Angel Francisco Sánchez Machorro
Estudiante de Relaciones Internacionales

Me gusta pensar que somos lo que vivimos, pero también lo que contamos y lo que compartimos. Cada conversación se convierte en una pequeña ventana al mundo de otro; nunca llegamos a ver el panorama completo, nunca llegamos a conocernos del todo, y aun así, algo se queda con nosotros. Eso me hace preguntarme constantemente: ¿qué tanto conocemos de quienes nos rodean?
En la universidad, esa cercanía parece cotidiana. Hacemos amigos, nos saludamos por los pasillos, coincidimos en salones durante semestres enteros. Hay quienes se vuelven parte de nuestra rutina y otros que apenas cruzamos en el ARU o en algún taller, pero que aun así forman parte del entramado invisible en el que vivimos.
Porque la universidad, aun cuando puede parecer pequeña, guarda un universo entero de experiencias. Están las que ya pasaron, las que ocurren sin darnos cuenta y aquellas que nunca habitaremos. Aún así, en medio de nuestra rutina – me refiero a las clases repetidas, los mismos pasillos, los horarios que se sienten cíclicos – todo se vuelve imperceptible, como si el tiempo no dejara huella en nuestros días.

Quizá por eso nunca lo noté antes. O quizá sí, pero no con esta claridad. Tal vez lo veo ahora porque estoy en los últimos días de mi vida universitaria. Ese punto en donde la memoria se percibe como algo presente.
Este Día de la Comunidad no fue uno más en mi calendario. Se sintió distinto. Fue la pausa en la rutina; un momento para mirar a mi alrededor, para recordar, para reconocer que cada rostro, cada encuentro, cada historia – por ajena que sea – forma parte de algo más grande. Es especial porque, más allá de las individualidades, nos volvemos una comunidad.
Momentos como estos forman parte de una recapitulación, pero no únicamente de momentos extraordinarios, sino de fragmentos. Es entre las pausas de la demostración de talleres y los puestos de comida en donde me encuentro con conversaciones a medias, risas y rostros que me son familiares pero cuyos nombres no recuerdo.

Ahora los pasillos no parecen los mismos. En ellos habitan mis amigos, compañeros y maestros. Recuerdos, pláticas, momentos que no se repetirán. Estamos nosotros y aquellos que apenas entran a la vida universitaria.
Aún es temprano para decir que extraño todo esto, pero el día se acerca y ahora el irme de la universidad no significa únicamente dar un paso hacia mi futuro, es aceptar que muchas historias quedarán inconclusas. Aun así, decido confiar en que en algún lugar, en alguien, seguimos existiendo como un recuerdo breve, pero suficiente.

