Christian Diez De Ugarte
Estudiante de Diseño Industrial
Hace algunos meses tuve la oportunidad de realizar una caminata en las faldas del Iztaccíhuatl. El paisaje parecía sacado de una película: un sendero rodeado de pastizales, pinos, y al fondo, la silueta nevada del volcán apareciendo entre nubes grises. Como suele ocurrir cuando visitamos un lugar que nos impresiona, saqué mi cámara y comencé a tomar fotografías.
Mientras caminaba, me di cuenta de algo curioso. Antes incluso de detenerme a observar con calma el paisaje, ya estaba pensando en qué ángulo se vería mejor en una fotografía. No era la única. En muchos destinos turísticos es común ver personas que pasan más tiempo buscando la imagen perfecta que contemplando el lugar que tienen frente a ellas. Entonces me surgió una pregunta: ¿realmente vivimos los lugares que visitamos o nos hemos acostumbrado a experimentarlos a través de una pantalla?
La fotografía ha sido, durante mucho tiempo, una herramienta para conservar recuerdos. Gracias a ella podemos regresar a momentos importantes, compartir experiencias y documentar aquello que consideramos valioso. Sin embargo, las redes sociales han cambiado parcialmente la manera en que nos relacionamos con las imágenes. Hoy no solo fotografiamos para recordar, sino también para mostrar que estuvimos ahí.
Viajar se ha convertido, en cierta medida, en una experiencia que parece necesitar validación digital. Visitamos un café, una playa o una montaña y, casi de manera automática, pensamos en la historia de Instagram, el video para TikTok o la publicación que compartiremos después. A veces incluso conocemos primero un lugar a través de fotografías en internet antes de visitarlo personalmente.
Lo paradójico es que muchas de esas imágenes prometen autenticidad mientras terminan pareciéndose unas a otras. Los mismos encuadres, las mismas poses y los mismos filtros se repiten en distintos destinos alrededor del mundo. En ocasiones parece que buscamos recrear una fotografía que ya vimos antes, más que construir nuestra propia experiencia del lugar.
Esto no significa que tomar fotografías sea algo negativo. De hecho, algunas de mis imágenes favoritas son aquellas que me permiten recordar viajes, personas y momentos especiales. El problema aparece cuando la fotografía deja de ser una forma de registrar la experiencia y se convierte en la experiencia misma. Cuando estamos más preocupados por capturar el momento que por vivirlo.
Durante la caminata en el Iztaccíhuatl, intenté guardar la cámara por algunos minutos y simplemente observar. El viento movía los pastizales, las nubes cubrían parcialmente la montaña y el sendero desaparecía entre los árboles. Curiosamente, esos fueron los momentos que más permanecieron en mi memoria, incluso sin una fotografía de por medio.
Quizás por eso algunas experiencias siguen siendo tan significativas. No porque hayan quedado perfectamente documentadas, sino porque lograron capturar nuestra atención completa por unos instantes. En una época donde casi todo se comparte, recordar que no todo necesita convertirse en contenido puede resultar liberador.
Al final del recorrido regresé con varias fotografías y me alegra haberlas tomado. Sin embargo, lo que más recuerdo no aparece en ninguna de ellas: el frío del aire, el silencio del bosque y la sensación de estar frente a una montaña inmensa que parecía perderse entre las nubes. Tal vez la mejor fotografía de un viaje no siempre es la que publicamos, sino la que permanece guardada en nuestra memoria.



