Santiago Andrés Diaz Ibarra
Licenciatura en Comunicación
CIERREN LOS OJOS. ENTREN. INTERACTÚEN CON EL ESPACIO.
Al entrar no entendía dónde estaba ni qué estaba haciendo. Solo sabía que tenía que interactuar con el espacio, conocerlo, caminar y mirar alrededor para tratar de encontrarle sentido a los objetos, a los sonidos y a los espacios. No me dijeron específicamente qué tenía que sentir, ni qué pensar. Hay cosas que parecen normales al principio, incluso cotidianas, pero mientras avanzas por cada habitación algo cambia. Empiezas a notar detalles que “cotidianamente” ignorarías.
Entonces vuelves a mirar lo que ya habías visto antes, desde otra perspectiva, otro punto de vista.
Creo que lo más interesante del recorrido es justamente esa sensación de descubrimiento. Nadie te revela todo desde el inicio; eres tú quien va conectando las piezas mientras caminas. Y cuando finalmente entiendes hacia dónde apunta la experiencia, el ambiente cambia por completo. Ya no observas igual, ya no escuchas igual. Todo empieza a sentirse más cercano y también más incómodo.
El arte no solo sirve para observarse, también para sentir, cuestionar y hablar sobre los derechos humanos. El arte es una expresión, pero también surge como alternativa para la necesidad humana de expresar dolor, memoria, protesta y emociones.
Arte y derechos humanos: expresarse para resistir
A lo largo del tiempo, el arte ha funcionado como una herramienta de resistencia y visibilización social. El grafiti y el street art en Estados Unidos surgieron como formas de expresión para comunidades marginadas que buscaban hablar sobre racismo, violencia policial e identidad cultural. De la misma manera, géneros como el hip hop, el rap latinoamericano o la música de protesta han servido para denunciar desigualdad, violencia y discriminación.
También el arte comunitario, a través de murales, performances o instalaciones, ha ayudado a mantener viva la memoria colectiva y a visibilizar problemáticas como los feminicidios, las desapariciones o la violencia familiar.
Remanentes, mezcla distintas expresiones artísticas para construir una experiencia inmersiva donde el espectador deja de ser solamente alguien que observa. A través de elementos sonoros, visuales y objetos colocados dentro del espacio, el recorrido obliga a interactuar, explorar y prestar atención a detalles que al inicio pueden parecer normales. Mientras avanza la experiencia, el ambiente cambia y ciertas cosas comienzan a adquirir otro significado.
En el taller se hicieron dos vueltas. Son cuatro habitaciones: la primera es una sala, la segunda la cocina, la tercera el cuarto de los niños y la última, el cuarto de los papás. En la primera, la interacción con el entorno es desconocida. No hay tantas luces, pero sí se van notando ciertos indicadores de violencia. En la segunda vuelta cambia la iluminación y se notan muchos más indicios de violencia. Me parece que este recorrido representa y busca espacio en un lugar muy interesante sobre la cotidianidad de las cosas; se puede ver cómo, mientras más privado se vuelve el cuarto, más signos de violencia hay.
Entonces sucede una resignificación de mensajes, donde los elementos visuales y sonoros construyen tensión emocional. Lo que antes parecía solamente parte del espacio termina convirtiéndose en evidencia de algo más profundo. Y creo que eso se relaciona mucho con la violencia familiar en la vida real: muchas veces las señales están ahí, frente a nosotros, pero no siempre las percibimos o preferimos ignorarlas porque forman parte de la cotidianeidad.
Contando mi experiencia, me parece que el taller logró incomodar, pero justamente eso provocó reflexión y sensibilidad. En este caso me parece importante reconocer que el arte no siempre se trata de entretener. A veces busca confrontar.
Me sorprendió mucho cómo el taller utiliza el arte para hacer visible algo que normalmente permanece oculto dentro de lo privado. No sentí que me estuvieran dando una conferencia sobre violencia familiar; sentí que me estaban haciendo vivir emociones relacionadas con ella. Y creo que ahí está una de las mayores fortalezas del arte: cuando logra involucrarte emocionalmente, la reflexión se vuelve mucho más humana y cercana.
Pintar para reflexionar
Para finalizar el recorrido, se realizó una actividad donde cada persona podía intervenir una tabla. La idea era responder, a través de palabras, dibujos o símbolos, una pregunta relacionada con la experiencia del taller y con la violencia familiar. Después de todo el recorrido, me pareció interesante terminar de esa manera, porque ya no se trataba solo de observar o escuchar, sino también de expresar algo propio.
Creo que esa actividad termina de cerrar la experiencia de Remanentes, porque el arte deja de ser únicamente algo que recibes y se convierte en algo que también construyes. Después de recorrer los cuartos, escuchar los sonidos y reinterpretar los objetos, pintar la tabla se sintió como una forma de sacar las emociones y pensamientos que iban quedando durante el taller.
El arte se convierte en un lugar seguro para expresarse y defenderse. Y tal vez esa sea la parte más importante: salir del espacio viendo distinto cosas que antes parecían normales.


