos para aprender a mirar de cerca.
TE AMO MÉXICO.


