Luisa Fernanda Martínez Hernández
Estudiante de Literatura y Filosofía
Cuando tenía doce años me obsesioné con el anime y la cultura japonesa, quería estar dentro del mundo de Bleach, ser parte de la legión de reconocimiento de Shingeki no Kyojin, uno de mis favoritos siempre fue Beelzebub hasta el día de hoy siento que solamente yo lo vi, y me sentía Kagome la protagonista de Inuyasha e incluso le puse Shippō a mi gato por un personaje de este mismo anime.
Por eso cuando el año pasado vi un reel publicado por Medios Universitarios mostrando la oportunidad de ir al programa Escápate organizado por el AIDEL, no dudé ni un minuto en ir a la junta donde te explican cosas sobre el viaje y escuchar los testimonios de chicos que habían ido en años anteriores; sin duda, todas aquellas palabras me hicieron emocionarme y sentir que poco a poco mis sueños de poco más de diez años se iban materializando.
Llegar al país del sol naciente fue como tener un respiro de aire puro; era un nuevo lugar, cultura, personas y formas de vida; por eso mismo, tenía miedo de hacer muchas cosas mal, ¿Y si cruzaba la calle de manera errónea? ¿Y si hacía alguna seña que ofendiera a alguien? ¿Y si me regañan? al menos esa pregunta ya es un miedo menos, después que recibes tu primera reprimenda, piensas las cosas dos veces y ahora solo buscas actuar de manera en que todo funcione bien.
Uno de los miedos más comunes es ¿cómo lograré comunicarme si yo no sé hablar japonés? yo pensaba lo mismo, pero no te preocupes demasiado solo con saber decir arigato sumimasen, arigato gosaimas, onegaishimasu, itadakimasu, itadakimasu, konichiwa y sayonara es más que suficiente para sobrevivir a Japón dos semanas junto con señalar la cosa que deseas. Incluso puedo decir que al regresar a México sabía más del idioma japonés que antes, comienzas a comprender ciertas cosas y tienes esa intriga de querer saber más y más.
También conocí lugares hermosos como la Tokyo Tower, Shibuya, Akihabara en Tokio; el Templo Dorado, Fushimi Inari-Taisha en Kyoto; Dotonbori, el acuario, el castillo y Universal Studios en Osaka; el castillo de Nagoya. Era como soñar despierta, pero si es cierto que para llegar ahí, tenías que atravesar ciertas odiseas; uno de los retos más grandes de este Escápate fue explorar tu individualidad, tu capacidad de moverte en un entorno extraño, y llegar a tiempo a todos los lugares. Gracias a la tecnología actual y al buen uso de Google maps puedes llegar a todos lados sin perderte ni una sola vez, y entiendes que el salir de tu país no siempre es tan difícil como parece, sino que es un reto del que sales ganador poco a poco.
Si algunas veces has pensando en tener una oportunidad como esta pero te detienes porque no conoces a nadie de tu círculo que quiera ir contigo, no te preocupes, yo pensaba igual; si es cierto que hay un acompañante por parte del área de idiomas encargándose que no existan mayores inconvenientes, también es verdad que te dan la libertad de ir a los lugares que a ti te llamen la atención, de no limitarte a un horario establecido y es ahí donde estar solo puede ser aterrador, pero además de valerte por ti mismo, conoces a muchas personas increíbles que probablemente no tendrías la oportunidad de, por la diversidad de carreras que ofrece la universidad; yo como estudiante de literatura conocí chicos de arquitectura, diseño, comunicación, ingeniería que fueron una compañía bastante agradable para vivir estas experiencias; gracias a esta oportunidad no solo conoces lugares físicos, sino que también lugares humanos donde refugiarte, preguntar, salir y pasar buenos momentos.
Cuando teníamos que regresar a Puebla, todos decían “Ya quiero volver a mi casa”, “Extraño mucho México”, “Lo primero que haré al llegar será comer tacos”, pero por mi parte, yo realmente no quería; no porque no ame mi país, ni todo lo que conforma estar en casa, sino que cuando conoces, sientes que no has logrado terminar de hacer todo lo que querías, lugares que faltan por recorrer y experiencias necesarias para vivir; pero ahora que miro atrás, agradezco estar en casa y llevar conmigo todas esas memoria, siempre que camino por las calles recuerdo los buenos momentos, y en retrospectiva, no es que no quisiera regresar, sino que no quería dejar atrás la versión mía que quedaba en Japón, una yo más independiente, libre, sin miedo de hacer las cosas, capaz de resolver sus problemas y no dejarse perder ante un lugar tan imponente, me enamoré tanto de esa yo que sentía que al regresar a México la perdería o la estaría traicionando, pero no fue así, al contrario, se quedó conmigo; fueron pocos días, pero el crecimiento como persona es impresionante, y ahora siento que tengo una visión más amplia del día a día, pienso que cosas podrían ser mejor, que si se implementaran nuestra realidad sería diferente en un aspecto positivo.
Aprender sobre una cultura en el aula, es una experiencia que se queda algo corta, y tener el privilegio de salir al mundo real y experimentarlo de primera mano es una locura. Estar en Japón me permitió aprender de sus calles, costumbres, espacios, modos de vida, pero también a aprender de mí misma. Por eso cuando pienso en el Escápate no recuerdo solamente los lugares que conocí y los que me faltaron por conocer, sino que recuerdo aquella persona que fui capaz de convertirme lejos de mi país, esa versión que se atreve a salir a lo desconocido. Quizá eso es lo más valioso de una experiencia internacional, el regresar a casa siendo una mejor versión de ti, el traer nuevas palabras, fotografías, amistades, recuerdos, perspectivas, pero también una nueva mirada del lugar que habitamos en el mundo.











