Angel Francisco Sánchez Machorro
Estudiante de Relaciones Internacionales

“Son fotografías de turista”, me dijeron una vez.
Sí, lo son. Cuando llegué a Guelatao, en la Sierra Juárez, miraba como quien acaba de llegar al mundo: con curiosidad, distancia y sin entender lo que estaba frente a sus ojos. Aún así tomas la foto y recorres el rollo.
En un inicio mis fotos nacían de ahí, de la curiosidad, desde la mirada de quien observa por primera vez. Pero al pasar de los días empezó a cambiar algo. Es la música, el silencio, las chicharras, los bailes, la familia y los amigos. Poco a poco dejé de contar las fotos del rollo. Los desconocidos que al estar en tu visor por tanto tiempo se vuelven cercanos. Tal vez nunca compartamos la palabra, pero me ha regalado un segundo de su vida.
Ahora estoy aquí, sigo aprendiendo y comprendiendo; creo que en esto se basan mis fotografías. Tomas desenfocadas que me recuerdan la fiesta. Se convierten en sueños, en esos que al despertar no recuerdas del todo, pero hay un detalle que se ha quedado, un remanente.
En la comunidad el tiempo se mueve distinto. No es la prisa y la violencia constante de la ciudad. Aquí las conversaciones se alargan, las personas se cruzan con mayor constancia, la música parece venir de los árboles y la vida se comparte sin urgencia. Uno se adapta a ese ritmo, porque es lo que vives y compartes.
Con los días sentía que mis imágenes también se adaptaban. En realidad, no sé si cambiaron ellas o si lo que cambió fue el tiempo que pasaba con ellas y el lugar, que al final cambió mi manera de mirar.
Por eso vuelvo a verlas como quien vuelve a caminar junto a la laguna, para volver a visitar las butacas, los pasillos, las fiestas. Sus pausas, su vida, su forma de vivir en comunidad.
Cuéntame. ¿Qué significan para ti las fotos que tomas?















